¿Sabías que según el Eurobarómetro Oslo es la ciudad más feliz de Europa? No es de extrañar ya que la capital de Noruega ofrece una combinación perfecta de belleza natural, arte y diseño que conforma una atractiva escena urbana a ojos del viajero. Espacios verdes, un recogido centro histórico, interesantes museos, una revitalizada zona marítima… Todo esto hallarás en en la “ciudad del Tigre’, la patria de Edvard Munch, Gustav Vigeland y Henrik Ibsen. En una urbe vibrante y cosmopolita que no debes pasar por alto aunque tu objetivo final sea sentir el poder de la naturaleza en las Islas Lofoten, pisar el Preikestolen, recorrer el Glaciar de Briksdal o el lago Strynsvatn o trazar de cazar una aurora boreal en la increíble Laponia Noruega. Para facilitarte tu escapada, aquí tienes una guía práctica para viajar a Oslo. Comenzamos.
Viajar a Oslo:
Situación
Oslo es la ciudad más grande de Noruega y es la capital oficial del país desde 1814. El municipio tiene una superficie total de 454 km² y más de 240 km² de bosques. Su población ronda los 640.000 habitantes y está situada al fondo del fiordo de Oslo, un profundo entrante marino localizado en el costa sureste de Noruega salpicado de pequeñas islas.
Requisitos para viajar a Noruega
Los viajeros de la zona Schengen no necesitan un pasaporte o visado para entrar en Noruega pero sí deben mostrar un documento nacional de identidad válido o el pasaporte expedido por un estado miembro de la Unión Europea.
Moneda y tarjetas de crédito
La moneda oficial es la corona noruega (NOK o kroner). Existen billetes de 50, 100, 200, 500 y 1,000 coronas, y monedas de 1, 5, 10 y 20. Para familiarizarte con ellas puedes consultar la página del Banco Nacional de Noruega y en este conversor de divisas puedes ver cómo está el cambio. A fecha de hoy, 1 € equivale a 8,9047 NOK. Si vas a viajar con cheques de viajes, puedes cambiarlos en los principales bancos de la ciudad y en las oficinas de cambio. Casi todos los hoteles, restaurantes y tiendas aceptan tarjetas de crédito. Las más habituales son Visa, Eurocard, MasterCard, Diners Club y American Express.
Zona horaria, clima y temperaturas en Oslo
Gracias a la corriente oceánica del Golfo, que desplaza las aguas cálidas del Golfo de México hacia el Atlántico Norte, el clima en Oslo es mucho más agradable de lo que podría esperarse dada su latitud. Así, en invierno la temperatura normal oscila entre 0,7 y -4,3 grados centígrados, en primavera entre 4,5 y 10,8, en verano entre 15 y 16,4, y en otoño la horquilla se mueve entre los 6,3 y los 10, 8 ºC. Toda Noruega usa hora central europea (CET), que está una hora por delante de la UTC (UTC+1).
Idioma
El idioma oficial es el noruego que pertenece al grupo de lenguas nórdicas o escandinavas. Aunque la mayoría de la población habla inglés, si quieres tener un detalle de cortesía con los noruegos, trata de memorizar algunas expresiones básicas como estas:
Sí: Ja. No: Nei. Hola: Hallo. Adiós: Ha det. Gracias: Takk. Por favor:Vær så snill. Disculpe: Unnskyld ¿Habla usted inglés?: Snakker du engelsk? Me llamo: Jeg heter… ¿Dónde está…?; Hvor er…? ¿Cuánto cuesta?: Hvor mye koster det? Cerveza: Øl. Café: Kaffe. Agua mineral: Mineralvann. Té: Te. Leche: Melk. Vino tinto: Rødvin. Vino blanco: Hvitvin. ¡Salud!: Skål!
Electricidad
La corriente es de 220 voltios, 50 Hz, y los enchufes son de tipo C (dos clavijas).
Volar a Oslo: aeropuertos y traslados
El principal aeropuerto de Noruega es el de Oslo que está situado en Gardermoen, a 47 km de la capital. Su código IATA es OSL. Si viajas con una aerolínea de bajo coste es probable que aterrices en Torp Sandefjord -a 110 km de Oslo- o en Moss Rygge, a 66 km de Oslo. Existen vuelos directos a Oslo desde las principales ciudades de Europa, y desde algunas ciudades de América del Norte y de Asia. De Madrid a Oslo la duración del vuelo es de 4 horas. Si quieres conocer todas las compañías que ofrecen vuelos directos a los tres aeropuertos, como Norwegian, Iberia Express o Ryanair, entre otras, consulta el apartado transportede Visit Oslo.
Transporte a / desde el aeropuerto de Oslo Gardermoen
Tren Flytoget Airport Express: Es el tren exprés del aeropuerto. El trayecto dura 19 minutos. Si descargas la app Flytoget en Google Play o App Store, podrás comprar y recibir los billetes en tu móvil así como consultar las salidas en tiempo real. El precio por trayecto es de 180 coronas (19€).
Tren de NSB: Una opción más económica son los trenes regionales de NSB, la empresa ferroviaria nacional. El trayecto dura 23 minutos y su precio ronda las 92 coronas (9,70€). Consulta su página web para horarios y tarifas desde los aeropuertos de Oslo, Torp y Rygge.
Autobuses:Flybussen conecta cada 20 minutos el centro de Oslo y el aeropuerto de Oslo. Parte del Radisson Blu Scandinavia Hotel y pasa por Prof. Asch. plass, Bussterminalen, Helsfyr, Teisen, Ulven, Trosterud, Radisson Blu Alna Hotel y Furuset. La duración del trayecto oscila entre 40 y 50 minutos.
Taxi: Las compañías Oslo Taxi, Norgestaxi y Taxi2 tienen tarifas fijas al y desde el aerouerto. Si esta es la opción que escoges, dirígete al mostrador de taxis para consultar las tarifas y elegir la empresa más barata.
Cómo desplazarte por Oslo
Oslo hace gala de un estupendo sistema de transporte público gestionado por Ruter As. Los autobuses urbanos, trenes locales, tranvías, ferries y metro utilizan el mismo tipo de billete. Conviene adquirirlos con antelación en los puntos de venta de Ruter ya que si lo haces en el momento de subir tendrás que pagar un suplemento de 20 coronas. Otra opción muy práctica es usar la app RuterBillett para comprar los billetes.
Metro: Oslo cuenta con seis líneas de metro (T-Bane) que circulan por todo el centro de la ciudad.
Tranvía: Hay seis líneas que recorren la capital con paradas en los principales monumentos y zonas de interés. La mayoría de las líneas convergen en Jernbanetorget.
Autobús: El mejor medio de transporte para llegar a las afueras de la ciudad.
A pie o en bicicleta: La mayor parte de Oslo puede recorrerse a pie o en bici. Hay muchas zonas peatonales y el respeto de los conductores hacia los transeúntes y ciclistas es máximo.
Oslo Pass y Oslo Official City App
Tu gran aliado para aprovechar al máximo tu estancia en la capital noruega será el Oslo Pass, una tarjeta con la que podrás acceder de forma gratuita a más de 30 museos y atracciones turísticas, utilizar el transporte público, obtener descuentos en visitas guiadas y alquiler de bicicletas, etc. El periodo de validez de la tarjeta comienza desde que se usa por primera vez y puedes adquirirla en las oficinas de información, hoteles y en museos como el Centro del Premio Nobel de la Paz o el Museo Naval Noruego, entre otros. También puedes comprarla onliney recogerla en el Oslo Visitor Center ((Østbanehallen), o bien descargar The Oslo Pass App en tu dispositivo y pagarla con tarjeta de crédito.
Precios Oslo Card: Adultos 24 horas 335 NOK, 48 horas 490 NOK y 72 horas: 620 NOK. Niños y seniors 24 horas 170 NOK, 48 horas 250 NOK y 72 310 NOK.
También te resultará muy útil la Oslo Official City App, una aplicación gratuita que funciona sin conexión, con la que podrás consultar el calendario de actividades de la ciudad, los horarios de apertura y precios de las entradas de los lugares de interés… Toda la información que necesitas sobre Oslo en la palma de tu mano.
Qué llevar en la maleta
Lo mejor es que te equipes con una buena colección de capas que irás poniéndote y quitándote en función de la temperatura. No olvides alguna prenda de abrigo ya que incluso en verano las noches pueden resultar frías y zapatillas cómodas para andar: Un impermeable o un paraguas tampoco está de más.
Dónde alojarte en Oslo
Además de cadenas como la nórdica Thon Hoteles, Rica y Scandic, Oslo cuenta con una serie de alojamientos que se adaptan a economías más ajustadas. Un buen ejemplo es Ellingsens Pensjonat, un bed and breakfast tradicional situado en el centro (Holtegata, 25). Otra céntrica opción es Cochs Pensjonat (Parkveien, 25). Si lo tuyo es acampar, el Bogstad Camping puede encajarte. Está a 9 km del centro y muy bien comunicado con transporte público.
Gastronomía en Oslo
Como en el resto del país, la gastronomía de la capital es un magnífico ejemplo de cocina sostenible que encuentra su despensa natural en los sabores de la tierra y el mar. Salmón en todas sus variedades, bacalao, carnes de cordero, cerdo, buey o reno no faltan en las carta de sus restaurantes junto a las tradicionales kjøttkaker(albóndigas) o el fårikål, el plato nacional noruego de cordero guisado y servido con patatas cocidas. Respecto a la cerveza, Ringnes y Hansa son las lager más habituales.
¿Resulta caro comer en Oslo? Para que te hagas una idea te muestro algunos ejemplos: un plato principal en un local económico suele costar unos 10-12€ que en un buen restaurante pueden llegar a ser 25. Una cerveza en un bar, de 6 a 10€. Un café, 4€. Eso sí, no es habitual dejar propina ya que esta se incluye siempre en la cuenta.
Si quieres darte un pequeño capricho, regálate la experiencia de comer en la Brasserie Sanguine. Su ubicación, en el magnífico vestíbulo de la Ópera y con vistas al fiordo, está acorde con su oferta gastronómica en la que no faltan influencias francesas, italianas y españolas (Kirsten Flagstads plass, 1).
Compras
Si deseas dedicar parte de tu tiempo a ir de tiendas, debes saber que en Oslo encontrarás las principales marcas internacionales que compiten con numerosas boutiques de marcado diseño escandinavo. Básicamente hay cuatro zonas de compras: Karl Johans gate, el corazón comercial de la ciudad donde se ubican varios centros comerciales y grandes almacenes; Grünerløkka, diseño nacional de artesanías, tiendas de antigüedades y librerías en un ambiente bohemio; Grønland, con tiendas de estilos y sabores de las diferentes comunidades de inmigrantes que viven en Oslo, y Mathallen, el mercado de moda, todo un referente gastronómico que ofrece productos típicos noruegos y especialidades locales.
Si quieres que te devuelvan el IVA cuando abandones el país, compra en los establecimientos Tax Free. La cantidad mínima es de 290 coronas en alimentos y 315 coronas en otros artículos. ¿Un dulce souvenir? Las barritas de Freia, la chocolatina más vendida en Noruega desde 1960.
Y hasta aquí esta guía práctica para viajar a Oslo. Espero haberte animado a visitar la sorprendente, vitalista y atractiva capital de Noruega.
Tu seguridad es lo primero, así que, si vas a viajar a Oslo, haz como yo y contrata un seguro de viajes con Chapka. Para estancias inferiores a 90 días, te recomiendo el Cap Trip Plus por su amplia cobertura COVID-19: gastos médicos derivados de la enfermedad, PCR prescrita por un profesional sanitario, prolongación de estancia, regreso anticipado… Además, si lo contratas a través de mi web, obtendrás un 7% de descuento usando el código OBJETIVOVIAJAR. No lo dudes, contrata aquí tu seguro de viajes y disfruta de una aventura asegurada.
En mi último viaje por tierras sevillanas, en el que pude descubrir los sorprendentes paisajes que conforman la provincia de Sevilla, no dudé en hacer un hueco en mi agenda para reencontrarme con una de las ciudades más fascinantes del sur. Tenía un objetivo claro, conocer el nuevo símbolo de la arquitectura contemporánea andaluza: las Setas de la Encarnación, también conocidas como Metropol Parasol, o como todo el mudo las llama, las Setas de Sevilla.
Cuando el taxi me dejó a los pies de la gran obra del arquitecto berlinés Jünger Mayer y pude contemplarla en toda su magnitud, dudé por un instante, como imagino dudaron los sevillanos cuando la vieron finalizada en marzo del 2011 tras años de polémicas por su sobrecoste económico y su diseño. ¿Una mole encajada en pleno casco antiguo de Sevilla o un seductor delirio arquitectónico? Mis sentidos lo decidieron en un instante. Estaba ante una construcción cuya lista de calificativos podría incluir única, vanguardista, sorprendente y, en mi humilde opinión, tremendamente atractiva. Valoraciones subjetivas al margen, una cosa está clara, las Setas de la Encarnación ya forman parte de la larga lista de imprescindibles de la capital hispalense.
Esta maravilla de la ingeniería está compuesta por cinco niveles en los que se ubican el Antiquarium, donde se pueden ver los restos arqueológicos de época romana descubiertos durante su construcción, el mercado de abastos y locales de restauración, la diáfana Plaza Mayor -concebida para albergar actividades de ocio y espectáculos-, y desafiando al cielo, la joya del proyecto, el Mirador Setas de Sevilla. Un sinuoso laberinto de pasarelas de más de 205 metros que nos permite contemplar Sevilla desde una privilegiada posición. A 28 metros de altura.
Es entonces, en el momento en que te plantas en su cima, cuando su potente fisonomía, la estructura de madera más grande del mundo, pasa a un segundo plano porque se enfrenta a un rival imposible de vencer: 360 grados que recorren Sevilla desde las alturas, de norte a sur, de este a oeste, hasta que la vista se pierde en el Aljarafe sevillano. Ya no importa que esté formada por seis parasoles cuyo diseño se inspira en las bóvedas de la Catedral de Sevilla, ni los más de tres mil metros cúbicos de madera de pino finés que se utilizaron, ni las 3.500 piezas que la componen, ni los 16 millones de tornillos que la ensamblan. Todo, absolutamente todo, se difumina bajo tus pies mientas tus ojos contemplan Sevilla a vista de pájaro.
Guiado por los diferentes paneles informativos, podrás identificar los modernos edificios de la Isla de la Cartuja, el Puente del V Centenario, la Catedral, la Plaza de España y prácticamente todos los campanarios de las iglesias sevillanas. El Oratorio de San Felipe Neri, el Divino Salvador, la Anunciación, Santa Cruz, San Bartolomé, San Pedro… Olvídate del reloj y de las prisas y disfruta de esta ventana panorámica que nos regala unas vistas increíbles. Y entre asombroso y asombro, entre foto y foto, relájate tomando algo casi a la vera de la Giralda.
¿El mejor momento para disfrutar de las Setas de Sevilla? A primera hora de la mañana o al atardecer, cuando mil colores tiñen el cielo sevillano y la ciudad empieza a iluminarse.
Tras visitar este emblema de la nueva Sevilla, puedes aprovechar para conocer sus alrededores recorriendo por ejemplo la calle Regina, con sus tiendas de ropa, estudios de arquitectura y librerías especializadas en arte. Otra estupenda opción es acercarte al llamado Soho sevillano, una zona revitalizada por jóvenes emprendedores situada entre la Alfalfa y la Plaza de la Encarnación que aboga por un comercio personalizado que recupera la tradición de lo artesanal. Calles que se salen de los caminos trillados como Pérez Galdós, Santillana, Ortiz de Zúñiga y Don Alonso el Sabio donde se dan cita diseñadores, modistas, peluqueros y nuevos chefs dispuestos a aportar su toque especial a la oferta gastronómica de la ciudad. Como dirían los anglosajones, shopping & culture.
Al caer la tarde, no lo dudes, acude a tu cita con el Guadalquivir, a la altura del puente de Triana, y siente cómo la capital de Andalucía se cuela por cada poro de tu piel. Enseguida comprobarás que Sevilla tiene mucho más que un color especial.
Cómo llegar a las Setas de Sevilla:
Dirección: Plaza de la Encarnación, 14, 1ºB. En autobús: Líneas 27 y 32. En metro: T1 Parada Plaza Nueva.
Horarios de acceso al Mirador Setas de Sevilla:
De domingo a jueves, de 10 a 23h. De viernes a sábado, de 10 a 23.30h. El ascensor que da acceso al mirador está en la planta subterránea junto al Antiquarium. Abre con regularidad los días festivos salvo Navidad, y el precio de la entrada es de 3€ con consumición gratuita. Gratis para menores de 12 años.
Viajo al norte de Cataluña para mostrarte una de las maravillas que la naturaleza regaló a la Costa Brava y el hombre bautizó como Parque Natural de Cap de Creus. Un tesoro paisajístico, geológico y biológico que suma su belleza a la de los municipios que lo conforman. Entre ellos Llançà, El Port de la Selva o Cadaqués, preciosos rincones de este tramo del litoral catalán que discurre entre Portbou y la encantadora Blanes donde pasé los veranos de mi infancia. Porque yo, como Serrat, nací en el Mediterráneo, y como él, llevo su luz, su olor y su recuerdo por dondequiera que vaya.
Mira las imágenes, escucha mi voz en off y déjate llevar por el viento del norte, el mar y los sorprendentes escenarios que se cruzan a tu paso. Por la tramuntana, que te abate y te da la vida a partes iguales. Por el Mediterráneo, que ve cómo los Pirineos se sumergen en sus aguas dando forma al único parque marítimo-terrestre de Cataluña. Por un paisaje que inspiró a poetas como Josep Maria de Sagarra, a artistas como el gran Salvador Dalí y que a ti también te sacudirá por dentro. Entre la tierra y el mar, en un espacio único que se formó hace millones de años.
La singularidad del Cap de Creus
Aparte ser el punto más oriental de la península ibérica y por tanto el primer lugar por donde sale el sol, este entorno natural enclavado en la provincia de Girona nos ofrece una extraordinaria diversidad de paisajes en sus 13.886 ha de superficie. En su parte marina, luce con merecido orgullo un litoral salvaje y abrupto, salpicado de vertiginosos acantilados que se pierden en el mar, islotes y recónditas calas de aguas profundas que esconden espectaculares fondos coralinos. Un seductor y atractivo conjunto que hace de la fachada marítima del Cap de Creus un lugar lleno de magia fruto del mejor de los arquitectos, la naturaleza. Ríndete ante las vistas que desafían tu mirada, siente la energía que emana de los pliegues de piedra y vetas minerales, juega a descifrar las caprichosas formas que la erosión del agua y del viento han esculpido y llena tus pulmones de aire puro. Es lo mínimo que se merece este sobrecogedor rincón de la Costa Brava.
Seguirás sumando sensaciones difíciles de olvidar en las 10.813 ha que conforman su parte terrestre, un paraíso biológico en el que el mar da paso a bosques, prados y Parajes Naturales de Interés Nacional con más de 800 especies botánicas catalogadas. Recorrerlo te permitirá conocer su patrimonio cultural en el que destaca el monasterio de San Pere de Rodes, joya del románico catalán, junto a castillos, ermitas y restos arqueológicos como el dolmen de La Creu d’en Cobertella, el monumento megalítico más grande de Cataluña. No olvides reservar parte de tu tiempo para descubrir la belleza marinera de Llançà, Roses, Cadaqués y El Port de la Selva, y el ambiente rural que se respira en Vilajuïga, Pau, Palau-saverdera y la Selva de Mar. Cada uno de los ocho municipios que conforman el parque tiene su propio encanto.
Aunque dentro del área del parque se pueden realizar muchas actividades como paseos a caballo, cicloturismo, observación de aves y cetáceos, piragüismo, snorkel, kayac o parapente, entre otros, las características propias de este espacio hacen del senderismo y el submarinismo los deportes estrella.
Itinerarios del Parque Natural de Cap de Creus
A lo largo de los años, el Parque Natural de Cap de Creus ha ido recuperando antiguos caminos -en su mayor parte cañadas- y habilitando nuevos senderos hasta completar un total de 17 itinerarios que recogen sus principales valores naturales y culturales.
Dos de los más populares son el itinerario Punta de Cap de Creus (nº 15) y el que recorre el Paraje de Tudela (nº 17). El primero parte desde el faro del Cap de Creus, construido a mediados del siglo XIX a 87 metros de altitud, en cuyo interior se ubica un punto informativo y un museo de divulgación científica.
Este es, sin duda, uno de mis rincones favoritos de este espacio protegido ya que ofrece una espectacular panorámica del litoral descarnado del Cap de Creus. Tomar algo en la pequeña terraza que hay detrás del faro, con la mirada perdida en la inmensidad del Mediterráneo y notando cómo la fuerza de la naturaleza traspasa tu piel es uno de esos momentos que sí o sí pasarán a ocupar un lugar privilegiado en tu memoria.
Otros puntos de interés de este recorrido son la Cova de s’Infer, la isla de s’Encalladora cuyo norte es una reserva natural integral marina, y la isla de Massa d’Oros, un islote donde dicen que el viento sopla con más intensidad que en cualquier otro rincón del parque. ¿Una curiosidad? En el entorno de la punta de Cap de Creus se rodó en 1971 la película La luz del fin del mundo, una historia de piratas protagonizada por Kirk Douglas, Yul Brynner y Fernando Rey.
Por su parte, el itinerario 17 nos permite descubrir el Paraje de Tudela, un peculiar paisaje de aspecto lunar situado al norte de la península de Cap de Creus cuyo valor geológico es incalculable. Te sorprenderá la peculiar forma de rocas como Es Camell -el filón de pegmatita más grande de todo el Cap de Creus, o S’Àliga. Detén tu mirada en ellas ya que este es el único lugar del mundo en el que estas rocas afloran al exterior. Otro enclave que no debes pasar por alto es el Mirador de l’Illa de Portaló, un islote de esquistos negros que emerge frente a la costa.
Si quieres conocer el resto de itinerarios que discurren por el parque, los puedes descargar en formato pdf en la webde este parque natural.
Y hasta aquí este recorrido por el Cap de Creus. Yo hace apenas un mes que lo hice y, citando de nuevo a Serrat, me fui pensando en volver. Para saciar una vez más mi ansia de mar, para pisar de nuevo mi tierra.
Cómo llegar al Parque Natural de Cap de Creus
En coche: Por la autopista AP-7 de Barcelona a La Jonquera, salida nº 4 (Figueres Sur). De La Jonquera a Barcelona, salida nº 3 (Figueres Norte). Por la carretera A-2 de Barcelona a La Jonquera hasta Figueres, y después coger la A-26 de Figueres a Llançà o bien la C-260 de Figueres a Roses.
Ferrocarril: Línea Barcelona-Portbou. Llançà y Vilajuïga son las estaciones más cercanas.
Autobús: Desde Figueres, la compañía Sarfa conecta con todas las poblaciones del Parque Natural.
Puntos de información del Parque Natural de Cap de Creus:
Centro de Información del Palau de l’Abat: Situado en el monasterio de Sant Pere de Rodes al que se accede desde los municipios de Vilajuïga y El Port de la Selva.
Punto de Información del Espacio Cap de Creus: Desde Cadaqués vamos siguiendo las indicaciones que nos llevan al faro de Cap de Creus. El punto de información se encuentra situado en el edificio del faro.
Ponemos rumbo al extremo suroccidental de la provincia de Badajoz para detenernos en Jerez de los Caballeros, una de las grandes ciudades monumentales de Extremadura. Una tierra de apreciados jamones y paisajes dibujados por la serena belleza de la extensa dehesa extremeña. Una villa de empinadas calles encaladas, iglesias, conventos y torres que recortan el cielo, cuya longeva historia viene marcada por la presencia de los templarios y la Orden de Santiago. ¿Qué ver y hacer en Jerez de los Caballeros? A continuación te muestro los cinco mejores planes que he seleccionado para ti.
Recorre el casco antiguo de Jerez de los Caballeros entre descubridores y templarios
Aunque no puedo imaginar la sensación que tuvo Vasco Núñez de Balboa, uno de sus vecinos más ilustres, al atisbar la inmensidad del Océano Pacífico, sí debo confesar que me sentí como una pequeña exploradora cuando Jerez de los Caballeros se cruzó en mi camino. Y es que no imaginaba que en las estribaciones de Sierra Morena, dominando la vega del río Ardila, se hallaba uno de los rincones más bonitos de Extremadura. Una localidad con aspecto de pequeña ciudad y alma de pueblo que vive alejada del turismo de masas y que conserva una atractiva atmósfera de tranquilidad y cercanía propia de aquellas poblaciones en las que casi todo el mundo parece conocerse.
Lo comprobé callejeando por las enrevesadas calles de su casco antiguo que esconden monumentos religiosos, torres barrocas, palacios y casonas señoriales entre poderosas cuestas que hay que afrontar con ánimo. No temas, la recompensa está asegurada y validada por su designación de Conjunto Histórico-Artístico.
Pero para entender el presente de esta noble villa primero hay que echar la vista atrás y conocer las claves de su historia. Una pasado que arranca en la Prehistoria como demuestra el dolmen de Toriñuelo, continua con la Ceret fenicia, la Fama Iluia romana y la Xerixa o Xeris árabe. Tras la Reconquista, Alfonso IX de León cedió su custodia a la Orden del Temple a la que debe buena parte de su fisonomía y su nombre. Aunque a partir de este momento la localidad experimentó un rápido crecimiento como capital del Bayliato, es tras la extinción de los soldados de Dios cuando adquiere su máximo esplendor bajo la tutela de la Orden de Santiago.
Uno de los ejemplos más interesantes del legado de la Orden del Temple es la Alcazaba o Fortaleza Templaria, una construcción levantada alrededor de una gran explanada central y rodeada por un perímetro de murallas que llegó a tener 26 torreones. Entre los que quedan en pie destaca la Torre del Homenaje, también llamada Torre Sangrienta ya que, según cuentan, allí perdieron la vida los últimos caballeros templarios. De las seis puertas que daban acceso a este recinto solo se conservan dos, la de la Villa y la de Burgos.
Este enclave es además una privilegiado mirador para contemplar la iglesia de Santa María de la Encarnación, el templo más antiguo de Jerez de los Caballeros. Una construcción neoclásica del siglo XVIII que contrasta con el resto de iglesias barrocas de la villa.
Entre los numerosos conventos y ermitas de esta ciudad sobresalen, y no solo por enmarcar su horizonte, las magníficas torres de sus iglesias. Como la de San Bartolomé que sigue el mismo estilo barroco que su impresionante fachada en la que no faltan guiños al estilo mudéjar y a la proximidad con Portugal que se refleja en la cerámica azul que la cubre. La de Santa Catalina y la de San Miguel Arcángel, situada en la céntrica Plaza de España, completan, con la ya mencionada Santa María de la Encarnación, el catálogo de la que se conoce como “la ciudad de las torres”.
Otros puntos de interés del que está considerado el centro artístico más importante del barroco extremeño son la Casa Vasco Núñez de Balboa, dedicada a la figura de este gran conquistador; el Museo de Arte Sacro y el Parque de Santa Lucía que discurre pegado al exterior de la muralla y desde donde se divisan el valle del río Ardila y las estribaciones de Sierra Morena.
¿Una sugerencia? No dejes de recorrer sus rincones, plazas y calles al caer la noche. Si de día Jerez de los Caballeros luce hermosa, cuando se esconde el sol y se iluminan sus principales monumentos resulta absolutamente encantadora.
Piérdete entre los paisajes de las dehesas de Jerez de los Caballeros
Jerez de los Caballeros se alza en plena dehesa extremeña, un privilegiado ecosistema con más de un millón de hectáreas que combina el cultivo en las zonas más fértiles y el pastoreo. Un precioso paisaje teñido de cuantos tonos de verdes puedas imaginar en el que se suceden eternos prados, campos con encinas, alcornoques, jaras…
Además de practicar senderismo en plena naturaleza, Jerez de los Caballeros nos ofrece la oportunidad de vivir una jornada en la dehesa para conocer cómo se cría el cerdo ibérico que encuentra en este hábitat las mejores bellotas para su engorde. Yo realicé esta actividad con Temple Tour, el mismo equipo de guías que me enseñó todos los secretos de la ciudad, y te aseguro que realmente vale la pena. No solo por ver las piaras de cerdos pastando en periodo de montanera, junto a vacas, ovejas y cabras que también aprovechan sus pastos, sino para para aprender a interpretar la flora y fauna que integra un paisaje en el que no faltan grullas, buitres negros y águilas imperiales surcando los cielos. El colofón a esta aproximación a la dehesa extremeña, una comida con los manjares que produce esta tierra.
Conoce el proceso de elaboración del jamón ibérico
Para ello nada mejor que acudir a una fábrica local de jamones que por algo estamos en tierras extremeñas. En mi caso, tuve la oportunidad de visitar las instalaciones de Industrias Cárnicas “El Bellotero”, una empresa familiar con una larga tradición en la producción de jamones y embutidos. Allí no solo me mostraron el proceso integro de la elaboración del jamón ibérico, también me enseñaron a identificar un jamón de bellota de Denominación de Origen Dehesa de Extremadura, a qué responden los diferentes tipos de etiquetado y, cómo no, los secretos para realizar un buen corte, todo un arte que los profesionales dominan con un virtuosismo digno de admiración.
Visita el Salón del Jamón Ibérico de Jerez de los Caballeros
Aunque el calendario festivo de Jerez de los Caballeros está lleno de interesantes propuestas como su excepcional Semana Santa, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, o el Festival Templario en el que se recrea el pasado medieval de la villa, si quieres profundizar en la vital importancia que tiene el jamón en esta ciudad, debes visitar el Salón del Jamón Ibérico. Un certamen monográfico que se celebra en el mes mayo con el objetivo de estudiar, promocionar y comercializar el producto estrella de su gastronomía a través de charlas, degustaciones, jornadas técnicas y muestras de folclore popular.
Lo mejor de esta feria es que no solo congrega a los mejores productores y elaboradores de jamón ibérico. Sus puertas están abiertas a vecinos y visitantes que hacen de la que durante cuatro días es la capital mundial del jamón ibérico toda una fiesta que conjuga gastronomía y turismo. No hay más que ver a las familias que se congregan alrededor de una buena pieza de jamón en las instalaciones del recinto ferial.
Si tras visitar Jerez de los Caballeros quieres seguir combinando naturaleza, cultura y gastronomía, puedes recorrer la Ruta del Jamón Ibérico Dehesa de Extremadura, una propuesta turística que engloba más de 30 municipios de las comarcas del sur de Badajoz.
Disfruta de la gastronomía de Jerez de los Caballeros
No solo de jamón vive el jerezano. La gastronomía de esta villa extremeña va más allá de su gran seña de identidad y nos presenta una serie de platos que se caracterizan por la calidad de los productos con los que se elaboran. Te hablo de calderetas, espárragos trigueros, migas, setas y deliciosas partes del cerdo como el secreto o el lagarto que, cómo no, comparten mesa con lomos, chorizos, salchichones y quesos. En materia de repostería, no dejes de probar los bollos turcos, una divina tentación hecha con almendras, huevo y azúcar, los pestiños y las flores de miel.
¿Dos recomendaciones para comer en Jerez de los Caballeros? La Posada de las Cigüeñas, un acogedor hotel cuyo restaurante, especializado en pescados y carnes de cerdo, está ubicado bajo las centenarias bóvedas de una antigua capilla (C/ Santiago, 5-7). Mi segunda sugerencia, el Bar Kapi situado en el nº 9 de la Plaza España. Allí pude probar los famosos gurumelos, unas setas propias de esta zona; las castañetas -glándulas salivares del cerdo- y el guarrito frito, un exquisito cochinillo tierno y sabroso.
Informado quedas. Extremadura tiene el impresionante casco histórico de Cáceres, la grandeza romana en Mérida, su bucólico Valle del Jerte, la Sierra de Gata, Las Hurdes y también Jerez de los Caballeros, una gran desconocida que ningún viajero debería pasar por alto.
Tranquilo. No me ha visitado el fantasma del pasado, el presente y el futuro, ni me he convertido en el protagonista del clásico de Charles Dickens. Tampoco pretendo ganarme unas alas como el ángel de Qué bello es vivir. Simplemente he decidido pararme y verme, cobijándome en este “de cerca”, en el que de vez en cuando me lanzo a teclear. Sintiéndome libre. Sin decenas de páginas abiertas en las que busco más y más información, sin que mi escritorio parezca un campo de batalla sembrado de folletos, anotaciones, pases turísticos o entradas de museos. Solo un documento vacío en mi pantalla que lleno línea a línea por el puro placer de desconectar, de cambiar el chip, por cubrir la necesidad de contar algo diferente. En esta ocasión, divagar repasando la viajeraque he sido, centrarme en la que soy y soñar despierta con la que quiero ser. Sí. Esto es un desnudo, un “voy a soltarte mi rollo”, así que si quieres abandonar la lectura, ahora es el momento.
La viajera que he sido
No provengo de una familia de Cooks, Livingstones ni Amundsens. Mi padre nunca fue Phileas Fogg ni mi madre Passepartout. Pertenecen a una generación de luchadores, la del 36, la de los criados en la posguerra; una de tantas parejas que encontró en Mallorca el gran destino para celebrar su viaje de novios. Amigos de lo cercano, las vacaciones de mi infancia y adolescencia transcurrieron en la Costa Brava -de ahí mi devoción por el mar-, con alguna escapada para conocer algo de Andalucía, Levante y poco más. Nada de cruzar fronteras pero todo extraordinario para una chiquilla inquieta y preguntona que adoraba a Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo.
Él tenía su micrófono, yo un globo terráqueo que recibí en mi noveno cumpleaños. Mis padres siempre recuerdan la ilusión que me hizo tener el mundo en mis manos. La ilusión y la tabarra que les di con aquella bola iluminada que me empeñaba en dejar encendida todas las noches, tras pasarme horas dándole vueltas y más vueltas, frenándola con el dedo para ver en qué país se detenía. ¿Y esto dónde está, mamá?; Papá…¿de Barcelona hasta aquí cuantos días tardaría en llegar?; ¿Cuál es la montaña más alta del mundo?; ¿Dónde tengo que ir para ver elefantes y jirafas?
Nadie, salvo acaso Tintín y ese regalo que vete a saber dónde acabó, me contagiaron el virus viajero cuando levantaba poco más de medio metro del suelo. Fue años más tarde, a base de consumir de forma compulsiva literatura de viajes, cuando despertó con una fuerza brutal aquello que llevaba latiendo desde siempre en mi ADN: la necesidad de viajar. De saber qué había más allá de ese lugar común llamado zona de confort.
En algún lugar leí que la historia de la humanidad es la de los viajes. Hice mía esa frase. Quería escribir mi vida en kilómetros, en millas. Recorrer el mundo con la curiosidad y la sed de conocimiento como único combustible que guiara mis pasos. También aspiraba a vivir de ello así que encontré en el periodismo de viajes aquello que andaba buscando. El medio en el que poder narrar los horizontes que iba conquistando, la vía para saciar mi ansia de respuestas y el modo de conseguir llenar mi nevera. Tuve mucha suerte. Me licencié en mayo y en junio ya estaba trabajando en una revista de viajes. Allí aprendí buena parte de lo que sé. Primero como redactora y al poco tiempo, como redactora jefe. Mi trabajo soñado. Una época dorada, la del papel y los quioscos llenos de grandes cabeceras, en la que siempre viajaba acompañada de un fotógrafo, sin redes sociales que me distrajeran de las explicaciones del guía de turno ni de lo que acontecía a mi alrededor. Años en los que la imprenta recibía la revista en un invento del diablo llamado zip, cuya tremenda capacidad inicial era de 100 MB, e impresa en papel con las diapositivas enganchadas con celo donde correspondía. Muy, 2.0 ¿verdad? Años en los que solo sabíamos de Internet que iba a ser una gran autopista de la información.
La viajera que soy
Luego llegó la crisis, mi traslado a Madrid y el blog. Este rincón viajero que abrí a modo de portfolio, como un “sigo aquí”. Una ventana al mundo que me permite, colaboraciones al margen, desarrollar lo único que, humildemente, creo que sé hacer: viajar y contarlo.
¿Qué viajera soy ahora? Básicamente la misma que en su día cayó en las redes de esta bendita enfermedad que te convierte en un culo inquieto, en un ser impaciente al que le cuesta cada vez más tener la maleta varada en el altillo. Una persona que disfruta cada viaje, a la vuelta de la esquina o al fin del mundo, como si fuera el último. Que sigue tan preguntona que puede llegar a ser cansina. Que se pasa las horas muertas escuchando cómo sus amigos le relatan sus viajes. “Desde el principio, como si fuera una película”, les suelo decir.
Eso sí, mi bagaje, curtido viaje a viaje, me ha dejado claro una cosa: la vuelta al mundo no es para mí. Admiro, respeto y envidio con infinito cariño a aquellos que son capaces de cerrar puertas y lanzarse a cumplir su sueño con todas las de la ley. Les sigo allá donde quiera que van y viajo a través de sus ojos, de sus palabras, de sus almas. Pero un viaje sin billete de vuelta no es para mí. Tal vez hubiera sido posible en otro momento. Pero no ahora.
Ahora, tras bajarme de un avión, tren o autobús, siento la necesidad de parar. De rebajar la intensidad de las emociones vividas, de recolocarme tras haber dejado un trocito de mí en aquellos rincones que llegaron a calarme hasta los huesos. Como Estambul, Israel, Perú, Jordaniay tantos otros. Disfruto enormemente del regreso; de esos momentos en los que paso las fotos -ya digitales- al ordenador, de esos fugaces instantes en los que estoy escribiendo sobre una sierra, levanto la mirada, y en mi ventana veo cómo atardece desde el café de las alfombras de Üsküdaro me rodea un campo de velas en Petra. Sería incapaz de saltar de país en país sin pisar el freno. Necesito esa pausa porque mi cabeza lo exige. Para vaciarme del aluvión de imágenes, colores, sonidos y sabores recién descubiertos. Para paladear cada conversación trazada con los del lugar, para sopesar los aciertos y errores cometidos, para disfrutar del placer de recordar, revivir y, si se da el caso, soñar con regresar. Además, tampoco tendría la energía suficiente como para hacerlo más allá de dos meses. Sé que el agotamiento acabaría conmigo. Ya no tengo 20 años…
¿Cuánto dura mi reposo? Hasta que un nuevo viaje se cruza en mi camino. Hasta que a mi revoltoso trasero le quema la silla, hasta que compruebo que todo sigue estando en su sitio, que los míos están bien, que puedo seguir volando allá donde me lleve el viento. Entonces vuelve la impaciente, la inquieta, la mari-nervios, aquella a la que se le cae la casa encima y necesita respirar aires nuevos. Aquella que aún siendo consciente de su frase de cabecera -el mundo es demasiado grande para una sola vida- se empeña en llevarle la contraria e incluso llega a frustrarse viendo lo rápido que se escapan los años, lo mucho que le queda por ver, experimentar y aprender en la gran escuela de la vida: recorriendo el mundo. Tremendo estrés ver cómo corre el calendario y cómo tu wishlist en vez de menguar aumenta…
La viajera que quiero ser
Alguien que se halla liberado de esta losa que tanto le agobia. Que comprenda que por mucho que quiera ni es Superman ni Dorian Gray. Que no se puede detener el tiempo y que ya va siendo hora de asumirlo.
Alguien un poco más ordenado. Presumir de vivir en un “caos organizado” suena muy bien pero no deja de ser un incordio. Como lo es la tortura de revisar una y otra vez si llevo toda la documentación necesaria antes de partir. Pasaporte, reservas, billetes… Billetes, reservas, pasaporte… Reservas, pasaporte, billetes… ¿Te suena de algo la palabra TOC? Pues es el trastorno obsesivo compulsivo que sufro siempre con mis papelitos viajeros.
¿Qué no quiero? Poder conciliar el sueño antes de viajar, dejar de sentir mariposas en el estómago al despegar, deshacerme del material que acumulo antes y durante un viaje, preferir un museo a un café con un desconocido, obsesionarme si, a pesar de tenerlo planificado, una visita se cae de la agenda, permitir que nada ni nadie como diría Sabina me robe el mes de abril…
Tampoco quiero dejar de sorprenderme con los pequeños y grandes escenarios que me esperan en mi futuro yo viajero. Porque las ciudades pueden llegar a parecerse, los paisajes aparentar ser otra versión de lo mismo pero, si tu espíritu sigue siendo el de una niña inquieta, si profundizas un poco, si sales de los caminos trillados en busca de algo más, te das cuenta de que no es así. Cada lugar es único, cada destino tiene una historia que merece ser contada y gentes que te dan auténticas lecciones de vida. Porque no hay dos amaneceres ni dos atardeceres iguales.
No. No quiero perder la pasión, el amor por lo diferente y la complicidad con lo que me es más cercano, esa necesidad de viajar que, como te decía, llevo impresa en mi ADN. La que me hace despertar cada mañana deseando estar bajo otro cielo, rodeada de otra cultura, con la mente abierta y los sentidos alerta para empaparme de la tierra que piso. Para poder volver a casa y contarlo en este pequeño rincón viajero que me apasiona construir día a día.
Una necesidad que espero me escolte, como la más fiel de las compañías, hasta el fin de mis días. Cuando las canas, las ojeras y las arrugas no sean un problema sino una bendición. Para poder mirarme al espejo y decir con una sonrisa “que me quiten lo viajado”.
Toda verborrea llega a su fin y tras más de 1.700 palabras, es este. Espero haberte entretenido con mis historietas, hablándote de mi libro, mostrándote una sincera radiografía de quien te escribe. Yo sí lo disfruté. Un mundo.
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