Belfast es una pequeña ciudad con mucha historia a sus espaldas que ha sabido reinventarse a través de la cultura y el arte sin perder un ápice de su personalidad. Sus contrastes la hacen única y poco a poco va posicionándose entre los principales destinos del Reino Unido. Si quieres conocer lo mejor que puede ofrecerte la capital de Irlanda del Norte, atento a estas siete pistas que dan respuesta a la pregunta ¿qué ver en Belfast?.
Siéntete como un local más en el St. George’s Market
Un buen punto de partida para empezar a tomarle el pulso a la ciudad es el mercado de St.George (12-20 E Bridge Street). De hecho, fue mi primera toma de contacto con Belfast porque está al lado de la estación de tren Belfast Central.
Este precioso edificio victoriano, construido entre 1890 y 1896, es uno de los escenarios claves que no puede faltar en cualquier ruta que se precie por la capital. Salvo en fechas destacadas, solo abre los viernes, sábados y domingos por las mañanas.
El mercado del viernes, cuyo origen se remonta a 1604, acoge el Variety Market con más de 200 puestos que venden una amplia gama de productos como antigüedades, libros descatalogados, ropa, fruta y, sobre todo, pescado. De hecho, sus más de 23 puestos lo convierten en el mercado minorista de pescado más importante de Irlanda.
El sábado es el turno del City Food, Craft and Garden Market, una ecléctica combinación de gastronomía nacional e internacional, flores, muestras de artesanía y trabajos en cerámica, vidrio y metal. Cuando enfilé uno de sus pasillos, estaba en plena ebullición. En un instante me vi rodeada por cientos de puestos que atraían mi mirada y mi olfato: panes recién horneados, quesos, todo tipo de dulces, productos biológicos, platos típicos como el irish stew… Y todo ello, rodeando un espacio central, adornado con banderolas, donde propios y extraños charlaban animadamente tomando un café o leyendo la prensa, mientras un joven ponía la banda sonora a este espectáculo de olores y sabores con su guitarra.
¿Y el domingo? El último día de mercado es una fusión de los dos anteriores que bajo el nombre de Sunday Food, Craft and Antique Market pone especial énfasis en potenciar la presencia de los artesanos locales: ropa, joyería, pinturas, velas perfumadas, productos reciclados, de belleza… Vayas el día que vayas, no te resistas. Es absolutamente imposible salir de aquí con las manos o el estómago vacíos.
Hay un autobús gratuito que conecta el centro de la ciudad (Donegall Place) y el mercado cada 20 minutos (Lower May Street).
Piérdete por las calles del centro de Belfast
Lo de perderte es una forma de hablar porque enseguida te darás cuenta de que Belfast es una ciudad bastante compacta en la que todo está muy cerca. Para adentrarte en su paisaje urbano, acércate a Donegall Square. Seguramente te sorprenda las dimensiones del Ayuntamiento, uno de los iconos más representativos de la capital. La construcción de este imponente edificio de estilo eduardiano concluyó en 1906, poco tiempo después de que la reina Victoria concediera a Belfast el estatus de ciudad. Si quieres, puedes realizar una visita guiada gratuita.
Las principales calles de Belfast, como Royal Ave y Victoria Street, parten de Donegall Square dando forma a una animada zona semi peatonal que combina edificios históricos, centros comerciales como Queen’s Arcade y CastleCourt, cafés y restaurantes. Haz una parada en el nº 17 de Donegall Square North para visitar la Linen Hall Library. Fundada en 1788, es la librería más antigua de la ciudad y ofrece un variado programa de eventos que incluye exposiciones, lecturas y conferencias.
Sin darte cuenta, tus pasos te conducirán hasta el Cathedral Quarter. Este barrio, el más antiguo de Belfast, se articula alrededor de la Catedral de Santa Ana, un templo que luce una enorme aguja de acero de 40 metros de altura conocida como Spire of Hope (aguja de la esperanza). No dudes en visitar su interior porque alberga unos magníficos mosaicos.
Muy cerca de aquí se halla el Centro Cultural Metropolitano (MAC) y el Albert Memorial Clock, otro de los símbolos de la ciudad. Tu vista no falla, esta torre erigida en honor al príncipe consorte de la reina Victoria está ligeramente inclinada.
Tras recorrer las empedradas calles del barrio más de moda, repleto de pubs que comparten espacio con numerosas galerías de arte, te sugiero que te desplaces hacia el sur. Bajando por Great Victoria Street, rumbo al denominado Queen’s Quarter, podrás ver el llamativo edificio del Grand Opera House, el principal teatro de Irlanda del Norte. ¿Tres imprescindibles en esta zona? La Queen’s University, que da nombre a este distrito, el Jardín Botánico y el Museo del Ulster que exhibe colecciones de lo más diversas: arqueología, historia, fauna, arte europeo y americano…
Pasea por el oeste de Belfast para ver los murales
Los muros de Belfast, también llamados líneas de la paz, cubren su piel de hormigón, vallas y alambre de espino con trazos de colores que nos hablan del pasado más oscuro de la ciudad. Son sus famosos murales, la herencia política y religiosa de The Troubles, como se conoce al conflicto que sembró el terror y la violencia en Irlanda del Norte durante tres décadas.
Hoy en día Belfast ha hecho suyo este legado y muchos viajeros se acercan a la periferia de la ciudad para contemplar estas piezas de arte público que van transformándose con el paso de los años hacia temas menos beligerantes. Callejear por Falls Road, el epicentro del barrio católico, visitar el Muro de la Paz y deambular sin prisa por Shankill Road, la arteria principal del barrio protestante, es una experiencia realmente interesante y por ello le dediqué un artículo hace poco explicando las sensaciones que experimenté en este recorrido que mezcla pasado y presente a partes iguales. Allí tienes toda la información que necesitas si deseas hacer esta ruta que con toda seguridad no te dejará indiferente.
Revive la historia del trasatlántico más famoso del mundo en el Titanic Quarter
Otra visita imprescindible en Belfast es el barrio del Titanic, situado al este del río Lagan, que ha experimentado un gran cambio en los últimos años. Los antiguos astilleros, aquellos que a principios del siglo XX hicieron que Belfast superara en tamaño a Dublín gracias a su importante industria naval, han dado paso a un área destinada al ocio y las nuevas tecnologías.
Aunque aquí se encuentra el complejo Odyssey Arena, que igual alberga los partidos de hockey sobre hielo de los Belfast Giants que importantes conciertos, la gran atracción turística de este distrito es el Titanic Belfast.
Este impresionante edificio, cuya fachada simula las olas, el hielo y las proas del barco, no solo tiene la misma altura que el Titanic sino que se construyó junto al muelle donde empezó a gestarse el trasatlántico más grande y lujoso de la historia. Considerado el icono de la nueva Belfast, en su interior alberga el mayor centro interactivo sobre este buque del mundo. Nueve galerías divididas en 6 plantas que recogen el devenir del Titanic de principio a fin. Incluso hay una reproducción a escala natural de la famosa Gran Escalinata. Más que un museo es toda una experiencia.
Además de visitar el Titanic Belfast y lo que queda de los astilleros de Harland y Wolff donde se construyó, vale la pena detenerse a contemplar el SS Nomandic que está situado en el muelle Hamilton Graving. Está considerado el hermano pequeño del Titanic y es el único barco que queda de la compañía White Star Line.
Si no te apetece caminar hasta el Titanic Quarter, puedes coger el autobús nº 26 en Donegall Square North. Precio del billete: £1.40
Un paseo nocturno a orillas del Lagan
Belfast está situada en la desembocadura del Lagan, el río más importante de Irlanda del Norte. Si quieres desconectar del bullicio del centro, lo mejor es acercarse hasta su orilla y dar un buen paseo cuando cae la noche. Los muelles y los puentes que lo atraviesan crean un atractivo escenario en el que no es difícil imaginar cómo sería esta zona en pleno auge de la industria naval.
En el Donegall Quay se encuentra una de las esculturas más famosas de Belfast. Se trata del Big Fish, un enorme salmón, obra de John Kindness, que se instaló en 1999 para conmemorar la regeneración del río. Lo más llamativo es su piel, un mosaico de azulejos de cerámica que a modo de escamas repasa con textos e imágenes la historia de la ciudad.
Un poco más adelante, en Thanksgiving Square, a la altura del Queen’s Bridge, nos sorprende una figura femenina, hecha de tubos de acero y bronce, de casi 20 metros de altura. Recibe el nombre de Beacon of Hope y en palabras de su creador, Andy Scott, «es un símbolo de paz y reconciliación, un faro de luz hacia la modernidad y el progreso».
Estas son solo dos muestras de cómo el arte ha jugado un papel fundamental en la transformación de las riberas del río Lagan.
Los mejores pubs de Belfast
Siempre he pensado que si se quiere conocer el alma de una ciudad, hay que sumergirse en sus noches y más en el caso de Belfast que está considerada uno de los principales focos de la música europea. Blues, reggae, techno, rock, música tradicional… Sea cual sea tu preferencia, encontrarás un local en el que suene lo que estás buscando. ¿Algunas pistas? Spring and Airbrake, The Duke of York, The Ulster Hall, el Odyssey Arena o el Oh Yeah Music Centre, uno de los locales más de moda para escuchar música en directo.
En cuanto a los pubs, los encontrarás en cualquier calle. Después de visitar unos cuantos, mis recomendaciones son McHugh’s Bar & Restaurant y The Crown Liquor Saloon, dos clásicos en los que tienes que recalar sí o sí.
El primero está ubicado en el edificio más antiguo de Belfast y abrió sus puertas en pleno barrio de la Catedral en 1711 (29-31 Queen’s Square). Nada más entrar, me encontré con un grupo de amigos tocando música tradicional. No era un concierto, simplemente se habían reunido allí para ensayar algunos de sus temas. Algo muy típico en la cultura de los pubs irlandeses.
Cuando me acerqué a la barra de McHugh’s, me atendió un camarero absolutamente encantador. Imagino que en seguida me caló como turista y no dudó en entablar conversación conmigo a pesar de estar rodeado de numerosos parroquianos que reclamaban su atención. Y es que aquí reside buena parte de la magia de Irlanda. Si tienes ganas de charlar con alguien, siempre encontrarás gente amable y divertida dispuesta a escucharte.
La segunda de mis propuestas es The Crown Liquor Saloon (46 Great Victoria St). No exagero al decir que es uno de los pubs más bonitos en los que he estado. Una delicia visual materializada en estilo victoriano que si no fuera por el personal que lo abarrota a todas horas se diría que es un museo. Es entrar en él y trasladarte a 1826. Vidrieras y cristales tallados, columnas, espejos, lámparas de gas, preciosos snugs (reservados) que aún conservan el antiguo sistema de campanillas que antaño servía para llamar a los camareros sin necesidad de levantarte… Hubiera deseado detener el tiempo entre pintas de Guinness para no perderme ni un solo detalle de esta joya que tan cuidadosamente ha sido restaurada.
Más opciones: White’s Tavern (2-4 Winecellar Entry), Kelly’s Cellars (30-32 Bank Street) y The Garrick Bar (29 Chichester St).
Explora los alrededores de Belfast
Si tienes tiempo, acércate al Castillo de Belfast para disfrutar de unas bonitas vistas de la ciudad. Está situado en la ladera de Cave Hill, una montaña que según dicen inspiró a Jonathan Swift para escribir Los viajes de Gulliver ya que su forma se asemeja a un gigante dormido. ¿Más opciones? Stormont (El Parlamento de Irlanda del Norte) o Giant’s Ring, un recinto prehistórico situado a unos 6 kilómetros de Belfast que data del Neolítico.
Belfast, además, está en un punto estratégico para conocer la costa de Irlanda del Norte y hay muchas compañías que ofertan excursiones a la principal atracción del Condado de Antrim: la Calzada del Gigante. Declarada Patrimonio de la Humanidad, esta joya geológica formada por más de 40.000 columnas de basalto es un escenario de extrema belleza y pura magia que enamora a quien lo contempla. Esta excursión suele incluir una parada en el puente de cuerda de Carrick-a-Rede, pura adrenalina, en el Dunluce Castle y la visita a la destilería Bushmills, la más antigua del mundo.
Información práctica sobre Belfast
Cómo llegar en tren a Belfast desde Dublín:
Desde la estación de Dublin Conolly parte el Enterprise, un tren que en poco mas de dos horas te dejará en Belfast Central. Vale la pena usar este medio de transporte porque el trayecto es una maravilla. Precio del billete ida/vuelta: 55€.
Belfast Visitor Pass:
Si vas a utilizar mucho el transporte público, tal vez te interese comprar el Belfast Visitor Pass que ofrece viajes ilimitados en todos los autobuses de Metro, NI Railways y Ulsterbus, además de los clásicos descuentos en las principales atracciones turísticas, restaurantes y tiendas. Hay pases de 1, 2 y 3 días y puedes comprarlos online, en el Visit Belfast Welcome Centre (9, Donegall Square North), en los mostradores de información del aeropuerto y en cualquier estación de Translink en Belfast. Otras opciones son utilizar los autobuses turísticos, como el Belfast City Sightseeing Tour, o realizar un tour guiado a bordo de los famosos black cabs (taxis negros).
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Visitar los acantilados de Moher es descubrir una de las joyas naturales que pueblan la ruta costera del Atlántico. Su imagen siempre aparece en todas las guías y folletos de Irlanda y su descubrimiento es uno de los más deseados. De hecho, son muchos los que afirman que este viaje en carretera, que bordea cada curva del litoral oeste de la isla, es uno de los más espectaculares del mundo, y a tenor de lo que yo vi, solo una pequeña parte, no dudo que sea así.
Me hubiera gustado recorrer este itinerario de principio a fin, desde Cork a Donegal, para conocer sus más de 2000 km de playas, sus bahías, sus aldeas de pescadores y, en el mejor de los casos, avistar ballenas y delfines. Quizá en un futuro pueda hacerlo, pero en mi primera incursión en tierras irlandesas tuve que conformarme con una pequeña pincelada de este litoral situada en el Condado de Clare.
Mi escapada empezó dejando atrás los suburbios de Dublín para adentrarnos en los condados de Kildare y Limerick entre pequeñas poblaciones, extensos campos con más tonalidades de verde de las que puedas imaginar, restos celtas, fortalezas como el Bunratty Castle e importantes centros de surf y de golf como Lahinch.
Cómo llegar a los acantilados de Moher desde Dublín
Los acantilados de Moher se encuentran en la costa oeste de Irlanda cerca del pueblo de Liscannor (Condado de Clare). Coordenadas GPS Latitud: 52.9714578 Longitud: -9.4247540. Si te animas a visitarlos en coche, aquí tienes algunas referencias para hacerte una idea de cuánto tiempo necesitarás para llegar:
Desde Galway → 1,5 h.
Desde Ennis → 40 minutos.
Desde Limerick → 1,5 h.
Desde Dublín → 3 h.
Si prefieres el tren, debes saber que las principales ciudades de Irlanda -Dublín, Galway, Cork y Belfast- están conectadas por ferrocarril. Otra opción es llegar desde Ennis y luego coger un autobús. Visita Irish Rail para más información.
En cualquier caso, si no quieres complicarte la vida con los traslados, puedes contratar una excursión de un día desde Dublín. En esta que te recomiendo podrás conocer el paisaje kárstico del Parque Nacional The Burren, Galway -una de mis ciudades favoritas- y, cómo no, visitar los acantilados de Moher. Además, este tour se realiza exclusivamente en español y las críticas de los viajeros que lo han hecho son muy buenas.
¿Qué tiempo va a hacer? – ¿Qué ropa llevar para visitar los acantilados de Moher?
El clima en la costa oeste de Irlanda es absolutamente cambiante por lo que conviene ir preparado. Para visitar los acantilados lo suyo es vestirse en plan cebolla sin olvidar algo de abrigo, un impermeable y un buen calzado. Y si luce el sol, pues a disfrutarlo al máximo.
Visitar los acantilados de Moher
Al llegar a los acantilados de Moher el día no podía ser más desapacible. El cielo parecía que iba a desplomarse en cualquier momento, lloviznaba y hacía muchísimo viento. Un viento helador que en ningún caso invitaba a pasear al borde de estos colosales vigías del Atlántico. Pensé en refugiarme en el centro de visitantes y entrar en calor tomando un café pero las ganas de contemplar aquello que tantas veces había soñado conocer hizo que mis pasos, desatendiendo a la razón, se encaminaran hacia ellos. Quería cumplir mi objetivo: visitar los acantilados de Moher.
Cuando alcancé la plataforma principal, me encontré con uno de los paisajes más sorprendentes que han visto mis ojos e impactado mis sentidos. Hasta donde se perdía la vista, una cadena de imponentes acantilados presidía el horizonte, resistiendo impasible las sacudidas de un océano que los golpeaba con fuerza.
Tal vez mis impresiones hubiesen sido diferentes si el sol hubiese lucido ese día, pero el manto gris que los cubría, el olor a tierra y a hierba mojada, y el frío que calaba mis huesos los hacían aún más sobrecogedores. No sé cuánto tiempo pasé apoyada en uno de los muros que delimitan el recorrido. Sin habla, tiritando e increíblemente apabullada por este rincón irlandés esculpido por la naturaleza hace más de 320 millones de años, que toma su nombre de las ruinas de una fortaleza llamada en gaélico antiguo «Mothar».
Tras superar el impacto inicial que supone ver por primera vez los acantilados, encaré la rampa urbanizada que conduce a la Torre de O’Brien, no sin antes detenerme a escuchar los delicados sonidos que un músico callejero ya entrado años arrancaba de su acordeón.
Curiosamente, esta atalaya fue construida en 1835 para desempeñar la misma función que cumple hoy en día, un mirador panorámico que ya disfrutaban los cientos de visitantes que a principios del siglo XIX recibían los acantilados. Su constructor fue Cornelius O ‘Brien, un terrateniente de noble linaje que creía en la fuerza del turismo como potenciador de la economía local. No se equivocaba pues hoy en día la visita a los acantilados de Moher atrae hasta un millón de viajeros cada año.
Esta torre está situada muy cerca del punto más alto de los acantilados, a 214 metros sobre el nivel del mar, y, según dicen, en días despejados las vistas pueden alcanzar hasta cinco condados. Las islas Aran, la bahía de Galway, las montañas de los Twelve Pins en Connemara, el faro de Loop Head…
Desestimada la opción de subir al mirador porque la bruma cubría buena parte del horizonte, continué mi paseo hacia el norte. Es realmente complicado tratar de describir tanta belleza. A un lado, vastos prados en los que las vacas pastan plácidamente ajenas al trasiego de turistas. Al otro, el fin del mundo con sus titánicas paredes verticales que se enfrentan al Atlántico.
A partir de aquí, el camino se estrecha y un rótulo avisa que no conviene seguir. Aunque ya no hay muros de protección, algunos se lanzan a sobrepasar esta barrera para hallar mejores encuadres y hacerse el selfie de turno al borde de los acantilados. Una auténtica locura y más con la tierra resbaladiza y el tremendo viento que apenas permitía caminar con tranquilidad.
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Deshaciendo el camino, rumbo a la plataforma sur, me fijé en la cantidad de carteles que hay de una organización llamada Samaritans que ofrece una línea de ayuda para evitar los suicidios que en más de una ocasión se han producido en los acantilados. De hecho, hay un pequeño monumento dedicado a los que perdieron la vida en esta franja del litoral irlandés.
Una vez allí intenté localizar la colonia de frailecillos (puffins) que anidan en Goat Island. No pudo ser porque por lo visto, estas aves, conocidas como los payasos de los océanos, llegan del Atlántico en abril y regresan a finales de julio. Tal vez tú tengas más suerte cuando los visites y puedas disfrutar de la variada fauna que hay en estos acantilados. Y es que este espacio es una zona de protección especial que acoge la mayor colonia de aves marinas de Irlanda. Una veintena de especies a las que hay que sumar los delfines, focas y ballenas jorobadas que en ocasiones se pueden ver en mar abierto.
¿Otra curiosidad de los acantilados de Moher? En determinadas épocas del año, se dan las condiciones necesarias para originar gigantescas olas que alcanzan los doce metros de altura. Una de ellas es la Aileen’s Wave. Los expertos aseguran que además de ser una de las más grandes de Europa es lo más parecido a lo que se conoce como la ola perfecta. Todas las estrellas mundiales del surf se han citado aquí alguna vez para cabalgarla.
Pásate por el Centro de Visitantes de los acantilados
Mi visita a los acantilados concluyó en el Centro de Visitantes, una enorme cueva abovedada que se mimetiza con el entorno para que el impacto de la huella del hombre sea solo una anécdota en este increíble escenario. En su interior acoge exposiciones fotográficas, áreas interactivas con muchísima información de la zona y una pequeña sala de proyecciones. Te sugiero que no te vayas sin ver el documental Ledge Experience. Sentirás que vuelas a lo largo de las cornisas y promontorios de los acantilados para acabar descubriendo el mundo marino que se oculta bajo las aguas del Atlántico. Aunque el centro cuenta con su propia tienda de souvenirs, si quieres llevarte un recuerdo más auténtico, puedes visitar las tiendas que encontrarás justo al lado. La mayoría ofrecen originales productos artesanales.
Mientras curioseaba en una de ellas, oí el sonido del claxon de mi autocar. Tocaba abandonar este entorno bendecido por la naturaleza y continuar camino hacia el Parque Nacional Burren para finalizar la jornada brindando con cerveza al son de la música celta en la encantadora ciudad de Galway.
Películas que se rodaron en los acantilados de Moher
Con tal despliegue de naturaleza, es normal que el mundo del cine haya puesto sus ojos en los acantilados de Moher. Como me comentó Katherine Webster, directora del centro de visitantes, lo que los hace únicos es lo escarpados que son y la brutal belleza de sus ocho fotogénicos promontorios que se alejan en la distancia. Un escenario real de casi 13 km de longitud que en la gran pantalla luce en todo su esplendor.
De hecho, los acantilados son tan especiales que forman parte del Geoparque Global de la UNESCO Burren and Cliffs of Moher y por eso su grandeza está presente en películas como La princesa prometida, El hombre de Mackintosh o Harry Potter y el Misterio del Príncipe. Eso sí, ninguna pantalla es capaz de captar lo que se siente cuando te plantas cara a cara frente a ellos. Y es que no me cansaré nunca de repetirlo: visitar los acantilados de Moher es algo que todo viajero debería hacer sí o sí al menos una vez en la vida.
Consejos e información práctica para visitar los acantilados de Moher
Horarios de apertura:
Los acantilados de Moher están abiertos todo el año excepto los días 24, 25 y 26 de diciembre.
Enero y febrero → 9-17h
Marzo y abril → 8-19h
De mayo a agosto → 8-21h
Septiembre y octubre → 8-19h
Noviembre y diciembre → 9-17h
El mejor momento para visitar los acantilados:
Ten en cuenta que la afluencia de visitantes aumenta entre las 11 y las 16h. Si tu agenda te lo permite, intenta ir entre semana y por la tarde ya que la luz del sol -que se esconde en el oeste- es preciosa.
Si el día de tu visita hace mucho viento, ten en cuenta las señales de advertencia que se muestran en la entrada al parque. Estado amarillo: precaución adicional. Estado naranja: condiciones climáticas demasiado peligrosas, conviene refugiarse en el Centro de Visitantes y esperar a que amaine. Estado rojo: los acantilados se cierran al público.
Precio de la entradas:
Adultos:
Visita matutina de 9 a 10:59h → 4€
Visita tarde de 11 a 15:59h → 8€
Visita nocturna de 16 a 17, 19 o 21h (dependiendo de la estación) → 4€
Cuando planifiqué mi viaje a la isla Esmeralda, uno de los lugares que más deseaba conocer era Belfast. Quería ver en primera persona cómo era esta pequeña capital cuya imagen me recordaba inevitablemente el conflicto que convirtió a Irlanda del Norte en un escenario de horror y violencia durante tres largas décadas. Por eso no dudé en pasarme largas horas recorriendo algunos de los casi 2000 murales de Belfast, evidencias latentes del doloroso pasado de una ciudad que vuelve a disfrutar de una convivencia pacífica y cuyos atractivos la sitúan hoy en día en el top 5 de los destinos imprescindibles del Reino Unido.
No es fácil hablar de enfrentamientos que causan la muerte de miles de personas. De hecho me asaltaron las dudas antes de escribir sobre ello, pero tampoco creo que la solución sea mirar hacia otro lado y obviar la historia que narran los muros de Belfast a golpe de pinceladas de color. Eso sí, no esperes encontrar en estas líneas las raíces de esta oscura etapa ni el detalle de los trágicos episodios que se vivieron en sus calles. Hay cientos de libros y decenas de películas que recogen The Troubles, como se conoce al conflicto norirlandés. Simplemente voy a contarte mi experiencia, las sensaciones que me asaltaron cuando visité el oeste de Belfast.
Los murales de Belfast
Empezaré respondiendo a la pregunta del millón. ¿Es seguro visitar esta zona? La respuesta es sí. Es más, en la oficina de turismo de Visit Belfast (9, Donegall Square North) la única recomendación que me hicieron es que evitase fotografiar a la gente. Nada más. Y así fue. En ningún momento me sentí intimidada o incómoda. Ni haciendo fotos ni preguntando mapa en mano y con el más absoluto de los respetos cada vez que me perdía.
Tal vez hayas leído que la mejor forma para visitar los muros de Belfast, también conocidos como líneas de la paz, sea a bordo de los llamados black cabs o taxis negros cuyos conductores hacen las funciones de guía mientras recorren los barrios católicos y protestantes parando en los murales más famosos. No dudo que sea la fórmula más rápida, informativa y cómoda de hacerlo, pero yo decidí ir caminando para desmarcarme de la ruta clásica y poder detenerme a mi antojo donde quisiera.
Así, desde el centro enfilé Great Victoria St. hasta llegar a la confluencia con Divis St. Una vez sobrepasada la autopista, tras unos quince minutos de caminata, la primera sensación que tuve es que parecía que ya no estaba en Belfast. El bullicio, los edificios victorianos, las tiendas, los pubs… Todo eso quedaba a atrás mientras me adentraba en la periferia de la ciudad.
Los murales de Falls Road
A aquellas tempranas horas, el inicio de Falls Road, el epicentro del barrio católico, estaba prácticamente desierto. Enseguida me llamó la atención el tramo conocido como el Muro Internacional. Allí me esperaban una veintena de murales. El I have a dream de Martin Luther King, pintadas que reclaman la expulsión de los diplomáticos israelíes de Irlanda, Nelson Mandela con el puño en alto, líderes locales, muestras de solidaridad hacia Palestina, invitaciones a unirse a Amnistía Internacional… Hasta un No pasarán en memoria de Dick y William, dos hombres que murieron en España durante la guerra civil y cuya placa preside un gran lienzo rojo, amarillo y morado.
Y rematando cada uno de los muros, metros y metros de alambre de espino que nadie retira aunque ya hayan pasado dieciséis años desde que el Acuerdo de Viernes Santo iniciara el proceso de paz. Fijándote en estos detalles, en las vallas, en los jardines enrejados, es imposible no sentir un puñetazo en el estómago. Son las cicatrices visibles y palpables de un tiempo no tan lejano en el que la disputa entre los que apoyaban la pertenencia al Reino Unido y los partidarios de la independencia o la inclusión en la República de Irlanda sesgó más de 3.500 vidas.
Esta sensación se acentúa en el Garden of Remembrance y en el resto de lugares dedicados a aquellos que murieron durante el conflicto que se cruzan a mi paso. Auténticos altares que se levantan en ambos barrios en los que no coincide el color de sus banderas pero sí la terminología que aparece en las placas: voluntarios, héroes, mártires, hombres valientes…
Sin darme cuenta me planto ante uno de los murales más fotografiados de Falls Road. Es el que rinde homenaje a la figura de Bobby Sands, un activista del IRA que falleció en 1984 tras una huelga de hambre. «Nuestra venganza será la risa de nuestros niños». Imposible quedarse impasible ante la sentencia que acompaña su retrato, situado en un lateral de la sede del Sinn Féin.
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El Muro de la Paz
Según dicen, en Belfast hay casi un centenar de muros repartidos a lo largo de 30 kilómetros. Se levantaron cuando empezaron los disturbios para separar y proteger a las comunidades unionistas y republicanas y aún siguen en pie. Uno de ellos, situado en Cuper Way, es el llamado Muro de la Paz que divide la católica Falls Road de la protestante Shankill Road. Llegar hasta allí puede resultar complicado porque en esta barriada muchas calles no tienen salida y te obligan a recular. Eso sí, si te pierdes, siempre puedes encontrarte con sorpresas como el Clonard Monastery, una iglesia católica construida en 1897.
Mi consejo es que, aunque des un pequeño rodeo, sigas caminando por Falls Road hasta encontrar Springlield Road. Continúa por esta calle y gira en Lanarnk Way. La impresionante presencia de los muros de cemento y acero, coronados por altísimas vallas, las cámaras de vigilancia y las puertas de metal te indicarán que has llegado a Cuper Way.
Cuando yo llegué, a media mañana, ya circulaban decenas de taxis negros por la zona. Y es que muchos turistas se acercan a este tramo del muro para dejar sus mensajes de paz entre una maraña de grafitis. No más asesinatos. No más pistolas. Esperamos que la paz no tenga fin. Peace, love & rock ‘n’ roll…
Los murales de Shankill Road
Como si de un macabro guiño se tratara, Shankill Road, una de las calles principales del barrio protestante, discurre en paralelo a Falls Road. Mientras llego hasta allí, callejeando por los alrededores de Conway Street prácticamente en solitario, vienen a mi mente las imágenes que hace años copaban los informativos. Parece mentira que en una zona tan tranquila a los ojos de un extraño pasara lo que pasó.
Una vez en Shankill Road, recordé las palabras del propietario de un pub que conocí en Dublín: «Si vas a ver los murales, acércate al Shankill Rest Garden». Le hice caso y descubrí un pequeño cementerio salpicado de antiquísimas tumbas situado junto a un monumento dedicado a los caídos de la Ulster Division durante la I Guerra Mundial.
El resto de Shankill Road, una avenida proletaria llena de locales de comida rápida, es una oda a la monarquía inglesa con cientos de banderas de la Union Jack decorando cada rincón u ondeando al viento.
Por cierto, si decides hacer esta ruta, debes saber que los murales más interesantes están en las urbanizaciones que hay detrás de Falls Road, donde se repiten los mismos mensajes de unionismo junto a imágenes del rey William III, del héroe celta Cúchulainn, fachadas que homenajean a grupos paramilitares como la UVF y la UDA, y cómics que nos hablan del derecho a la educación y de que todo el mundo debe ser tratado con la máxima dignidad y respeto. Es curioso que hasta los bordillos de las aceras están pintados de azul, blanco y rojo para que todo el mundo sepa qué terreno pisa.
Tras comer en un diminuto restaurante de la zona, me encontraba absolutamente agotada. Más mental que físicamente, a pesar de los kilómetros recorridos, y decidí regresar al hotel. Al día siguiente quería estar descansada para disfrutar de otro de los grandes atractivos del Condado de Antrim, la Calzada del Gigante.
Mientras volvía a cruzar la autopista y me reencontraba con el cálido y animado centro de Belfast, solo pensaba en el futuro de estos muros. Algunos los consideran la mayor galería al aire libre del mundo; son los que opinan que el arte puede ayudar a no olvidar. Otros, en cambio, luchan por derribarlos con la intención de que su desaparición contribuya a demoler otro tipo de barreras mucho más potentes, las mentales.
De momento ahí siguen pero algo va cambiando en su exterior. Los murales más beligerantes cada vez son menos y el hueco que dejan se dedica a reflejar temas culturales sin connotaciones políticas que pretenden sumar y no restar. Un buen comienzo, en cualquier caso, dirigido a la comprensión mutua, el respeto y la tolerancia.
Qué ver en Oviedo… Yo ya he estado en varias ocasiones y cada vez que regreso descubro algo nuevo que me invita a volver. Es la magia que desprende la capital de Asturias, una hermosa ciudad que a continuación te invito a conocer repasando los rincones y experiencias que considero imprescindibles en una primera visita.
No sé qué pensaría Clarín si pudiera contemplar cómo ha sido el devenir de aquella provinciana, clerical y asfixiante Vetusta que inmortalizó en La Regenta. Tras su sorpresa inicial, posiblemente se adueñaría, como yo, de los piropos que Woody Allen le regaló a Oviedo siglos más tarde: deliciosa, bella, limpia, agradable… Y es que nada queda de aquella ciudad de viviendas viejas y negruzcas que describió en el XIX. Ni tan siquiera su imagen desangelada y gris de los ochenta pervive. Ahora Oviedo es una pieza más de un hermoso puzzle llamado Asturias, un capricho para los que aprecian la tranquilidad que solo se da en las pequeñas ciudades, donde todo el mundo parece conocerse.
Qué ver en Oviedo: un paseo por el casco antiguo
Mi historia con la capital del Principado de Asturias no arranca como en la novela de Clarín cuando «la heroica ciudad» dormía la siesta. Más bien despertaba a una mañana de viernes bajo un cielo blanquecino. Solo tenía un puñado de horas para conocerla, así que encaminé mis pasos hacia el casco antiguo, hacia la antigua ciudad medieval antaño amurallada.
Allí me dio la bienvenida su vecina más universal, Ana Ozores, más conocida como La Regenta, perpetuada en forma de estatua delante de la casa que el escritor convirtió en su hogar. Aunque su frágil presencia contribuye a forjar la imagen de la Plaza de Alfonso II el Casto, la Catedral es la verdadera protagonista de este espacio delimitado por un conjunto de nobles edificios como el Palacio de Valdecarzana, la iglesia de San Tirso, el Palacio de la Rúa o la Casa de los Llanes.
Bajo su majestuosa estampa, coronada por una única torre de 80 metros que Clarín retrató como un «índice de piedra que señala al cielo», este templo, que el tiempo dotó de trazas románicas, góticas y barrocas, alberga en su interior la Cámara Santa donde se custodian reliquias de la cristiandad como el Santo Sudario, además de la Cruz de la Victoria y la Cruz de los Ángeles, símbolos de Asturias y Oviedo.
Al salir, una placa en el suelo me recuerda que estoy en un punto clave del Camino de Santiago. A principios del siglo IX, el rey astur Alfonso II inició desde esta Catedral de El Salvador la primera de las peregrinaciones a Compostela para venerar la tumba de Santiago El Mayor y fundar allí la primera basílica en su honor. Ya lo dice una antigua copla medieval: «Quien va a Santiago y no va a El Salvador, visita al vasallo y no al Señor».
En torno a la Catedral se arremolina la zona vieja que voy desgranando prácticamente en solitario. Son calles peatonales y empedradas que concentran la esencia de esta ciudad patrimonial, salpicadas de encantadoras plazoletas y más y más estatuas. Tantas que llegan al centenar haciendo de Oviedo un ecléctico museo de esculturas al aire libre. Como El regreso de Willams B. Arrensberg, un viajero recién llegado que detiene su paso en la Plaza Porlier para contemplar el Palacio de Camposagrado y la Universidad. O la Esperanza Caminando, una estudiante que custodia la entrada del Teatro Campoamor donde cada año se entregan los premios Príncipe de Asturias. En sus aledaños está la no exenta de polémica pero inevitablemente impactante obra de Eduardo Úrculo. Su nombre lo dice todo: Culis Monumentalibus.
Las bonitas fachadas modernistas y barrocas de la calle Cimadevilla me acompañan hasta la Plaza de la Constitución que parece diseñada para fortalecer la presencia del Ayuntamiento y la Iglesia de San Isidoro. En un lateral del consistorio veo los títulos que ostenta Oviedo: «Muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena». Honores de otra época vertidos a una ciudad que me seduce por momentos.
Sin darme cuenta me planto ante la estructura metálica del Mercado del Fontán. Oviedo por fin ha despertado y el pequeño rastro exterior empieza a tomar forma con puestos ambulantes de flores, ropa y todo tipo de cachivaches. En su interior, la vida transcurre tranquila. Apenas unos carritos de la compra cruzan los pasillos de este entrañable universo gastronómico. Sidra, quesos, pescados, fabes, compangos… Si quieres llevarte un trocito de Asturias a casa, éste es tu lugar. No me resisto a probar uno de sus dulces típicos, las casadiellas, deliciosas empanadillas rellenas de nuez, azúcar y anís que se deshacen en mi boca.
De allí me dirijo a otro de los rincones con más encanto de Oviedo, la Plaza del Fontán, la Plaza del Pan de Clarín o ese «ruedo de casucas corcovadas» que Ramón Pérez de Ayala plasmó en su novela Tigre Juan. Un espacio porticado, rodeado de casas tradicionales que aseguran los ovetenses encierra el alma de la ciudad entre aperitivos y sidras.
Como todavía es pronto para rendirme a la gastronomía local y mis piernas reclaman un alto en el camino, enfilo la comercial calle Uría rumbo al Campo de San Francisco. A la altura de Milicias Nacionales me encuentro con «un americano sorprendido en una ciudad que mezcla lo medieval y lo urbano». No son palabras mías sino de Santarúa, el escultor y pintor asturiano que dio forma a un paseante más, a un distraído y soñador Woody Allen que en su día también se fotografió junto a su hiperrealista alter ego de bronce.
Situado en pleno centro, el Campo de San Francisco es un remanso de 9 hectáreas poblado de tilos, arces, chopos y, cómo no, más estatuas, donde no faltan los estanques, el clásico templete de música y paseos con evocadores nombres como el paseo de los Curas o el del Bombé. Como curiosidad, a unos pasos de aquí creció el famoso Carbayón, un roble centenario que pasó a mejor vida con la expansión de la ciudad pero cuya memoria se perpetuó tras su tala dando origen al gentilicio popular de carbayones y, en su versión más dulce, a unos pasteles de almendra y yema bañados en azúcar.
Qué ver en Oviedo: el Bulevard de la Sidra
Visitar Oviedo y no dejarse caer por Gascona es un pecado que no se redime ni consiguiendo la Compostela. Y no es porque esté al lado del Camino Primitivo sino porque esta calle, conocida como el Bulevar de la Sidra, copa el récord de sidrerías por metro cuadrado de la ciudad. El Pigüeña, La Pumarada, El Ferroviario, Villaviciosa, La Noceda, Tierra Astur… Chigres para todos los gustos y bolsillos donde tomar unos culines de sidra, tapear o saborear algunos clásicos de la cocina asturiana entre ovetenses y foráneos. Como ya había probado el cachopo en Gijón, recargué baterías con la sempiterna fabada. Original que es una.
Qué ver en Oviedo: Santa María del Naranco y San Juan de Lillo
El reloj seguía apremiándome con sus imparables manecillas. Mi estancia tocaba a su fin y aún me faltaba por conocer uno de los motivos que me habían traído hasta aquí: el prerrománico asturiano que cobija el monte Naranco. Una carretera serpenteante me llevó hasta la ladera del guardián verde de Oviedo que me regaló una espectacular panorámica de la ciudad adornada o afeada, para gustos los colores, por la silueta del polémico legado de Santiago Calatrava, el Palacio de Congresos.
Como buena alumna en mis días de instituto, llevaba la lección aprendida. Sabía que iba a encontrarme con dos de las más depuradas y armónicas muestras de este estilo propio del reino cristiano de Asturias, Santa María del Naranco y San Juan de Lillo. Preguntar cuál me gustó más es casi tan absurdo como hacer escoger a un niño entre papá y mamá. La primera es una edificación civil, la segunda una iglesia, ambas Patrimonio de la Humanidad, ambas del siglo IX. La estructura perfectamente simétrica de Santa María y su sala superior flanqueada por dos miradores, la decoración escultórica y las pinturas murales de Lillo… No te preocupes si suspendiste historia del arte, tanto el Centro de Interpretación como las visitas guiadas te ayudarán a desentrañar la historia que encierran estos dos monumentos que por sí solos ya justifican una visita a Oviedo.
Visita que yo misma me he propuesto repetir. No tuve tiempo para acercarme a San Julián de los Prados, ni al Museo de Bellas Artes de Asturias, ni callejear tanto como hubiese querido, ni tan siquiera puede exprimir las noches de la capital. Eso sí, unas horas bastaron para quedarme prendada de esta ciudad, novelada como pocas, que se mueve entre el espíritu señorial de otras épocas y la Asturias del siglo XXI. Y ahora que ya sabes qué ver en Oviedo, ¿te animas a visitarla?
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Aviso para navegantes: Si quieres viajar a Oviedo como quien regresa a un lugar ya conocido y recorrerla a partir de los lugares que habitaron los personajes de La Regenta, te recomiendo que navegues por la Ruta Clariniana. Un itinerario virtual desarrollado por la Universidad de Oviedo con el que podrás descubrir Vetusta siguiendo la estela de Clarín.
Hace dos semanas tuve ocasión de asistir al XXX aniversario de Don Juan en Alcalá, larepresentaciónteatral al aire libre más multitudinaria de España. Esta fue, además, una edición muy especial ya que con motivo de su trigésima puesta en escena se recuperó el modelo inicial de Don Juan itinerante que vio la luz en 1984. Así, durante unas horas, el casco histórico de esta ciudad Patrimonio de la Humanidad se convirtió en un gran escenario al servicio de los versos de Zorrilla que congregó, como cada año, a miles de espectadores deseosos de revivir las andanzas del más atemporal de los galanes que nos ha regalado la literatura española, el Tenorio.
No me extraña que este espectáculo, catalogado de Interés Turístico Regional, se haya mantenido vivo a lo largo de tres décadas con un éxito de público innegable. A mí sencillamente me encantó y por eso he decido mostrarte cuanto aconteció en una de las noches más especiales de la agenda cultural y artística de Alcalá de Henares.
Siete escenas, tres escenarios y un reparto de lujo
Ya había caído la noche, cuando el clásico “Cuán gritan esos malditos” convirtió el quiosco de música de la Plaza de Cervantes en la Hostería del Laurel y la fachada del Círculo de Contribuyentes en la casa de Doña Ana de Pantoja. El Don Juan empezaba su andadura en Alcalá de Henares rodeado de una marea humana que no perdía ripio y arropaba la función con su silencio.
Tras finalizar los dos primeros actos, la trama se trasladó a la cercana Plaza de los Santos Niños. Allí, con los muros de la fachada lateral de la Catedral Magistral de fondo, se desarrollaron las escenas del convento y Doña Inés recibe la carta de Don Juan que la deja perdidamente enamorada.
El resto de escenas tuvieron lugar en la Huerta del Obispo que acogió los últimos actos de la obra: la quinta de Don Juan, la famosa escena del diván, el cementerio y la cena con el convidado de piedra. Imagina conmigo: el aire húmedo, la luna, el juego de sombras nocturnas, todo el público en silencio y el Tenorio clamando al cielo «¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?»
El efusivo aplauso que recibió toda la compañía al finalizar la representación fue más que merecido. Todos estuvieron soberbios y juntos nos hicieron vivir con intensidad las aventuras de Don Juan por las calles de esta ciudad cargada de reminiscencias literarias. Fernando Cayo, vestido de rojo infernal, fue un impecable Don Juan de la vieja escuela que encandiló con sus palabras a Marta Hazas, una dulce y comedida Doña Inés que brilló con luz propia. A su vera, Yolanda Arestegui como Brígida, Javivi Gil Valle como Ciutti, Ricardo Joven como Don Gonzalo de Ulloa, Arturo Querejeta como el Escultor y Javier Lara como Don Luis. Un elenco de lujo que los actores de la compañía alcalaína Tío Venancio se encargaron de completar.
La dirección, por segundo año consecutivo, corrió a cargo de Carlos Aladro que aprovechó los recursos arquitectónicos de Alcalá para aportar una atmósfera cinematográfica a su versión de este clásico.
30 años de Don Juan en Alcalá
Basta recorrer la historia de esta representación para comprender que pocos lugares pueden sentirse tan identificados con un personaje teatral como Alcalá de Henares con su Don Juan. Su idilio con esta ciudad empezó a principios de los 80, cuando el Ayuntamiento decidió rescatar del olvido una vieja tradición del teatro español: representar el Tenorio de Zorrilla en la festividad de Todos los Santos. Su primera versión, protagonizada por Juan Diego y María José Goyanes, fue un éxito de crítica y público, el adelanto de lo que sería la trayectoria de este evento cultural que desde el primer momento contó con actores locales como parte esencial de su reparto.
Tres décadas después, la obra de Zorrilla sigue viva en las calles de la ciudad de Cervantes y aunque el año que viene ya no sea itinerante y los escenarios vuelvan a concentrarse en la gran explanada de la Huerta del Obispo, a tenor de lo vivido, continuará siendo una cita muy esperada para los amantes del teatro. Las cifras de asistencia de su 30 aniversario hablan por sí solas: 32.000 espectadores solo en la noche del viernes.
Visitas teatralizadas Las Noches de Don Juan en Alcalá
Como complemento a estas representaciones oficiales, la ciudad ha puesto en marcha durante todos los fines de semana de noviembre Las Noches de Don Juan en Alcalá, un itinerario teatralizado que nos invita a conocer los rincones más bellos y románticos de Alcalá a través de diversos pasajes de la obra de Zorrilla que se escenifican en enclaves como la Capilla del Oidor, La Plaza de la Victoria, el Corral de la Sinagoga, San Felipe de Neri o la Plaza de las Bernardas. La cita es todos los viernes y sábados a las 18:30 y su duración aproximada es de dos horas y media. Precio: 6€ por persona (entrada gratuita para menores de 10 años). Estas rutas se complementan, además, con un amplia oferta hotelera y gastronómica presentando el justificante de la visita. Reservas: Oficina de Turismo Plaza de Cervantes. Tel. 91 889 26 94.
Informado quedas. Si te gusta el teatro y quieres conocer una de las ciudades más atractivas de la Comunidad de Madrid, Alcalá de Henares es tu próximo destino.
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