Visitar la Calzada del Gigante es un sueño para muchos viajeros. A continuación, te relato mi experiencia en uno de los paisajes más sugerentes e impresionantes del país, el único rincón de Irlanda del Norte declarado Patrimonio de la Humanidad.
Belfast (Irlanda del Norte). Hotel Park Inn. Siete de la mañana. Estoy harta de dar vueltas en la cama y de mirar la hora en el móvil de forma compulsiva. Decido levantarme. Corro la cortina y ahí está de nuevo el mismo horizonte plomizo de ayer acompañado de algo de lluvia. No importa. Ya he comprobado que en Irlanda el cielo cambia de color en cualquier momento, cuando menos lo esperas. Confirmo mi reserva: excursión a la Calzada del Gigante. Las mariposas revolotean ansiosas en mi estómago y aún faltan dos horas para que el autocar parta rumbo al Condado de Antrim.
Cuando llego al punto de encuentro, veo en las caras de mis compañeros de viaje, en su mayoría alemanes y japoneses, un reflejo de la mía. Se diría que están cansados y somnolientos si no fuera por la ilusión que irradian sus ojos, el preludio de que algo grande está por llegar.
Sin darme cuenta, Belfast va quedando atrás y la carretera empieza a fundirse con el mar atravesando encantadores pueblos costeros salpicados de restos medievales como Larne, Ballygalley, Glenarm, Cushendall, Ballycastle… No me extraña que la ruta costera de la Calzada esté considerada como una de las cinco mejores excursiones en coche del mundo. Es una maravilla y cualquier adjetivo se queda corto ante tanta belleza. Cada curva es una sorpresa en un paisaje cambiante que va del verde de los valles glaciares (los glens de Antrim) al azul del mar de Irlanda con Escocia de fondo.
El camino continúa y, tras una parada en el puente colgante de Carrick-a-Rede, el autobús se detiene en el aparcamiento del Centro de Visitantes. El guía nos explica que hay cuatro rutas para recorrer la Calzada clasificadas por colores según su dificultad. Como el cielo parece que se vaya a desplomar en cualquier momento, decido apostar por el camino azul, una pista asfaltada que en menos de un kilómetro lleva hasta el corazón de esta joya que la naturaleza decidió regalar a Irlanda.
Visitar la Calzada del Gigante – Giant’s Causeway
Pongo en marcha la audioguía y me sorprendo al escuchar quién responde al otro lado. Es el mismísimo gigante Finn McCool a quien la leyenda atribuye el origen de la Calzada. No podría ser de otro modo en un rincón tan lleno de magia.
Finn me cuenta que en la vecina orilla de Escocia había otro gigante llamado Benandonner que siempre desafiaba su fuerza y su poder. Un buen día, harto de tantos insultos, empezó a lanzar al mar las enormes piedras de su costa hasta formar un camino que le permitiera cruzar al otro lado y ver con quién se estaba midiendo. Para su sorpresa, al acercarse vio que su rival era mucho más grande que él así que corrió a refugiarse en su casa consciente de que Benandonner no tardaría en aparecer. Necesitaba urdir una treta para confundirlo y su mujer, Oonagh, halló la solución: vestirle de bebé y meterlo en la cuna de uno de sus hijos. Cuando su enemigo llegó, Oonagh le presentó a su «hijito» y al verlo el escocés pensó que si el bebé tenía ese tamaño, el padre debía de ser enorme. Su reacción fue la que esperaban: huyó despavorido destrozando y hundiendo a su paso la Calzada para que Finn no pueda seguirle.
Tras conocer los avatares de Finn con el gigante escocés, detengo la locución para centrarme en el paisaje que me rodea. A medida que mis pasos avanzan bordeando la bahía de Portnaboe, empiezo a sentir la fuerza del salvaje Atlántico Norte. Hace frío, el viento golpea mi cara y las olas baten con fuerza contra las rocas de los acantilados.
CONSEJO VIAJERO → Si tu nivel de inglés no es muy alto y no quieres complicarte, te recomiendo que contrates esta excursión de un día en español. Está muy bien valorada por los viajeros que ya la han realizado y, además de visitar la Calzada del Gigante, conocerás la ruta costera de Antrim, y Belfast, la atractiva capital de Irlanda del Norte.
En uno de ellos veo a Humphrey, el camello de Finn, más adelante a su abuela coronado una cima, su órgano… Mientras el cielo juega conmigo regalándome algún minuto de sol, me muevo entre la ciencia y la fantasía por el que sin duda es uno de los rincones más sobrecogedores que han visto mis ojos.
Esta sensación de estar en un lugar que no parece de este mundo se magnifica cuando llego al epicentro de la Calzada. Una maravilla geológica formada por más de 40.000 columnas de basalto que surgió hace 60 millones de años como resultado de una intensa actividad geológica y volcánica. Un capricho nacido tras el enfriamiento de los sucesivos flujos de lava que me deja sin habla, perpleja ante estas formas hexagonales que se deslizan hacia el océano como si fueran peldaños que desaparecen en el horizonte. Pura magia.
Dicen los expertos que el mejor momento de la Calzada son las últimas dos horas de sol, sobre todo en primavera y otoño, cuando llega de lado y tiñe las columnas de un precioso color dorado. Veo a muchos con trípode tratando de convertir el fuerte oleaje en una fina capa de seda que cubre y descubre las piedras a su antojo. ¿Lo intento? No. Ya se han tomado miles de fotos espectaculares de la Calzada. Prefiero aprovechar el tiempo captando su belleza en mi retina. He venido en busca de sensaciones, no de fotos para enmarcar. Es más, ni siquiera trato de hallar un encuadre solitario. Prefiero que aparezca gente en mis fotografías. Viajeros que, como yo, han recorrido miles de kilómetros para contemplar este prodigio de la naturaleza que nos habla del pasado más ancestral de la Tierra.
Tras el gran impacto inicial que supone enfrentarme a la Calzada, el subidón de adrenalina se atenúa y empiezo a ser consciente de que verdaderamente estoy allí. Que son mis pies los que están posados en esta tierra de gigantes. Es entonces cuando decido interactuar con ella. Contemplo las columnas de cerca, las subo y bajo cien veces, meto mi mano en las pequeñas pozas que la erosión ha formado sobre algunas de ellas… Me siento como una niña con zapatos nuevos que se divierte retratando a otros turistas, intercambiando sonrisas y frases de cortesía en diferentes idiomas. Y es que este lugar fue creado para hacer feliz a quien lo visite. Tan claro como suena.
Los más románticos, como yo, sentirán la presencia de Finn a cada paso. El resto probablemente piense que al único gigante que hay que temer es al Atlántico, ese bravo océano que envía olas que rompen con furia sobre las piedras.
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Miro el reloj. Falta una hora para que termine la excusión y emprendo con tristeza el camino de vuelta. De nuevo por la costa. Quiero seguir sintiendo cerca el océano, el frío en mi rostro, el viento que te impide avanzar. Así llego al centro de visitantes donde entro en calor recorriendo sus espacios expositivos y viendo un audiovisual protagonizado por Finn. Compro un imán para mi nevera viajera y me dirijo al punto de encuentro. Antes de subir al autocar, me doy la vuelta y me despido de este lugar que me ha calado tan hondo con un it has been a pleasure, Finn McCool.
Información práctica para visitar La Calzada del Gigante
Ubicación: 40 Causeway Road, BT57 8SU Bushmills (Condado de Antrim).
Cómo llegar a La Calzada del Gigante
Por carretera: La Calzada del Gigante está situada a 3 km de Bushmills. Desde Belfast se tarda en llegar una hora y media aproximadamente, y desde Dublín, algo menos de 4 horas. Si lo prefieres, puedes contratar, como hice yo, una excursión organizada desde Belfast o desde Dublín. Hay muchas agencias online que ofertan este tour.
Tren: Hay un servicio regular desde Belfast o Londonderry a Coleraine. Desde allí puedes coger el autobús Ulsterbus Service 172.
Consulta la web de National Trust para conocer el resto de opciones para llegar a la Calzada.
Precio de las entradas de la Calzada del Gigante (compra online)
Adultos: 11 libras.
Menores de 5 años: Gratis
Niños: 5.50 libras.
Familias (2 adultos y hasta 3 niños menores 17 años): 25.50 libras
Estas tarifas incluyen la entrada al Centro de Visitantes, un tour guiado en inglés o audioguía, un folleto informativo y el aparcamiento. Puedes comprar tus entradas en la web de la Calzada del Gigante.
Para bajar a la Calzada hay un autocar lanzadera que parte del centro de visitantes. Tiene un coste adicional de 1 libra.
Horarios para visitar la Calzada del Gigante:
Marzo, abril, mayo y octubre → 9 -18h
Junio, julio, agosto, septiembre → 9 – 19h
Enero, febrero, noviembre y diciembre → 9 – 17h
24, 25 y 26 diciembre → Cerrado
La última admisión al Centro de visitantes es una hora antes del cierre.
¿Qué ropa llevar?
El clima de la costa norte suele cambiar constantemente así que conviene ir preparado. Lleva algo de abrigo y un impermeable para protegerte del fuerte viento y la lluvia, y calzado adecuado para caminar sobre las columnas sin peligro de resbalar.
No viajes sin seguro a Irlanda del Norte
Tu tranquilidad es lo primero, así que, aunque viajes dentro de Europa, no olvides contratar un buen seguro de viajes que te ayudará a resolver cualquier incidente que puedas tener durante tus vacaciones. No lo dudes, haz como yo y contrata un seguro de viajes con Chapka. Además, si lo contratas a través de mi web, obtendrás un 7% de descuento usando el código OBJETIVOVIAJAR. No lo dudes, contrata aquí tu seguro de viajes y disfruta de una aventura asegurada.
¿Una ruta de pubs como pistoletazo de salida para hablar de Dublín? ¿Por qué no? No se me ocurre mejor forma para empezar a conocer una de las ciudades más potentes que han pisado mis pies hasta la fecha. Los pubs son el patio de recreo de los dublineses, el apellido no oficial más conocido de la capital de la República de Irlanda, la ventana que nos permite asomarnos a su esencia, a su pasado y a su presente.
Dicen que hay más de 1000 a ambos lados del río Liffey, como también hay mil formas de acercarte a ellos. Puedes ir en busca de sus mejores plumas y seguir la huella de poetas, dramaturgos y novelistas como James Joyce, Jonathan Swift, Bram Stoker o Oliver St John Gogarty, decantarte por los de estilo victoriano, por los más modernos, por el que mejor carta de cervezas o irish whiskeys ostenta, por auténticos templos del deporte… La oferta es tan abrumadora como atractiva. Ya lo decía Leopold Bloom, el protagonista del Ulises de Joyce, cruzar Dublín sin pasar frente a una barra sería un buen rompecabezas.
Una de las mil barras de Dublín
Rompecabezas que espero ayudarte a completar con este listado de sugerencias que resumen mis días de inmersión en la cultura de los pubs. Esos laberínticos lugares escasamente iluminados donde los dublineses tienen su cuartel general generación tras generación. Donde las alegrías, más que las penas, se multiplican entre pintas y joyas del cancionero tradicional. Donde las puertas siempre están abiertas para que entres y te contagies de buenas vibraciones made in Ireland.
Consejos y sugerencias para disfrutar de los pubs de Dublín
¿Un consejo? Haz como yo ya y apréndete la más tradicional de sus baladas. Esa que el tiempo ha convertido en el himno más cantado y que narra la historia de la vendedora de pescado más famosa del lugar, Molly Malone. Si ya de por sí es fácil ganarse a los irlandeses, si te ven tarareándola pasarás a ser uno de los suyos. «Alive, alive, oh. Alive, alive, oh…»
Tampoco te preocupes si vas solo. Los dublineses, al igual que el resto de habitantes de este capricho bien llamado Isla Esmeralda, son tan amables y divertidos como los pintan. Pese a su proximidad, la flema británica no les ha alcanzado, y a sociables, socarrones y locuaces, no les gana nadie. Antes de que te sirvan tu trago ya serás un devoto más de la parroquia. Los carteles no mienten: «Enter as Strangers… Leave as Friends«.
Mi favorito, The Cobblestone
¿Qué día es el mejor para salir?
De lunes a domingo, escoge. Las tardes-noches de Dublín no entienden de calendarios aunque sí de horarios. A partir de las dos muchos locales echan el cierre y, si quieres continuar exprimiendo la noche, tocará tirar de discotecas.
¿Y esos escotes, minifaldas y tacones con el biruji que sopla y encima lloviendo? La prueba de que estás frente a una dublinesa de pro. Sus genes están programados para convivir con la lluvia y unas cuantas gotas o el más feroz de los chaparrones no van a alteran su vestuario para bajar al pub. Si vas en otoño, como yo, distinguirás al resto de mortales por el abrigo, las orejeras y, si me apuras, los guantes.
Un apunte más antes de entrar en materia. Por mucho que tengas asociada la imagen de un pub irlandés con una Guinness en la mano, no olvides que hay muchas más opciones. Es la reina indiscutible, pero no la única stout en un país cuya media está en algo más de 100 litros por persona al año. Dale una oportunidad a una Murphy’s -más liviana y dulce- o a una Beamish. Si te van las lager, pide una Harp y si lo tuyo son las ale, una Kilkenny o una Smithwick’s. En la variedad está el gusto. Y aún a riesgo de parecer un anuncio de la DGT, no bebas como si no hubiera mañana o acabarás cantando Seven Drunken Nights antes de tiempo. Dicho esto, comenzamos esta ruta por los pubs de Dublín.
Los mejores pubs en la zona del Temple Bar
El barrio del Temple Bar es el alma de Dublín. Lo ha sido siempre. Prueba de ello es que los vikingos ya se establecieron en esta zona en el 795 d. C. Unos cuantos siglos más tarde, en el XVII, el diplomático Sir William Temple construyó una gran mansión con jardines en la calle que hoy se llama Temple Bar. En aquellos días, la casa de Sir William y el río Liffey estaban conectados por un bar -un camino de arena. De ahí que finalmente se adoptara el nombre de Temple Bar.
Callejeando por el Temple Bar
Hoy en día, este puñado de travesías y callejones adoquinados que discurre entre el Liffey y Dame Street es el corazón cultural de la ciudad. Galerías, teatros, centros como el Meeting House Square, boutiques, cafés, mercados al aire libre… Todo tiene cabida en este barrio que al caer el sol acoge en su seno la vida nocturna de la capital. Gentes que van de pub en pub mientras en las calles los músicos sin local se dejan el alma para que la fiesta no pare.
Y es que la música en Dublín suena en cualquier rincón y cuando menos lo esperas te topas con un busker que te deja con la boca abierta. No podría ser de otro modo en el único país del mundo que tiene un instrumento musical, el arpa, como símbolo nacional.
SUGERENCIA VIAJERA → Si quieres, puedes realizar un tour nocturno en español por el Temple Bar con cata de cervezas para descubrir los mejores pubs de Dublín y conocer sus historias y leyendas. Las opiniones de los que han hecho este tour son muy buenas así que informado quedas.
Aviso para navegantes: Si recalas en el Temple Bar un sábado, acércate a alguno de sus tres mercados: para foodies, el Temple Bar Food Market (Meeting House Square), para encontrar libros de segunda mano y ediciones descatalogadas, el Temple Bar Book Market (Temple Bar Square), y para los amantes de la artesanía y la ropa vintage, el Designer Mart (Cow’s Lane).
The Palace Bar
Empezamos este recorrido por los pubs de Dublín en uno de los refugios literarios más importantes de la capital, The Palace Bar. Esta pequeña guarida para intelectuales abrió sus puertas en 1823 y su preciosa decoración se ha mantenido intacta desde aquellos lejanos días. Una época en la que lo frecuentaban escritores como Flann O’Brien, Brendan Behan y Paddy Kavanagh.
The Palace Bar
Hoy su parroquia está formada por gentes de negocios, estudiantes de la vecina Trinity College y por los que buscan un ambiente íntimo para conversar. Si consigues acomodarte en su snug (reservado), sentirás el peso de la historia sobre tus hombros mientras te vuelves loco repasando su carta: más de cien tipos de whiskeys, entre ellos uno de producción propia, y una amplia selección de cervezas irlandesas artesanales. Fíjate en la farola de la puerta. A sus pies unas placas de bronce rinden homenaje a algunos de sus clientes más ilustres (21 Fleet Street).
Oliver St. John Gogarty
Otra referencia imprescindible en los llamados pubs literarios de Dublín pero en un ambiente mucho más festivo y bullicioso. Es cierto que su nombre homenajea al poeta y novelista Oliver St. John Gogarty y que allí está vigilando lo que se cuece a su alrededor pero su presencia se diluye entre la multitud que lo abarrota a todas horas y que se muestra más dispuesta a pasar un buen rato que a descubrir su legado.
Pub Oliver St. John Gogarty
Estatua de Oliver St. John Gogarty
A pesar de que muchos opinan que en la zona de Temple no se come demasiado bien, los menús del Gogarty dan la talla. Los platos son abundantes y los precios no son nada desorbitados para una ciudad como Dublín. Dos ejemplos: traditional irish stew (estofado irlandés) 12.95€ y farmhouse mixed grill (parrillada de carne) 15.95€. ¿Lo mejor? Cada día a partir de las 14:30 y hasta las 2 hay sesiones de música tradicional irlandesa. Tal vez te pase como a mí y la comida se te enfríe mientras palmeas tus manos siguiendo el ritmo de la banda de turno. En resumen, un sí o sí del Temple que además cuenta con una agradable zona de fumadores (58 Fleet Street).
Traditional irish stew en el Oliver St. John Gogarty
Farmhouse mixed grill
Acceso zona de fumadores
The Temple Bar
Hablar del Temple Bar es hablar de un clásico con mayúsculas que siempre está presente en cualquier escapada a Dublín. Es el más buscado por los turistas y su fachada sobrevive a más selfies que cualquier otro rincón de la ciudad.
The Temple Bar, todo un único de los pubs de Dublín
Muchos entran, echan un vistazo y se dan la vuelta. Pero, si consigues un hueco para tomarte una pinta, comprobarás su magia. Y también por qué este pub ha ganado el premio Irish Music Pub of the Year desde el 2002 hasta el 2012. Por su escenario pasan una media de cuatro bandas cada día.
Músicos en The Temple Bar
Yo no lo hice, pero por lo visto, aquí es obligado tomar ostras frescas de la bahía de Galway, ya sea en su versión clásica o con tabasco (Bloody Mary oysters).
Por cierto, si vas antes de las 6, con suerte podrás ver todo el local. A partir de esa hora ni lo intentes porque se pone hasta la bandera. ¿Lo que más me gustó además del ambientazo? Su coqueto jardín de la cerveza (47-48 Temple Bar).
Bad Bobs
Aunque no suele aparecer en el top ten de pubs dublineses, guardo muy buen recuerdo del Bad Bobs. Tal vez sea porque fue el primero que pisé durante una parada del tour gratuito que realicé con el equipo de SANDEMANs New Dublin recién aterrizada. una forma excelente para empezar a tomarle el pulso a la ciudad recorriendo a pie el centro.
Bad Bobs
Respecto al pub, es una casa victoriana de cinco plantas llena de barras en las que catar, por ejemplo, una Harp. Por lo demás, decoración al más puro estilo irlandés y buena música a todas horas (35- 37 Essex Street East).
Una Harp en Bad Bobs
O’Neill’s
En pie desde hace más de 300 años, O’Neill’s es todo lo que se espera cuando uno imagina un irish pub. Música todos los días, público local, personal atento, preciosos snugs, un fish and chips delicioso y pantallas de televisión para las que citas deportivas.
O’Neill’s
Pasarás ante su fachada una y mil veces porque está muy cerca del Trinity College y de la oficina de turismo de Irlanda (Dublin Discover Ireland Centre) donde se halla la siempre concurrida estatua de Molly Mallone (2 Suffolk Street).
Una Guinness en O’Neill’s
No name bar
Alejarse un poco más de lo que es estrictamente el barrio del Temple Bar, solo un par de travesías, tiene sus recompensas. Una de ellas es encontrarte con este secreto a voces en forma de pub. Te hablo del No name bar, del Secret Bar, del Bar With No Name, o como demonios quieran llamar a este local que se esconde tras las empinadas escaleras del nº 3 de Fade Street. Si sigues la pista del caracol que cuelga de su fachada, encontrarás un bar muy animado, famoso por sus brunchs, sus mojitos y sus caipiriñas. Todo muy chic y a precios razonables. Una pinta de Guinnes, 4,50€ (3 Fade Street).
No name bar
The Hairy Lemon
Si vas buscando una cena tradicional en un ambiente informal y muy de moda, el Hairy Lemon es tu pub. El pan de ajo con queso Cheddar (5,95€) y su plato de mar compuesto por mejillones, calamares, ensalada y patatas (17,95€) son excelentes. Como suele ser habitual en mí, no llegué al capítulo de los postres pero te puedo asegurar que tenían un pinta fantástica. El comedor, situado en la planta baja, al lado del bar, es pequeñito pero muy acogedor. Y sí, lo reconozco. Si me dejé caer por allí fue porque me hacía ilusión ver uno de los escenarios en los que se rodó The Commitments. Cinéfila que es una. ¿Un imprescindible de esta ruta por los pubs de Dublín? Para mí, sí. (41-42 Stephen Street Lower).
The Hairy Lemon
Los mejores pubs de Dublín al norte del río Liffey
Aunque parezca mentira, la vida continúa más allá del Liffey, esa espina dorsal en forma de río que atraviesa Dublín antes de desembocar en la bahía y perderse en las aguas del mar de Irlanda. De todos sus puentes, mi favorito es el Ha’penny Bridge. Es uno de los más fotografiados de la ciudad y su nombre recuerda el peaje de medio penique que se debía pagar por cruzarlo.
Puente Ha’penny Bridge
Este puente conecta los dominios del Temple Bar con la zona norte de Dublín. Más humilde y obrera que el sur según te vas alejando de sus calles más comerciales. O’Connell, Henry, Mary Street, Talbot Street…
The Grand Social
Si cruzas este puente, encontrarás The Grand Social, un club multiusos en el que según cuentan se organizan los mejores conciertos de bandas emergentes de Dublín. Yo no pude asistir a ninguno pero sí disfrute de su Parlou, un acogedor e íntimo espacio situado a pie de calle. En esta meca de la música en directo también tienen cabida mercadillos, charlas y la mejor música electrónica en The Ballroom (35 Lower Liffey Street).
The Grand Social
The Church
¿Una iglesia reconvertida en pub, restaurante y night club? Así es. Antes atendía al nombre de St. Mary’s Church y ahora simplemente es The Church, el lugar perfecto para tomarte, por ejemplo, una Clonmel 1650 mientras te fijas en cada uno de los detalles que te rodean. Iconos como el órgano en el que solía practicar Händel antes de estrenar El Mesías en Dublín o un busto de Arthur Guinness que recuerda que se casó aquí en 1761. Eso sí, las pintas no bajan de 6€. No es para repetir pero sí para darle una oportunidad (Junction of Mary St & Jervis St).
The Church
The Church, un pub dentro de una iglesia
Un pub imprescindible: The Cobblestone
He dejado para el final el que es mi local preferido de esta ruta por los pubs de Dublín. Ese al que hubiera vuelto todas las noches si mi apretada agenda no lo hubiese impedido. Ese que de verdad te cala y que consigue que te sientas una parroquiana más. Es uno de los más viejos de la ciudad y más auténticos. Además, está menos contaminado por el turismo ya que su alejada situación hace que muchos no se molesten en conocerlo. Gran error.
Es Irlanda en estado puro concentrada en paredes llenas de historia de las que cuelgan cientos de fotos de los músicos que recalaron en su día en este local de la zona de Smithfield: Baby Gramps, Gavin Glass, Michael Hurley and The Foghorn Stringband…
The Cobblestone
Folk, country y bluegrass los siete días de la semana, estupendas cervezas, clases de baile y ambiente muy genuino (77 North King Street, Smithfield).
Y hasta aquí esta pequeña ruta por los pubs de Dublín. Muchos otros, como The Brazen Head, O’Donoghue’s, The International o The Duke cayeron de la lista inicial por falta de tiempo. Como es una espinita que no quiero que se enquiste, será cuestión de volver pronto.
Además, he regresado de Dublín con la sensación de que he visto mucho, pero vivido poco. Un síntoma más de que mi alma viajera se ha quedado con ganas de más. En cualquier caso: Sláinte!
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Las mejores excursiones en Dublín y alrededores en español
Durante tu escapada a Irlanda, aprovecha para realizar alguna de estas actividades en Dublín y alrededores con guías que hablan español. Los viajeros que las han contratado les dan muy buena nota:
Tour por los escenarios de Juego de Tronos → Con esta excursión desde Dublín descubrirás los escenarios reales de Irlanda del Norte donde se rodó la serie Juego de Tronos: el Bosque Encantado, Invernalia y la morada de los Stark, la abadía de Inch… Excursión a los impresionantes Acantilados de Moher y Galway → No podrás decir que has estado en Irlanda si no visitas uno de los paisajes más impresionantes del país y, de paso, conoces Galway, una de mis ciudades favoritas. Belfast y Museo del Titanic + Calzada del Gigante → Viaja a Belfast para conocer el Titanic Belfast, los murales y la Calzada del Gigante. Reserva esta excursión imprescindible y que no te lo cuenten.
Si hace unos meses te proponía conocer el Yacimiento Arqueológico de Numancia, ahora te invito a descubrir Segóbriga, una de las ciudades romanas mejor conservadas del occidente del Imperio Romano y el conjunto arqueológico más importante del centro peninsular. Para ello nos desplazaremos hasta tierras manchegas, concretamente al municipio conquense de Saelices en cuyas inmediaciones se encuentra el Parque Arqueológico de Segóbriga.
Allí nos esperan los restos de una ciudad romana enmarcados en un paisaje que apenas ha sufrido cambios significativos desde aquellos días y que hace más atractiva aún si cabe su visita.
Viajar a Roma en la meseta manchega
Antes de iniciar el recorrido por el recinto arqueológico, pongámonos en situación con unos breves apuntes históricos. Inicialmente, Segóbriga fue un castro celtibérico que tras la conquista de Roma, a principios del siglo II a.C, pasó a ser un oppidum o ciudad celtibérica. Ya en tiempos de Augusto, Segóbriga dejó atrás su condición de ciudad estipendaria para convertirse en municipium. Su nuevo privilegiado estatus, similar al de las colonias romanas, se debió a su estratégica situación como cruce de caminos y, sobre todo, a la explotación y venta de lapis specularis, un yeso traslúcido muy apreciado en el Imperio que se utilizaba para cerrar las ventanas y adornar los suelos. Segóbriga se encargó de administrar todas las minas existentes en su territorio y la bonanza económica que vivió la ciudad propició la construcción de sus monumentos más significativos.
Con el descubrimiento del vidrio, la comercialización de lapis specularis dejó de ser rentable y en el siglo II d.C. empezó el declive de la ciudad que se agudizó con la crisis general que vivió el Imperio a partir del siglo III. Aunque en la época visigoda todavía era una ciudad importante, con obispos que acudían a los concilios de Toledo, con la invasión islámica la élite dirigente y adinerada abandonó Segóbriga. Tras la Reconquista, el resto de la población se desplazó al actual pueblo de Saelices y el lugar pasó a denominarse Cabeza de Griego. Así, la antaño esplendorosa ciudad romana quedó reducida a una pequeña población rural dependiente de la villa de Uclés. Sus monumentos, ya abandonados y reconvertidos para otros usos, sirvieron de cantera para los pueblos de alrededor y, principalmente, para construir el cercano Monasterio de Uclés.
Por suerte, buena parte del pasado de Segóbriga sigue presente en este rincón de Cuenca para permitirnos realizar un viaje en el tiempo que nos traslada hasta los primeros siglos de nuestra era, cuando esta ciudad era una de las poblaciones más grandes y pujantes de la Meseta.
Recorrido por el recinto arqueológico
Para obtener una visión global de lo que fue Segóbriga en la antigüedad y situar históricamente los restos que integran este Parque Arqueológico, lo mejor es iniciar la visita en el Centro de Interpretación. Este edificio, inspirado en una vivienda romana, cuenta con un mueso con piezas escultóricas halladas en las diferentes excavaciones y con una sala de audiovisuales en la que se proyecta un documental que fusiona imágenes reales del yacimiento con animaciones en 3D de la ciudad, el teatro y las termas monumentales. A partir de aquí se puede realizar el recorrido por libre -con audioguías o siguiendo los paneles informativos- o bien concertando una visita guiada.
Los primeros restos que encontramos pertenecen al acueducto que abastecía a la ciudad con el agua que llegaba desde Saelices a través de una conducción de hormigón en cuyo interior estaba emplazado el canal. Muy cerca se hallan las necrópolis que, como en todas las ciudades romanas, se situaban a extramuros, junto a las vías que entraban y salían de la ciudad. Seguir las directrices del Imperio era fundamental y por ello se tuvo que rebajar el terreno del cerro donde se situó Segóbriga para adecuar el entorno a una ciudad clásica romana.
Nuestra siguiente parada nos lleva hasta los dos monumentos más importantes y representativos de Segóbriga, el teatro y el anfiteatro, situados a ambos lados de la vía que daba acceso a la ciudad. La estructura del teatro, a pesar de ser mucho más pequeño que el resto de teatros del Imperio, se ajustaba al canon de la época. Su buen estado de conservación nos permite distinguir el graderío, que se dividía en tres partes para acomodar a los espectadores en función de su categoría social, la orchestra, el tablado y la escena monumental decorada con columnas.
Aprovechando el desnivel del terreno, enfrente del teatro se levantó el anfiteatro donde se realizaban los combates de gladiadores y la lucha de hombres con fieras. Sus dimensiones, 75 metros de largo y 66 de ancho, nos dan una idea de lo majestuoso que debió ser en su día este edificio destinado al ocio que debió albergar a más de 5000 espectadores.
Siguiendo el recorrido se llega hasta la puerta principal de acceso a la ciudad que estuvo rodeada por una muralla de más de un kilómetro. A partir de aquí encontramos un gran conjunto de construcciones públicas en las que se desarrollaba la vida política y social de Segóbriga. La más importante es el foro, levantado en época de Augusto y situado al este de la calle principal o kardo maximus. Su construcción fue costeada por las clases más pudientes que colocaron pedestales de estatua con sus nombres y cargos para perpetuar su memoria. En todo el perímetro del foro debió haber muchos más pedestales de los que se ven actualmente que sostuvieron estatuas dedicadas a benefactores de la ciudad, a los magistrados y a los políticos vinculados con Segóbriga.
Otra de las construcciones públicas que podemos ver son los restos de las termas monumentales que se levantaron a finales del siglo I d. C. en la parte alta de la ciudad y que estaban destinadas al baño, al esparcimiento y como lugar de reunión. La cabecera de la zona del tepidarium tenía forma de ábside y probablemente por ello tras la reconquista pasó a ser una iglesia. Junto a las termas se encuentra la vivienda de Caio Julio Silvano, un funcionario imperial que controlaba la explotación minera en el territorio de Segóbriga.
El recorrido por el Parque Arqueológico se completa con la visita a las llamadas termas del teatro, al aula basilical -lugar de reunión y negocios- y al espacio en el que en su día estuvo situado el circo donde se desarrollaban las carreras de carros tiradas por caballos, el espectáculo favorito de la plebe.
INFORMACIÓN PRÁCTICA
Dirección: Ctra. Carrascosa de Campo a Villamayor de Santiago, s/n (CM 310). E-16430 Saelices (Cuenca). Distancia desde Cuenca: 85 km. Desde Madrid: 100 km.
Horario de visita:
Horario de invierno (octubre-marzo): Martes a domingo, de 10:00 a 15:00h y de 16:00 a 18:00 h.
Horario de verano (abril-septiembre): Martes a domingo, de 10:00 a 15:00 h y de 16:00 a 19:30 h.
* El acceso al Parque deberá realizarse 45 minutos antes del cierre.
Tarifas: General: 5 €. Reducida: 2,5 € (carné joven, carné de estudiante y grupos de más de 15 personas con reserva previa). Mínima: 1 € (niños de 6 a 11 años, jubilados, pensionistas y desempleados). Gratuita: niños menores de 6 años.
Nota: La visita al Parque Arqueológico de Segóbriga formó parte del blogtrip #temerecesunrespiro organizado por el Complejo Enoturístico Finca La Estacada.
Cuando Marta de La Mochila de Mamá me lanzó el reto de hacer una lista con 9 cosas que no sé hacer -una especie de cadena que corre entre el mundillo de los bloggers de viaje y que ella ya había completado-, lo primero que pensé es que sería más fácil y breve enumerar 9 cosas que creo sí sé hacer antes que catalogar todas la que no. En cualquier caso, no voy a ser yo quien cambie las reglas del juego y aquí va mi pequeño striptease personal con las virtudes que la madre naturaleza ha decidido negarme en el día a día y a la hora de viajar. Por algo será…
1. Conducir
No sé. Por algún sitio tengo una tarjeta plastificada -con la foto de una tipa que no conozco- que asegura que en su día sí supe. Se equivoca. No he sabido nunca y las pocas veces que me he puesto al volante me he sentido como el enemigo público número 1. Pegada al cristal y más tensa que un click de Famobil. Si mis compañeras de Facultad hablasen… Lo más curioso de todo es que no lo hago porque tema lastimarme. No. Lo que me da pavor es que mi ineptitud en esta materia me lleve a provocar un accidente que dañe al pobre infeliz que se cruce en mi camino. Eso sí, a optimista no me gana nadie. Después de que mi padre se dejara un dineral para que me sacase el carné en mis lejanos 18 -la práctica a la 4ª, ahí lo dejo-, al llegar a Madrid se me ocurrió la «brillante» idea de volver a intentarlo y me zampé 40 prácticas más. Menuda inversión. No avancé ni de Famobil a Playmobil. Sigo en las mismas. En mi defensa: como copiloto no tengo precio. Si no me duermo, claro.
2. Esquiar
Ignoro cómo se me daría porque nunca lo he intentado a pesar de tener buenos amigos que trabajan como profesores en las estaciones turolenses de Javalambre y Valdelinares. Últimamente reconozco que me ha entrado el gusanillo por aprender pero me frena una de mis grandes lacras: nací torpe y moriré torpe. Vamos, que a priori, me veo más haciendo la fotosíntesis en el bar con una coca cola en la mano y disfrutando del paisaje que deslizándome como una grácil gacela por las pistas.
3. Ser ordenada
También llegué tarde al reparto del concepto orden y lo reconozco, vivo dentro del caos organizado. Prueba de ello es mi zona de trabajo. Tal vez no recuerde de qué color es mi mesa porque una montaña de papeles, folletos y notas la sepultan, pero sé exactamente dónde tengo todo lo que necesito. Tú ni lo intentes. Pregunta antes y, sobre todo, no se te ocurra tocar nada. Podrías romper mi ecosistema y las consecuencias serían devastadoras. Tampoco me regales nunca una agenda. Otros antes que tú han tratado de canalizar mi desorden y han fracasado. Soy la reina del pósit. Manía asociada: antes de salir de viaje, dejo mi escritorio como una patena. Consigue que me sienta mejor a la vuelta. Cinco minutos, claro. Un placer breve pero intenso.
4. Tirar recuerdos viajeros
Al hilo de mi defectillo anterior, soy incapaz de tirar el material que acumulo antes y durante un viaje. Lo intento pero, como diría el Vizconde de Valmont, «no puedo evitarlo». De vez en cuando trato de hacer limpieza pero es inútil. Solo consigo aumentar el desorden y la papelera continúa tan vacía como al principio. Itinerarios, tarjetas de embarque, resguardos de maletas, cuentas de restaurantes, entradas… Es uno de mis talones de Aquiles, mi particular síndrome de Diógenes viajero.
5. Dormir plácidamente la noche antes de viajar
Nunca lo he conseguido y a estas alturas de la película ni lo intento. La noche antes de viajar es una pesadilla que me acompaña desde que me enviaron a mis primeros campamentos (4 añitos, precoz que es una). Retraso al máximo el momento de tumbarme con excusas tan fundamentales como quitar el polvo, intercambiar tuits con otro insomne o volver a mirar el tiempo que va a hacer donde quiera que vaya a viajar. Ya en la cama sigo siendo un manojo de nervios pero en versión horizontal. Doy mil vueltas, cambio de postura, pienso que la habitación necesita una buena mano de pintura, repaso mentalmente el itinerario, ¿me dejo algo?… Eso sí, espero que nunca llegue el día en que deje de sentir esas maravillosas mariposas en el estómago porque significará que he roto el cordón umbilical que me une a la maleta, o lo que es lo mismo, significará que he dejado de ser yo. Aviso para futuros compañeros de viaje: si no me conoces en persona, no te preocupes, me reconocerás por los ojos de panda que luciré en el meeting point.
6.Dejar de revisar toda la documentación antes de partir
Una de las cosas que me impiden conciliar el sueño la noche de autos es que no soy capaz de dejar de revisar toda la documentación para ver si está en regla. No sé si llega a la altura de TOC (trastorno obsesivo compulsivo) pero un poco tortura sí es. No conozco ningún caso en el que las fechas o el horario de una tarjeta de embarque hayan cambiado por ciencia infusa pero ahí estoy. Imprimo los billetes y los releo. Todo ok. Los guardo en mi montaña de papeles (ver punto 3). Los vuelvo a mirar al cabo de una semana y como tres veces antes de salir de casa para cerciorarme que no se han escapado de mi bolsa. Doctor, ¿es muy grave?
7. Someterme de buena gana a las «recomendaciones»
No es que sea una temeraria pero basta que alguien me aconseje no visitar tal país o no adentrarme por tal barrio para que me entren unas ganas irrefrenables de hacerlo. De no ser así no hubiera viajado a Israel cuando el terreno estaba bastante calentito, ni hubiera paseado por La Boca en Buenos Aires, ni visitado un mercado local en Lima mientras se producía el rescate de los rehenes retenidos en la embajada de Japón… Una cosa es hacer locuras y otra preferir el respeto al miedo como compañero de viaje.
8. No pegar la hebra con los locales
Adoro hacerlo y quiero seguir así. Me encanta trabar conversaciones con las gentes de los países que visito. Prefiero mil veces alargar una buena charla con alguien del terreno que una visita al mejor de los museos. Cada persona es una historia y mis oídos siempre están dispuestos a escucharla.
9. Enfadarme cuando viajo
Si por regla general me cuesta enfadarme con mayúsculas -soy como una botella de gaseosa, si me agitas mucho te caerá un chaparrón pero luego soy tan pánfila que te ayudaré a limpiarte-, cuando viajo me resulta prácticamente imposible. ¿Que nadie recuerda dónde hemos dejado el coche? Ya aparecerá. ¿Que el vuelo nos deja tiradas en Bolonia? Algún sitio encontraremos para dormir. ¿Que el restaurante no es tan maravilloso como decían? Cosas de TripAdvisor. Viajar es vivir, es sentirte libre, abrirte al mundo con los ojos de un niño. ¿Voy a cabrearme por unas piedras en el camino? En absoluto. El tiempo pasa mucho más rápido fuera de casa y no es cuestión de desaprovecharlo.
Finalizada mi lista, con muchas ausencias por cierto, toca nominar a las tres siguientes víctimas que en este caso son Eva, Sara y Laura. ¿Cogerán el testigo estas grandes viajeras?
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Próximo destino: Irlanda
Cambio de tercio para anunciarte con una sonrisa de oreja a oreja que mañana salgo de viaje para quitarme una espinita que tengo pendiente desde hace muchísimo tiempo: pisar tierra irlandesa. Por cuestiones laborales solo dispongo de una semana, pero estoy convencida de que será un estupendo aperitivo para futuras escapadas. ¿Ya estoy pensando en volver antes de partir? Así es. Preparando este viaje he descubierto que Irlanda está llena de espectaculares rincones que deseo conocer que evidentemente no caben en siete días. Te hablo de la costa surfera de Sligo y Donegal, de las Islas Aran, de Cork y el Anillo de Kerry, de Limerick, Kilkenny o de Derry-Londonderry.
Dublín copará buena parte de mi tiempo. Quiero saludar a Molly Malone y a Joyce, contemplar la ciudad desde el Gravity Bar de la Guiness Storehouse, recorrer los muros de la cárcel de Kilmainham, callejear por el Temple Bar, seguir la huella de U2, ver el libro de Kells en el Trinity College, fotografiar sus casas georgianas, perderme por las salas de la National Gallery of Ireland, disfrutar de sus pubs… Desde la capital haré una excursión a la costa atlántica para conocer los acantilados de Moher, el Parque Nacional del Burren y Galway.
Después llegará el momento de subirse al tren rumbo a Belfast para pasar un día y medio en la capital de Irlanda del Norte. El barrio del Titanic, los murales políticos, el Mercado de San Jorge y el Museo del Ulster parten como favoritos. Al día siguiente, mi destino será el Condado de Antrim donde visitaré la famosa Calzada del Gigante (Patrimonio Mundial de la UNESCO), el puente de cuerda de Carrick-a-Rede -ya veremos si me atrevo a cruzarlo- y la Old Bushmills Distillery, la destilería en funcionamiento más antigua de Irlanda. De regreso a Dublín aún tendré un día entero antes de volar de vuelta a Madrid. Creo que he trazado una buena combinación: dos escapadas urbanas y dos excursiones a la costa. ¿Tú que opinas?
Nota: Todavía me quedan algunos cabos por atar y no he empezado a hacer la maleta pero bueno, no importa. Total, esta noche no voy a dormir. ¡Nos vemos a la vuelta!
San Sebastián no es Madrid ni Barcelona. Ni falta que le hace. Le basta y le sobra con saberse la dama del norte. La chica guapa del baile, la que recibe todas las flores y deja a su paso una hilera de admiradores que matan por un guiño suyo. Por sentir el abrazo de su bahía, por una caricia en forma de ola, por un beso gourmet. Para plasmar su apabullante encanto he buscado un hilo conductor que fusiona mis dos grandes aficiones: viajar y el séptimo arte. El resultado lo tienes a continuación. Si Alfred Hitchcock se paseó por su Festival Internacional de Cine para presentar Con la muerte en los talones y Vértigo, Coppola, Llueve sobre mi corazón, y Fellini, Las noches de Cabiria, yo te presento San Sebastián en clave de cine.
Si tuviera que lanzarle un piropo a la capital guipuzcoana, le diría que es una ciudad tremendamente fotogénica. El paraíso para cualquier técnico en localizaciones. Y es que, por mucho que se empeñen en colocar la alfombra roja en el Kursaal, su impagable plató está a cielo abierto y delimitado por el Cantábrico.
Toma 1. Playa de La Concha, Ondarreta, Isla de Santa Clara y Zurriola
Dicen que La Concha es el arenal más bonito de la cornisa cantábrica y una de las mejores playas urbanas del mundo. Para mí es un kilómetro y medio de puro glamour, que aparece y desaparece a merced de la marea, enmarcado en la bahía y flanqueado por un paseo que cualquier ciudad desearía tener. Todos sus compañeros de reparto rezuman elegancia: sus delicadas farolas que dan forma al Premio Donostia, los distinguidos edificios que la contemplan y, sobre todo, su preciosa barandilla que nunca te cansarías de fotografiar. Imagina a Audrey Hepburn apoyada sobre ella con su mirada perdida en el mar y dime si no es un escenario de película, amenace lluvia o haga sol.
Aunque se acuse a La Concha de copar todos los planos, no es la única playa de San Sebastián. Hay tres más, cada una con su propia personalidad y su público. Su vecina más inmediata es Ondarreta, que se extiende desde la falda del Monte Igueldo hasta el Palacio de Miramar, donde la reina María Cristina fijó la residencia veraniega de la corte. A pesar de ser bastante más pequeña que La Concha, es la más popular entre las familias donostiarras que acuden aquí a jugar al volley, al fútbol o las palas. Su imagen, salpicada por la silueta de sus tradicionales casetas -en las que aún se cambian los bañistas más pudorosos-, está inevitablemente ligada a la Isla de Santa Clara que, a su vez, cuenta con una pequeña playa con espectaculares vistas a la ciudad.
Al este de la desembocadura del río Urumea, en pleno barrio de Gros, se encuentra Zurriola, una de las playas con más oleaje de la costa cantábrica. Territorio de expertos surfistas y de aficionados que acuden a sus escuelas para aprender a cazar la ola perfecta a la sombra de las dos rocas varadas frente al mar que ideó Rafael Moneo, el Palacio de Congresos y Auditorio Kursaal.
¿La conexión de este atractivo litoral con el cine? El entorno natural de San Sebastián ha sido tradicionalmente un filón para rodar películas. El año pasado, sin ir más lejos, la ciudad atrajo 86 rodajes. Centrándonos en sus arenales, te pondré varios ejemplos. La playa de La Concha fue el telón de fondo en el que Marlene Dietrich y Gary Cooper desataron su Deseo allá por los 40, también se dejó ver en El cantor de México, y más recientemente en la ópera prima de Fernando Franco La Herida. La playa de Ondarreta aparece en Hoy como ayer y Zurriola en el largometraje indio Shivaji.
Toma 2. El Peine del viento
Nuestro segundo escenario nos lleva al final de Bahía de La Concha para descubrir tres esculturas de hierro, aferradas a las rocas, que llevan resistiendo los envites del Cantábrico desde 1977, el Peine del Viento. Este conjunto escultórico es la materialización del sueño adolescente de Eduardo Chillida, un chaval que hacía novillos los días de temporal para venir hasta aquí y quedarse ensimismado viendo cómo las olas penetraban en San Sebastián por la falda del monte Igueldo. Su anhelo era lograr que «el viento entrase peinado a la ciudad» y así bautizó esta obra que el tiempo convirtió en un símbolo.
Encontrar el mejor encuadre y el mejor momento del día para inmortalizar este finisterre donostiarra no es fácil. Demasiada magia junta, demasiados cambios de luz, demasiados ángulos posibles, demasiadas sensaciones. El viento, las rocas del acantilado, el hierro, una niña jugando con los respiraderos que permiten a las olas seguir su curso, una pareja de enamorados… No imagino cuántos storyboards se podrían dibujar en un entorno como éste.
Toma 3. El Monte Igueldo
Subir al Monte Igueldo supone protagonizar un flashback en toda regla que nos transporta al San Sebastián de 1912. Lo coronaremos a bordo de un viejo funicular rojo -el más antiguo de Euskadi- que aún conserva su carrocería de madera original. En tres minutos nos dejará en el centenario parque de atracciones. Fantasea conmigo de nuevo. Fíjate en su Montaña Suiza -que no rusa-, en las casetas de feria, en el carrusel, y visualiza todo el conjunto en blanco y negro. ¿Eres capaz de imaginar a la reina María Cristina inaugurándolo rodeada de la alta sociedad donostiarra? Yo sí y por eso, más que trasnochado y decadente, lo encuentro cargado de solera y seductoramente nostálgico.
Tras este ejercicio de divagación temporal, vuelve al color y prepárate para rodar una espectacular panorámica que recoge toda la fuerza de la bahía con la isla de Santa Clara y la impresionante silueta del otro guardián de la ciudad, el Monte Urgull. Será muda porque te dejará sin habla.
Anotación al pie: Si quieres hacer un alto en la camino, pásate por su terraza self service. Toma algo, olvídate del mapa y del reloj, y disfruta. Estás en San Sebastián.
Toma 4. Lo Viejo
El centro histórico de San Sebastián, más conocido como Lo Viejo, es donde se tejen y se desarrollan los mejores guiones. Basta pasear por sus estrechas y bulliciosas calles, encajadas entre el puerto y la desembocadura del río Urumea, para comprobar que aquí se cuecen todo tipo de historias que nos hablan del pasado y del presente de la ciudad.
La mayoría llegamos a esta zona atraídos por la fama de sus pintxos, esas pequeñas obras de arte en miniatura que copan las barras de sus bares y que fusionan tradición y vanguardia a partes iguales. Es un buen planteamiento que mejora si, además, nos ponemos en la piel de un enamorado de la cocina vasca como era Orson Welles. Eso sí, que impere la calma porque la oferta parece no tener fin en calles como Fermín Calbetón, 31 de Agosto, Pescadería o la Mayor. Si nos sabes por dónde empezar, puedes consultar la ruta de pintxos que elaboré hace poco. Una osadía, lo sé, pero cada vez que la releo mis papilas gustativas me recuerdan que debo volver.
Si tu cartera te lo permite, no olvides que además de las del firmamento y de las que desfilan alrededor del Festival de Cine, San Sebastián atesora otras igual de apreciadas: las estrellas que reconocen la labor de chefs como Arzak, Berasategui o Subijana, entre otros. 16 estrellas Michelín nada menos.
Recorriendo Lo Viejo, te toparás inevitablemente con la Plaza de La Constitución, cuyos coloridos balcones numerados nos hablan de su pasado como plaza de toros, y con dos de sus templos más importantes: la Basílica de Santa María del Coro -patrona de la ciudad- y la Iglesia San Vicente, su templo más antiguo.
En esta zona también se encuentra el Museo San Telmo y el renovado mercado de La Bretxa, llamado así por ser el lugar que eligieron las tropas inglesas para iniciar el asalto a la ciudad en 1813. Este asedio fue una auténtica película de terror para la ciudad ya que un desolador incendio arrasó Lo Viejo casi por completo. Hoy en día aquí acuden los grandes cocineros en busca de las mejores materias primas y también los tenderos que ofrecen sus productos traídos directamente de la huerta.
Toma 5. El Puerto
Por sus dimensiones podría parecer que el puerto no es más que un actor secundario de San Sebastián. Nada más lejos de la realidad. Es pequeñito, sí, pero absolutamente encantador. Protegido bajo la ladera rocosa del Urgull y a los pies de la estatua del Sagrado Corazón, da cobijo a barcos de pesca y de recreo que ofrecen paseos por la bahía, a sencillas casas blancas de pescadores, a restaurantes de pescado y marisco y a viejos marineros que añoran volver a faenar. También acoge el Aquarium -uno de los más modernos de Europa- y el Museo Naval que muestra la ancestral relación de los vascos con el mar.
Anotación al pie: Si quieres sentir la fuerza del Cantábrico, toma el Paseo Nuevo que bordea el Monte Urgull desde el Puerto. Y si buscas un espacio cargado de romanticismo, acércate al Cementerio de los Ingleses, en la ladera norte del monte. ¿Otra opción? El Castillo de la Mota, testigo de las guerras que han sufrido los donostiarras a lo largo de la historia.
Toma 6. Del Boulevard al parque de Araba
Este recorrido por los principales escenarios de San Sebastián quedaría incompleto sin mencionar el conjunto urbano que discurre a lo largo del Ensanche, diseñado a mediados del XIX tras el derribo de la muralla. Es lo que se conoce como área romántica, una zona que comienza en el Boulevard y que nos lleva a descubrir algunos de los rincones con más solera de la ciudad sin apenas cruzarnos con construcciones modernas. Como el actual Ayuntamiento que nació con vocación de Gran Casino y que vio desfilar a la flor y nata local de la Belle Époque donostiarra entre sus ruletas. O como la Plaza de Gipuzkoa, la Catedral del Buen Pastor o la calle Prim, con sus distinguidas fachadas y portales modernistas de principios del siglo XX.
Pero para escenario elegante y sereno el que envuelve el Urumea, con sus románticos puentes, su Paseo del Árbol de Gernika y, sobre todo, abrazando a la pareja más cinematográfica de la ciudad: el dúo inseparable que forman el Hotel María Cristina y el Teatro Victoria Eugenia. Un plató de brutal belleza por el que han desfilado y desfilan los grandes del cine: Audrey Hepburn, Coppola, Lana Turner, Al Pacino, Robert de Niro, Almodóvar, Tarantino… Aún recuerdo la imagen de La Loba recogiendo el Premio Donostia en el escenario del Victoria Eugenia. Vestida de negro, fumando y muy enferma, pero tan Bette Davis como siempre. El cine y San Sebastián. Donostia y el séptimo arte.
No olvido la otra sede del Festival Internacional de Cine, el Kursaal. Me puede gustar su estampa en forma de cubos que se enfrentan al mar pero no juega en la misma liga porque no deja de ser un principiante al lado de ambos. Le falta el encanto y la magia de un pasado centenario.
Anotación al pie para cinéfilos: Para tomarte algo rodeado de todas las estrellas que han pasado por la ciudad, el Café Oquendo, y para dormir sintiéndote una de ellas, el Hotel Astoria7.
Toma 7. Los protagonistas y su banda sonora
Por mucha belleza que ostente, San Sebastián no sería lo que es sin su paisanaje. Un casting de primera formado por gente que se muestra amable con los de fuera, cercana y con un sentido del humor muy peculiar, muy del norte. ¿El resultado? Consiguen que los cameos, o lo que es lo mismo, los más de 450.000 visitantes que recibe cada año, se marchen pensando en volver. ¿Y su banda sonora? San Sebastián suena a viento, a oleaje, a tintineo de vasos y platos en sus bares de pintxos, a risas contagiosas, a saludos a voz en grito y a silencios.
Aquí concluye mi rodaje en esta ciudad única que nació para ser admirada. Llega el momento de despedirse de los actores y de los escenarios, apagar las cámaras, guardar los focos y la claqueta. Llega el momento de que seas tú quien se lance a escribir su propio guión en San Sebastián.
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