Si vas a viajar a Zanzíbar, no cometas el error de pasar por alto el barrio antiguo de su capital, Stone Town. Un seductor laberinto de callejuelas, declarado Patrimonio de la Humanidad, en el que perderse es un agradable castigo y que te permitirá descubrir el auténtico rostro de uno de los destinos turísticos más famosos del Índico africano. Como orientación, aquí te lanzo unas sugerencias sobre qué ver en Stone Town.
Cuando llegué a Stone Town, diluviaba. Ya había hundido mis pies en el barro en una de las plantaciones de especias de la isla; también en el bosque de de Jozani y, por supuesto, en las aguas turquesas del océano. Esta vez la tormenta tropical se cernía sobre la ciudad de piedra mientras yo empezaba a recorrer sus calles. ¿Mi objetivo? Acercarme al alma de Zanzíbar y descubrir cómo es la vida más allá de de los hoteles de lujo y las playas paradisíacas. En definitiva, salir del edén terrenal por unas horas para tratar de desentrañar los enigmas del corazón del archipiélago.
CONSEJO VIAJERO → Si lo prefieres, puedes hacer una visita guiada por Stone Town en español para conocer los rincones más emblemáticos de esta ciudad de piedra declarada Patrimonio de la Humanidad.
Para ello caminé sin rumbo, dejando que la propia ciudad me mostrase su rica mezcla cultural. Pronto me di cuenta de que en el aire húmedo de Stone Town flotan los fantasmas de cuantos quisieron conquistar esta isla. Notas de la antigua Persia, herencias de los sultanes de Omán, intensos aromas de la India… Y es que por esta encrucijada del Índico pasaron pueblos bantúes, persas, árabes, indios, portugueses y británicos, cuyo legado se hace presente en muchos rincones.
NO VIAJES SIN SEGURO A ZANZÍBAR
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Pude comprobarlo deambulando por esta especie de medina en la que orientarse no es tarea fácil si pierdes la referencia del mar. Esquivando motos, bicis y a los insistentes papasi -guías no oficiales que te asaltan para que contrates sus servicios. Saltando de la sonrisa de los escolares a las incisivas miradas que me lanzaban las mujeres que caminan envueltas en vaporosas túnicas negras. No olvides que estás en una sociedad musulmana conservadora, creí leer en sus ojos.
Enseguida centró mi interés el elemento arquitectónico más famoso de Zanzíbar: las puertas de madera tallada de las casas cuya decoración indica el poder y la posición social del propietario de la vivienda. Hoy en día se conservan alrededor de 500. Las más antiguas son las árabes, fácilmente identificables ya que tienen un marco cuadrado y muestran relieves con pasajes del Corán. Las más recientes, la mayoría de finales del siglo XIX, incorporan rasgos propios de la India como los remates semicirculares, los motivos florales y grandes piezas de latón que se utilizaban para evitar los embistes de los elefantes.
Edificios coloniales, catedrales, palacios, baños persas, mezquitas… Las diferentes capas de la historia de Zanzíbar desfilaron ante mí entre viejas casas de piedra coralina y cal azotadas por la erosión. Muchas de ellas desconchadas, ancladas en el tiempo, esperando un aciago futuro si nadie se ocupa de ellas.
El esplendor de su pasado y el lamentable estado de conservación de buena parte de su presente. Una más de las complejidades de Stone Town, la patria de Freddy Mercury y el puerto que vio partir a exploradores como Livingstone o Speke.
La capital de Zanzíbar, el epicentro de un paraíso que vivió tiempos de gloria comerciando con marfil y especias, y que en el siglo XIX se convirtió en el principal centro de tráfico de esclavos de África bajo el poder omaní. Stone Town, una vibrante ciudad donde la vida lleva su propio ritmo. El lugar donde todos los problemas se solucionan con una expresión: Hakuna Matata.
Qué ver en Stone Town
Aunque lo mejor es dejarse sorprender por este atractivo rompecabezas de culturas y credos, no está de más conocer algunos de los principales puntos de interés de Stone Town. Aquí tienes sus principales atractivos turísticos:
El mercado de Darajani
Siempre he pensado que la mejor forma de tomarle el pulso a una ciudad es entrar en alguno de sus mercados y eso hice en el de Darajani. Si en el exterior los vendedores de especias y los inevitables pasasi esperan la llegada de los viajeros, en el interior la vida discurre ajena al turismo. Frutas, verduras, carnes y pescados se ponen a la venta en un bullicioso caos de transacciones. La parte más llamativa es la zona de las pescaderías por la que desfilan grandes piezas de atún y barracudas. Eso sí, por muy frescos que sean los productos, el olor es nauseabundo. Tenlo en cuenta si eres escrupuloso. Y una advertencia más: no hagas ninguna foto sin pedir antes permiso.
Qué ver en Stone Town: catedral anglicana y antiguo mercado de esclavos
En la década de 1860 pasaron cada año por el mercado de Zanzíbar entre 10.000 y 50.000 esclavos. En total, hasta que en 1873 un tratado con Gran Bretaña puso fin al comercio de personas en la región, se vendieron cerca de 600.000. La cifra impacta sí, pero el puñetazo en el alma se triplica cuando entras en las celdas del antiguo mercado de esclavos de Stone Town y ves en qué condiciones malvivían hombres, mujeres y niños durante días. En salas muy pequeñas, hacinados, sin apenas ventilación y encadenados.
Estas celdas son el único rastro que queda de esta oscura etapa ya que sobre los cimientos del mercado se construyó la primera catedral anglicana en África oriental. Junto a ella se alza un estremecedor monumento en memoria de los esclavos.
La Casa de las Maravillas (Beit el-Ajaib)
Otra visita recomendable es la Casa de las Maravillas (Beit el-Ajaib), un elegante edificio construido en 1883 por el sultán Barghash como palacio ceremonial que actualmente es la sede del Museo de Historia y Cultura de Zanzíbar. Como curiosidad, fue el primero en tener electricidad y ascensor en la isla y, según dicen, sus enormes puertas de madera son las más grandes de África oriental.
En su interior recoge una buena muestra de objetos relacionados con la cultura suajili y la historia de Zanzíbar. La pieza más sorprendente es el gran mtepe que hay en la entrada. Un barco tradicional suajili hecho sin clavos cuyos tablones se unían con cuerdas de fibra de coco y clavijas de madera.
Antiguo fuerte
Junto a la Casa de las Maravillas se encuentra el antiguo fuerte, una imponente construcción que levantaron los omaníes en 1689 para defenderse de los portugueses. En la actualidad sus muros albergan las oficinas del Festival Internacional de Cine de Zanzibar, un mercado de artesanía local y un teatro al aire libre donde se realizan espectáculos de música y danza.
Qué visitar en Stone Town: jardines de Forodhani
Para rematar la jornada, nada mejor que pasear por los jardines de Forodhani, el lugar donde se reúne todo el mundo para disfrutar del mar, charlar o comer algo en los numerosos puestos ambulantes. Yo no tuve ocasión de ver la puesta de sol por falta de tiempo, pero imagino que tomar un cóctel al atardecer en alguna de las terrazas del paseo marítimo, viendo como el sol se esconde en el mar, debe ser una magnífica forma de despedirse de Stone Town.
En 1964 Zanzíbar pasó a ser parte de Tanzania. En 2017, Stone Town ayudo y mucho a incrementar mi pasión por África. Viejas historias de esclavos y negreros, mezquitas, mansiones, mujeres hindúes vestidas con exóticos colores, niños que juegan en las calles, el sutil perfume a canela, clavo y demás especias que han hecho famosa a esta isla, su cornisa marítima… Ahora que ya sabes qué ver en Stone Town sería imperdonable que viajaras a Zanzíbar sin detenerte en el casco viejo de su capital.
Cómo llegar a Stone Town
Dalla-dalla: Las principales ciudades de la isla están conectadas por una red de dalla-dallas que son mini buses y camiones que van parando en la mayoría de los pueblos para ir recogiendo gente. Viajar en ellos no suele costar más de 2$ por persona pero siempre van muy llenos y los trayectos pueden ser interminables. Perfectos para viajeros sin prisas.
Moto o coche: Aunque es posible alquilar una moto o un coche, además del permiso de conducir internacional se necesita una licencia local. Perfecto para aventureros ya que el estado de las carreteras no es muy bueno, tampoco la señalización, y hay mucho control policial a la espera de “propinas”.
Taxi: Para viajeros que quieran evitar todo lo anterior. Mucho más rápido y cómodo, y el precio del trayecto se puede negociar siempre. Como referencia, por un traslado desde el norte de la isla a Stone Town te pueden pedir 50$.
* Un apunte más: aprovecha tu paso por Stone Town para cambiar moneda (chelines tanzanos) ya que fuera de la capital los cajeros automáticos escasean.
Las mejores excursiones que puedes hacer desde Stone Town
¿Quieres saber cuáles son las mejores excursiones y actividades que puedes hacer en Zanzíbar con un guía que habla español? Toma nota:
Parasailing en Zanzíbar: si tienes sed de aventura, este es tu plan ideal. Harás parasailing sobrevolando el Índico, nadarás en aguas turquesas y te relajarás en la playa de Kendwa. La edad mínima para realizar esta actividad es de 18 años.
Excursión a la isla Kwale: arena blanca, aguas cristalinas, arrecifes de coral y una laguna de manglares. Explora los encantos de la isla Kwale con esta excursión inolvidable.
Cuando empecé a preparar mi viaje a Zanzíbar, recabando información sobre qué hacer y ver en este archipiélago situado a 36 kilómetros de las costas de Tanzania, encontré la posibilidad de realizar un crucero por la bahía de Menai, una reserva marina situada en el suroeste de Unguja famosa por sus islotes desiertos, sus arrecifes de coral y sus idílicos bancos de arena. Tras investigar a conciencia me decanté por la empresa Safari Blue ya que fueron los pioneros en este tipo de excursiones marítimas, proporcionan empleo a más de 80 empleados locales y su propietaria, Eleanor Griplas, es una gran defensora del turismo sostenible y responsable. ¿En qué consiste esta excursión? ¿Valió la pena? Todos los detalles a continuación.
Safari Blue: snorkel, playas desiertas, delfines y la magia del Índico
El punto de partida de esta excursión es la playa del pequeño pueblo pesquero de Fumba, a unos 30 minutos en coche de Stone Town. Allí acudimos un puñado de viajeros dispuestos a coleccionar imágenes de postal a bordo de un dhow, el tradicional barco de vela triangular que desde tiempos inmemoriales ha surcado el océano Índico y el mar Rojo facilitando el transporte de mercancías. Un navío de bonita silueta, hecho con madera tropical en el que pueden viajar hasta 16 pasajeros.
Tras una cordial bienvenida, en la que nos informaron de las normas de seguridad a seguir, dividieron el grupo en los diferentes barcos. «¿Veremos delfines?» Quien lo pregunta es Alan, un niño sueco de unos diez años. La respuesta que recibe por parte de uno de los guías es contundente: “Vamos a navegar por un área marítima protegida y aunque el 90% de las veces solemos verlos, eso solo depende de la madre naturaleza. Ellos decidirán si se acercan a nosotros o no”. En ese momento me sentí aliviada porque había leído el asedio que sufren estos cetáceos en la zona de Kizimkazi y no quería contribuir a tan nefasto espectáculo.
Aviso para navegantes → Aquella mañana de abril la marea estaba realmente baja por lo que nos tocó ir caminando por el agua hasta el dhow. Tenlo en cuenta y, además de gafas de sol, protector, toalla y gorra, no olvides llevar una mochila impermeable y chanclas cerradas.
Una vez ubicados en el barco empezamos la travesía bajo un sol radiante que avivaba aún más los mil azules del Índico. Algo de fruta fresca, bebida a discreción, la suave brisa… Todo el pasaje estaba encantado con el espectacular escenario que nos rodeaba con el mar como absoluto protagonista.
Tras una media hora de navegación, nos detuvimos para practicar snorkel en las cristalinas aguas del océano. La pena es que el último tsunami destrozó buena parte de los arrecifes de coral y nos tuvimos que conformar con ver anémonas, peces payaso y poco más.
NO VIAJES SIN SEGURO A ZANZÍBAR
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¿Un punto a favor de la tripulación? Su buen talante para ayudar a una pareja de Sudáfrica que a pesar de no saber nadar no quiso perderse la experiencia. El chaleco salvavidas, el flotador y el apoyo de varios miembros del equipo les bastaron para animarse a meter por lo menos la cabeza en el agua y nadar un par de metros. Imagina sus caras de felicidad al volver a subir al barco. We did it!, gritaban emocionados.
Y sí, los delfines hicieron acto de presencia nadando a unos metros de nuestro barco. Ni fuimos en su búsqueda, ni los importunamos. Simplemente disfrutamos de su presencia en su hábitat natural limitándonos a observarlos.
La siguiente parada nos llevó hasta un precioso banco de arena. Un islote blanco en medio del mar en el que la presencia humana se reducía a un par de toldos para protegernos del sol.
Aunque parte del grupo se fue a bucear a otro enclave cercano, yo decidí quedarme allí. En aquel pequeño paraíso deshabitado; jugando con las olas en la orilla, nadando en las cálidas aguas del Índico y buscando encuadres que reflejasen la belleza de este rincón de Zanzíbar protegido desde 1997.
Tras casi una hora de relax absoluto pusimos rumbo a nuestro último destino: la isla Kwale. Aquí es donde fondean para comer la mayoría de empresas que realizan este tipo de cruceros y eso se nota en la cantidad de puestos de souvenirs que esperan la llegada de los turistas.
En esta especie de isla-restaurante nos sirvieron un bufet que consistía en langosta a la parrilla, calamares, pollo, arroz, lentejas, curry y varias salsas. Correcto sería la calificación adecuada ya que bajo aquel sol de justicia, apenas mitigado por la sombra de los tamarindos, todo lo que salía de la parrilla acababa teniendo el mismo sabor. Lo que sí disfruté y mucho fue la degustación de frutas tropicales porque, además del clásico mango, piña, melón, guayaba o caña de azúcar, descubrí frutos exóticos como el rambután, el durian, el jackfruit o el soursap.
Con la visita a una laguna rodeada de manglares y a un baobab gigante finalizó nuestra estancia en Kwale. Eran las 16:30 y tocaba regresar. Un rápido baño, un último vistazo a aquella casi virginal playa y de vuelta al dhow.
¿Valió la pena esta jornada en el mar con Safari Blue? En mi opinión, sí. Más aún si, como en mi caso, no has podido visitar las playas de Matemwe o Jambiani y quieres conocer uno de los rostros más paradisíacos de esta isla tropical. Si te gusta navegar, practicar snorkel y colonizar arenales de ensueño, esta excursión es perfecta para ti. Si por el contrario dispones de poco tiempo y quieres empaparte de un Zanzíbar a años luz de los hoteles de lujo que jalonan su litoral, mejor empléalo callejeando por Stone Town. Recorriendo los sinuosos y decadentes callejones del casco antiguo de la capital, declarado Patrimonio de la Humanidad, no solo conocerás su historia. También su presente. Mucho menos idílico y glamuroso, cierto, pero infinitamente más real.
Precio de la excursión marítimacon Safari Blue: Si llegas por tu cuenta a Fumba: 65 dólares. Si contratas el servicio de transfer para que te recojan y te lleven de vuelta al hotel, 120 dólares aproximadamente.
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Diez escapadas naturales por España perfectas para desconectar. Esta es la propuesta que te lanzo con motivo de la reciente celebración del Día de la Tierra. A algunos de estos destinos su fama les precede, otros son grandes desconocidos pero todos tienen dos nexos en común: ponen de relieve la diversidad de paisajes y ecosistemas de nuestro país, y son perfectos para olvidar el dictado de prisas, estrés y asfalto que impera en las grandes ciudades. Entornos volcánicos, idílicas playas, pueblos con encanto, enclaves kársticos, refugios de fauna salvaje, cascadas, pinturas rupestres… Podrían ser muchos más pero, de momento, estas son mis recomendaciones para que disfrutes del turismo de proximidad. Comenzamos.
Islas Cíes (Vigo)
Monte Agudo, O Faro y San Martiño. Las Cíes, tres islas ubicadas en las Rías Baixas, justo enfrente de la costa de Vigo, que conforman un archipiélago de dunas, matorrales autóctonos, fondos marinos y paradisíacos enclaves como la playa de Rodas, un precioso arenal que suele colarse en las lista de las mejores playas del mundo. Bucear entre bosques de anémonas, un relajado día de playa, recorrer senderos naturales en busca de miradores como el del Alto do Príncipe o el Faro de Cíes, observar aves e incluso acampar previa reserva son algunas de las tentadoras actividades que se pueden realizar en en este paraje natural que forma parte del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas.
Monfragüe (Cáceres)
Cigüeñas negras, alimoches, buitres leonados, águilas imperiales… Si te gusta la ornitología, Monfragüe, que este año celebra el décimo aniversario de su declaración como parque nacional, es tu destino. Y es que no solo está considerado uno de los grandes santuarios para observar aves, también es uno de los mejores ejemplos de bosque mediterráneo de nuestro país. ¿El resultado? Una rica vida animal y vegetal que se puede observar desde privilegiados enclaves como el Salto del Gitano en el que el vuelo de los buitres se enmarca en un magnífico paisaje vertebrado por el río Tajo. Otros puntos de interés son el merendero de la fuente del Francés -perfecto para hacer un alto en el camino- y el castillo de Monfragüe, desde donde se divisa una extensa panorámica del parque. En los alrededores puedes visitar Plasencia y Trujillo, dos municipios cacereños que destacan por su patrimonio monumental.
Torcal de Antequera (Málaga)
Emergió del mar de Tetis y fue modelándose por la erosión del agua, el hielo y el viento hasta conformar uno de los paisajes kársticos más importantes de Europa. Te hablo del Torcal de Antequera, una maravilla de la naturaleza situada a tan solo 30 kilómetros de Málaga, que me deslumbró con su asombrosa fisonomía: 1.171 hectáreas de torcas, desfiladeros y cuevas que componen un laberinto de piedra caliza salpicado de fósiles marinos, rocas de formas imposibles e impresionantes vistas panorámicas. ¿Una recomendación? Apura al máximo tu visita para contemplar el atardecer. La visión de este paraje cuando los últimos rayos de sol inciden en su abrupto perfil es realmente fascinante. Tampoco olvides acercarte al Mirador de las Ventanillas y recorrer el área expositiva del centro de visitantes donde podrás profundizar en el origen de este entorno poblado desde la Prehistoria que ostenta el título de Patrimonio de la Humanidad.
Cap de Creus (Girona)
Mi pasión por la Costa Brava queda patente en mi siguiente propuesta: el Cap de Creus. Un parque natural enclavado en la provincia de Girona que nos ofrece una extraordinaria diversidad paisajística. En el litoral, vertiginosos acantilados que se pierden en el mar, islotes y recónditas calas en los que la tramuntana sopla con fuerza. En el interior, bosques y prados con más de 800 especies catalogadas y un valioso patrimonio cultural en el que destaca el monasterio de San Pere de Rodes y el dolmen de La Creu d’en Cobertella. Aprovecha tu visita al único parque marítimo-terrestre de Cataluña para conocer los municipios que lo conforman. La belleza marinera de Llançà, Roses, Cadaqués y El Port de la Selva, y el encanto rural de Vilajuïga, Pau, Palau-saverdera y La Selva de Mar. Si Dalí se enamoró de sus paisajes, tú no vas a ser menos.
Áridas llanuras, cárcavas, torrenteras, taludes, endemismos exclusivos, reptiles, aves esteparias, microcráteres… Estos son solo algunos de los principales atractivos del Desierto de Tabernas, la única zona desértica propiamente dicha de todo el continente europeo. Un paraje natural situado al norte de la ciudad de Almería que Hollywood inmortalizó en legendarias películas como El bueno, el feo y el malo o La muerte tenía un precio. Hoy los que se retan son los amantes del turismo activo practicando actividades de multiaventura, escalada, paseos a caballo o senderismo. ¿Un imprescindible? Subir al imponente Cerro Alfaro para divisar desde su cima el desierto, Sierra Nevada, las sierras de los Filabres y de Alhamilla y el mar.
Caldera de Taburiente (La Palma)
En este listado de escapadas naturales por España no podía faltar la isla de La Palma, Reserva Mundial de la Biosfera y destino ‘Starlight’ por la calidad de sus cielos. Aquí encontrarás playas vírgenes, salinas, exuberantes ecosistemas como el Bosque de los Tilos, y su joya más preciada, el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente. De origen volcánico, esta enorme depresión está formada por escarpados barrancos, coladas, vías de agua que brotan en forma de fuentes y preciosas cascadas, y miradores que nos regalan sobrecogedoras panorámicas. Si quieres ser consciente de toda su grandeza, sube al Roque de los Muchachos, el punto más alto de la isla. Allí, a 2.426 metros sobre el nivel del mar, tendrás una vista colosal de este hermoso rincón canario.
Otro paraje de origen kárstico que te recomiendo visitar es el Cerro del Hierro, un monumento natural situado en el Parque Natural de la Sierra Norte de Sevilla, entre los municipios de Constantina y San Nicolás del Puerto. La erosión y su pasado minero, que se remonta a la época romana y del que aún se conservan algunas infraestructuras, han dejado al descubierto un singular paisaje de simas, galerías y túneles que podemos conocer a pie o de forma más activa practicando espeleología, rappel o escalada. Su vegetación -un bosque de alcornoques, robles y helechos-, y la presencia de búhos reales y cigüeñas negras aumentan el valor ecológico de este paraje andaluz que en primera y otoño luce su mejor cara.
El Nacedero del Urederra (Navarra)
A menos de una hora de Pamplona y en plena Sierra de Urbasa, se encuentra el Nacedero del Urederra, uno los enclaves más espectaculares de Navarra. Recorrer los escasos cinco kilómetros que llevan hasta su salida natural tiene recompensa. Verás un cauce de agua de un sorprendente color turquesa que juega con el terreno precipitándose en bonitas cascadas, filtrándose por las grietas o frenando su curso en numerosas pozas. Todo ello envuelto en un un tupido bosque de hayas, olmos y fresnos por el que sobrevuelan buitres, milanos reales y alimoches. Para preservar este espacio protegido, su aforo se limita a 450 personas al día así que te sugiero que reserves tu plaza online. La entrada es gratuita y solo deberás abonar 3€ si quieres dejar el coche en el parking.
La Sierra del Segura, en Albacete, esconde encantadoras poblaciones como Nerpio, Riópar o Yeste que resultan perfectas para pasar un tranquilo fin de semana disfrutando de bonitos paisajes y buena gastronomía. Deja de lado la errónea imagen de que en esta comarca de Castilla La Mancha solo hay extensas llanuras. Porque las hay, sí, pero también altas cumbres, valles y embalses en los que practicar todo tipo de deportes en contacto con la naturaleza. Los castillos de Yeste y Taibilla, el trazado medieval de Letur y el conjunto rupestre de la Solana de las Covachas, cuyos abrigos forman parte del Parque Cultural de Nerpio, son solo una muestra del legado histórico y artístico de la Sierra del Segura.
Mi última propuesta pone rumbo al norte para detenernos en Álava. Concretamente en el embalse de Ullíbarri-Gamboa que recoge las aguas de la cuenca del río Zadorra. Un entorno de alto valor ecológico y paisajes de gran belleza que cuenta con tres playas de interior ubicadas en los parques provinciales de Landa y Garaio. Yo tuve ocasión de recorrer el segundo cuando visité Vitoria-Gasteiz ya que está a tan solo 15 kilómetros de la capital alavesa y te aseguro que fue un agradable momento detox que me dejó muy buen sabor de boca por la labor de preservación de la naturaleza que están llevando a cabo en este lugar. Observar la flora y fauna silvestre, dar paseos a pie o en bicicleta, fotografiar su biodiversidad, realizar visitas guiadas, darte un buen baño… Si quieres desconectar, Garaio.
Y hasta aquí este repaso por algunas de las maravillas naturales que nos ofrece nuestro país. ¿Qué otros paisajes crees que debo conocer? Cuéntamelo en los comentarios y haré todo lo posible por visitarlos.
Imagina un lugar donde el lujo y la tranquilidad se alían para dar forma a experiencias únicas. Frente al océano Índico, a los pies de una preciosa cala que muda su fisonomía en función de la marea. A un lado, kilómetros y kilómetros de un indómito litoral de playas de arena fina. Al otro, un exuberante bosque tropical que suma sus notas verdes a tan idílico espacio. ¿Lo tienes? Entonces deja a un lado esta virginal ensoñación y acompáñame a descubrir el hotel Essque Zalu Zanzibar, un magnífico cinco estrellas que convierte en realidad el sueño de cualquier viajero.
En Nungwi, en el norte de Zanzíbar, una isla situada a 36 kilómetros de las costas de Tanzania cuyo nombre nos remite a vacaciones, exotismo, lunas de miel, cultura y escapadas románticas envueltas en aguas turquesas, clima agradable y atardeceres de escándalo.
Desmontando el hotel Essque Zalu Zanzíbar
Lo primero que llama la atención de este hotel boutique es su singular arquitectura contemporánea que se inspira en cuantas culturas dejaron su impronta en la isla. El resultado, una armoniosa combinación de materiales locales y obras de arte nativas que hace hincapié en los tonos suaves proporcionando una acogedora sensación de serenidad.
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La misma que sientes cuando al llegar te reciben con una cálida sonrisa acompañada de un zumo de bienvenida en un impresionante hall coronado por el tradicional techo Makuti, que se elabora trenzado las hojas secas de las palmeras. Esta agradable primera toma de contacto con su personal es solo la antesala del exquisito trato que reciben los huéspedes en el Essque Zalu Zanzíbar. Una atención sumamente personalizada que junto a la excelencia de sus instalaciones y servicios le han hecho merecedor de numerosos galardones internacionales entre los que se encuentran los World Luxury Hotel Awards, los World Luxury Spa Awards y este mismo año alzarse con el premio Best for Romance de Condé Nast Johansens. Nada extraño si tenemos en cuenta que el principal leitmotiv de su staff es Furahia kukaa na sissi (disfruta de tu estancia con nosotros en suajili) .
Alojarse en el hotel Essque Zalu Zanzíbar: please do not disturb
80 metros cuadrados, cama king size de estilo colonial con dosel y mosquitera, amplio salón con escritorio, vestidor, un precioso baño con ducha solar y amenities de Inaya Zanzibar, y terraza con tumbonas desde la que podía contemplar la frondosa vegetación que salpica cada rincón del resort. Así es la suite en formato bungalow en la que me alojé durante mi estancia. Un espacio elegante y funcional dotado de todas las comodidades que uno espera encontrar en un hotel de estas características: acceso wifi gratuito, selecto minibar, televisión vía satélite, sábanas de lino, colchas de seda, cestas de fruta fresca, suaves albornoces…
Esta tendencia que fusiona diseño, refinamiento y confort se replica en el resto de suites -un total de 40 con vistas al mar o a los jardines- y en las espectaculares ocho villas de tres y cuatro dormitorios que completan su oferta de alojamiento. Ideadas para estancias más largas, las villas cuentan además con cocina, piscina, jardín y zona de masajes.
Los sabores del Essque Zalu Zanzíbar: bocados gourmet a cualquier hora del día
Variada, saludable y sorprendente. Tres adjetivos bastan para definir la propuesta culinaria de este hotel que cuenta con dos restaurantes. El Market Kitchen, una terraza de estilo africano por la que desfilan platos tradicionales e internacionales, y The Jetty, con suculentos kebabs, ensaladas y mezzes que se disfrutan en un ambiente distendido con la impresionante costa como telón de fondo. Todo ello bajo la supervisión del reputado chef y director gastronómico Jussi Husa, un maestro de los fogones y gran defensor de los productos locales y orgánicos que dejó atrás su Finlandia natal tras enamorarse de Tanzania. Si tienes ocasión, no dejes de asistir a una de sus clases magistrales para aprender a cocinar sabrosas recetas suajilis.
Pero este festín para el paladar no concluye aquí. Aperitivos en el bar de la piscina, una copa de vino a la sombra de un enorme baobab o la guinda del pastel: despedir el día con un cóctel en el encantador embarcadero disfrutando de la brisa del océano y de atardeceres de postal que dan sentido al término dolce vita. ¿Una sugerencia? Prueba el Jekundu Cosmopolitan. Delicioso.
El spa, una invitación a la desconexión
Otra de las grandes bazas de este hotel, además de su espectacular piscina infinity, es el spa, un tranquilo refugio, dotado de gimnasio, sauna, hamam y salas de hidromasaje y relajación, en el que se llevan a cabo exclusivos tratamientos faciales y corporales. Toda una experiencia holística avalada por los productos cien por cien naturales de la prestigiosa firma Africology.
Yo me dejé mimar por Zainabu, una encantadora terapeuta que me hizo alcanzar el deseado equilibrio entre cuerpo y mente gracias al bespoke fully body massage que me practicó. Sin duda, el mejor colofón a una larga jornada recorriendo la isla. Esa apretada agenda fue la que me impidió disfrutar de su terapia estrella: el ritual masai. Una ceremonia de renovación basada en las tradiciones y ritos de este histórico pueblo africano que incluye reflexología podal, masaje corporal con aromaterapia y un intenso tratamiento de rejuvenecimiento del rostro.
Excursiones en Zanzíbar
Si además de desconectar y relajarte quieres aprovechar tu estancia para conocer los principales puntos de interés de la isla, en el mismo hotel puedes reservar todo tipo de excursiones. Visitar Stone Town -el atractivo barrio histórico de la capital declarado Patrimonio de la Humanidad-, adentrarte en el bosque de Jozani para ver a los monos colobos rojos, recorrer una de las plantaciones de especias que tanta fama dieron a Zanzíbar o realizar un crucero para avistar delfines en Kizimkazi de forma responsable son solo algunas de las opciones que nos propone este eco hotel que trata de minimizar al máximo su impacto en la isla con una respetuosa política ambiental, y que dona una parte de sus ingresos a la comunidad local para mantener escuelas y crear dispensarios.
Perder la mirada en un océano que conjuga más tonos de azules y verdes de los que puedas imaginar, pasear por la cercana playa, practicar deportes náuticos, ver la llegada de los pescadores a bordo de los tradicionales dhows, contemplar la puesta de sol, cenar bajo las estrellas o en tu propia suite… En el hotel Essque Zalu Zanzibar hallarás tu propio paraíso terrenal, un referente en la hostelería de lujo de Zanzíbar en el que desearías detener el tiempo.
Alojamiento:40 suites y 8 villas (Ocean View, Seafront y Garden View) con amplio dormitorio principal, baño completo, salón y terraza exterior. Todas ellas equipadas con teléfono, televisión LCD con canales premium vía satélite, caja fuerte, wifi gratuita, minibar, servicio de té y café, mosquitera, cesta de frutas y amenities. Las villas, por su parte, cuentan además con cocina, piscina y spa.
Servicios: Recepción, seguridad y servicio de habitaciones 24 horas. 2 restaurantes y 3 bares. Piscina infinity. Servicio de niñera, mayordomo y chef privado. Lavandería. Salas para reuniones. Boutique. Club infantil. Spa. Clases de cocina. Deportes náuticos. Información y reservas de excursiones. Traslados al aeropuerto.
Las mejores excursiones que puedes hacer en Zanzíbar:
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Excursión a la isla Kwale: arena blanca, aguas cristalinas, arrecifes de coral y una laguna de manglares. Explora los encantos de la isla Kwale con esta excursión inolvidable.
Visita guiada por Stone Town: conoce los rincones más emblemáticos de la seductora Stone Town, la ciudad de piedra Patrimonio de la Humanidad.
Seis de la tarde. Estoy en Dar es Salaam, en la terminal internacional del aeropuerto Julius Nyerere y me siento presa. Faltan seis horas para que salga mi vuelo y el mostrador de facturación no abre hasta las ocho. Miro a mi alrededor en busca de agua. No hay. Esta pequeña sala solo da para un puñado de sillas, una desconchada oficina de cambio y un puesto que embala maletas. Sin tarjeta de embarque no puedo pasar el control policial y sin cruzarlo no puedo acceder al único restaurante de la planta de arriba. Enjaulada entre cuatro paredes sin retorno.
La sequedad de mi boca es solo la punta del iceberg. Mi gran viaje toca a su fin y el momento que tanto he tratado de esquivar se revela asestándome un certero puñetazo en el estómago, blandiendo las esposas que me condenan de vuelta a la rutina, a ese Madrid que tanto quiero hasta que dejo de serle fiel. No. Todavía no. La gran aventura aún no ha acabado. No hasta que vea aparecer mi equipaje en la cinta de Barajas. Aquí y ahora sigo siendo una mzungu -persona blanca- que se resiste a olvidar el poco suajili aprendido: jambo, hakuna matata, asante sana, pole pole, simba, tembo…
Mi rechazo a la realidad me lleva a abrir el ordenador para seguir viviendo y sintiendo África. Funciona y encuentro en el cajón de las emociones la energía que me falta. ¿Qué tal el viaje?, ¿ha sido tan increíble como imaginabas?, ¿con qué te quedas?… Estas preguntas me esperan a la vuelta de la esquina. ¿Por qué no empezar a responderlas ahora cuando todo sigue a flor de piel? Cuando todavía soy capaz de distinguir los sonidos de la sabana, el sabor de un zumo de baobab, los mil azules del Índico.
Dicho y hecho. Empiezo a teclear y al volver a alzar la mirada, los cuatro muros que hasta hace nada me encadenaban son ahora un enorme panel de imágenes que condensan todo lo vivido en el África subsahariana.
Zambia: un safari, una escuela y artesanía contra la barbarie de los furtivos
Total y salvajemente fascinada. Así me he sentido cada uno de los días que he pasado recorriendo el South Luangwa National Park, una de las reservas más importantes del continente africano en la que el hombre sigue estando en franca minoría.
Ver por primera vez un elefante en libertad, navegar por el río Luangwa hasta la puesta de sol, el increíble verdor propio de la temporada de lluvias, esperar a que un leopardo acabe su siesta y trepe a un árbol, sentirme vulnerable cuando un león cruza su mirada con la mía en medio de la oscuridad, desear que un búfalo alcance la orilla para no ser atacado por los cocodrilos, cruzarme con perros salvajes, temer por la supervivencia de una leona herida, recorrer los primeros metros a pie tras la silueta del ranger con la sangre al galope…
Si el día transcurre en un baile de continuas sorpresas, al llegar la noche las sensaciones se multiplican y los oídos toman el relevo a una vista cansada de esforzarse. Y allí estoy yo, intentando conciliar el sueño mientras escucho el rugido de un león o cómo pasta un hipopótamo al lado de la tienda. La jornada acaba para mí y el día empieza para ellos. En mi primer safari, en Zambia y de la mano de Norman Carr Safaris, una compañía que cada año copa las principales categorías de los Safari Awards por sus rutas a pie -fueron pioneros- y por su equipo de guías. A mí me tocó el mejor, Lawrence Banda, un hombretón nacido y criado en Mfuwe que adora su trabajo. Él fue quien me abrazó cuando lloré contemplando mi primer atardecer, el que me enseñó a reconocer las huellas de los animales y las señales de alerta, y el que pronunció una frase que adopté como dogma: “En coche ves África, a pie sientes África”. Gracias, Lawrence. Este safari siempre quedará unido a tu eterna sonrisa.
Además de coleccionar imágenes de postal y momentos que me hicieron sentir viva a cada paso, en Zambia también encontré historias dignas de ser contadas. Como el Kapani School Project, una organización sin ánimo de lucro, fundada por el propio Norman Carr, que trabaja para mejorar la educación de los niños de la zona de Mfuwe. Nunca olvidaré la tarde que pasé en el Club de Chicas de la escuela Yosefe, entre jóvenes de 10 a 14 años que desfilaban una a una expresando en voz alta sus esperanzas: “Mi sueño es ser enfermera, quiero ser abogada, de mayor seré profesora”. Cada viernes una voluntaria las reúne proporcionándoles un lugar privado en el que compartir sus experiencias y aspiraciones, haciéndoles ver que hay alternativas a los estereotipos que amenazan a las mujeres de la Zambia rural.
Otra amenaza que sufre este territorio son los cazadores furtivos, responsables entre otras muchas barbaries de la desaparición de los rinocerontes y de que el número de elefantes haya pasado de 156.000 a 18.000. ¿Puede un acto tan deleznable convertirse en algo bello? Sí. Lo comprobé visitando el taller de Mulberry Mongoose en el que las mujeres de los alrededores transforman el alambre que usan en las trampas en preciosas piezas de bisutería. Como este collar. Cada vez que lo luzca recordaré que una parte de mi compra se destinó a las patrullas que luchan para proteger la vida salvaje en South Luangwa.
También traigo en mi maleta el insípido sabor del nshima -una especie de gachas preparadas con maíz que son la base de la cocina zambiana-, y las horas que pasé en Lusaka y Livingstone conociendo otra realidad mucho menos amable. Infraestructuras en mal estado, precarias condiciones sanitarias, persecución de la homosexualidad, ausencia de igualdad de género… Todo ello en un país ajeno a los conflictos que se viven más allá de sus fronteras, en el conviven sin problemas más de 70 etnias y donde todo discurre sin prisa. Un país que me costó abandonar por todo cuanto me dio.
Zimbabue y las Cataratas Victoria
Siete y media de la mañana. Acabo de aterrizar en Schiphol y tengo por delante otras cuatro horas de escala en el aeropuerto de Ámsterdam. Esta vez sí encuentro a mi alrededor “todo” lo que un viajero puede necesitar: Starbucks, McDonald’s, tiendas de electrónica, hasta un spa exprés y una peluquería. No puedo con tanta globalización, tanta banda sonora de fondo y tantas maletas a la carrera. Todavía no. Sigo en mis trece de no querer despertar de mi sueño africano así que me arrellano en un cómodo asiento, cierro los ojos y…
Estoy sobrevolando en helicóptero las Cataratas Victoria y el Zambezi National Park. Durante los primeros minutos mi oficio me conduce a una nerviosa y frenética coreografía: la Nikon, el móvil, la GoPro… Me faltan manos. Hasta que me impongo un basta. No voy a volver a vivir estos 25 minutos de vuelo así que adiós tecnología. Es entonces cuando soy plenamente consciente del asombroso escenario que discurre bajo mis pies: el río Zambeze se derrumba a lo largo de una enorme grieta que quiebra la tierra dibujando una estremecedora frontera natural entre Zambia y Zimbabue. Mosi-oa-Tunya, el humo que truena que Livingstone descubrió en 1855. Uno de los paisajes más impactantes que he contemplado hasta la fecha.
A vista de pájaro me siento como una asombrada espectadora, a ras de suelo, protagonista. Desde Zimbabue y desde Zambia, en plena temporada húmeda, calada hasta los huesos por la enorme nube de vapor que provoca el desplome del gran caudal del Zambeze, escuchando el atronador ruido del agua, asomándome al abismo e imaginando qué descubre en los meses secos aquello que por momentos solo es una enorme cortina blanca.
¿Tres momentos que enmarcaron mi visita a las cataratas? Un mojito con vistas a la garganta Batoka en The Lookout Café, un tranquilo crucero al atardecer por el Zambeze y cruzar el puente que une Zambia y Zimbabue. Mi primera frontera a pie, caminando en tierra de nadie, entre largas colas de camiones que esperan sin aparente prisa salvar los trámites aduaneros.
Zanzíbar: playas paradisíacas y el decadente encanto de Stone Town
Una voz femenina me saca de mi dulce ensoñación: “This is the final boarding call for passengers...” Qué cerca y qué lejos queda ahora el rumor del Índico, la insoportable humedad del bosque de Jozani -feudo de los monos colobos-, la arena blanca, los manglares, el crucero por labahía de Menai y los amarillos, naranjas y ocres que despiden los días en este rincón africano.
Zanzíbar, paraíso de las lunas de miel, de hoteles de lujo que domestican su salvaje fisonomía, de la dolce vita a golpe de tarjeta. Un archipiélago situado a 36 kilómetros de las costas de Tanzania que cualquier viajero calificaría de edén terrenal. “Heaven on earth”, como repite el dueño del Rolex cada mañana antes de zambullirse en la infinity pool de The Residence.
Clases de cocina suajili, masajes, cócteles al atardecer, marisco a la luz de las velas… Estuve tentada pero no pude. Llegar hasta aquí desde Zambia supuso un largo camino de visados, colas interminables y calor sofocante. Demasiado esfuerzo como para quedarme encerrada en mi burbuja de cinco estrellas y limitar mi estancia a playas virginales en las que me hice la sorda para esquivar a los falsos masais que me ofrecían su “compañía”.
Quise recorrer la polvorienta y bacheada carretera principal que a modo de espina dorsal conecta el norte y el sur de la isla, conocer una plantación de especias y descubrir los otros rostros de Zanzíbar en el barrio viejo de su capital, Stone Town. Un decadente laberinto de calles estrechas, declarado Patrimonio de la Humanidad, en el que es prácticamente imposible orientarse.
Maravillarme con sus preciosas puertas de madera tallada y distinguir las muestras de arquitectura árabe, india, africana y europea me resultó fácil. Mucho más sencillo que evitar una lágrima -esta vez de dolor- al visitar las celdas en las que durante días malvivían hacinados hombres, mujeres y niños. Y es que tras las luces del idílico litoral de Zanzíbar se esconden las sombras de su terrible pasado, el abominable honor de haber sido el principal mercado de esclavos de África durante siglos.
Y sí, cuesta un mundo borrar esta imagen cuando estás disfrutando de un lugar tan especial como The Rock, el restaurante más famoso de la isla enclavado en un viejo arrecife de coral, embobada por los colores de un océano por el que no hace tanto navegaron miles de personas condenadas a la explotación.
Mi primer elefante sin zanjas ni verjas, mi primer vuelo en helicóptero y en avioneta, mi primer atardecer africano, mi primera frontera a pie, mi primer baño en el Índico… Este ha sido un viaje lleno de primeras veces, el prólogo de un libro que recién empieza a ser escrito. Porque yo, como dije antes de partir, siempre soñé con África y ahora que ya no necesito imaginármela solo deseo volver.
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