por Alícia Bea | Abr 23, 2014 | Nos alojamos en...
Durante los días que pasamos descubriendo los mil y un encantos de Estambul nos alojamos en el Hotel Adamar. No era ni mucho menos la opción más económica que encontramos, pero su privilegiada ubicación, su promesa de contar con unas espectaculares vistas de la ciudad y las buenas críticas que leímos de otros viajeros hicieron que finalmente nos decidiéramos por este pequeño gran hotel.

Este cuatro estrellas, situado en un edificio histórico de 1.905, se encuentra en pleno corazón del barrio de Sultanahmet donde se concentran buena parte de los principales atractivos de esta metrópoli turca. Para que te hagas una idea de lo cómodo que es recorrer desde este hotel el viejo Estambul a pie, te doy varios ejemplos. Está en la misma calle que las imprescindibles Cisternas Yerebatan, a 100 metros de Santa Sofía y la Mezquita Azul y a unos 400 metros del Gran Bazar. Las comunicaciones también son muy buenas ya que la parada de tranvía de Sultanahmet (T1 Bağcılar-Kabataş) está a apenas cinco minutos.
Reseña del Hotel Adamar
Lo primero que me llamó la atención de este hotel es que desde el primer momento hacen gala de una esmerada filosofía de servicio al cliente. Te dan todo tipo de información turística sin tratar de venderte nada que no hayas contratado y realmente se desviven por hacer tu estancia lo más agradable posible. ¿Un detalle? Pregunté dónde comprar la tarjeta de transporte Istanbulkart -válida para viajar en metro, ferry, autobús, tranvía y funicular- y un miembro del staff me facilitó la suya. Antes de partir, cuando quise devolvérsela, me la regaló a modo de souvenir.
Pero esta no fue la única deferencia que tuvieron con nosotros. Cuando llegamos a nuestra habitación comprobamos que era realmente pequeña y pedí con la mejor de mis sonrisas si era posible que nos dieran otra más grande. Esa noche fue imposible pero a la mañana siguiente trasladaron nuestro equipaje a una habitación superior sin que ello repercutiese en la factura.
Hablando de las habitaciones, aunque cada una es de un tamaño, color y distribución diferente, todas tienen en común una decoración minimalista y de vanguardia salpicada de guiños orientales. Están equipadas con aire acondicionado/calefacción, escritorio, teléfono, minibar, caja fuerte, baño completo con amenities, televisor de plasma vía satélite y con algo que apreciamos mucho cuando estamos fuera de casa: conexión Wi-Fi gratuita. Lo mejor, sin duda, la comodidad de su enorme cama y la suavidad de sus sábanas.


Al tratarse de un hotel pequeño, el espacio está aprovechado al máximo pero con mucho acierto. Prueba de ello es la recepción, un coqueto ambiente que reúne tres servicios en un solo lugar: lobby, ciber corner -también gratuito- y cafetería.


Pero vayamos con la joya de la corona del Adamar: su restaurante panorámico. No me extraña que aparezca recomendado en tantos artículos sobre Estambul para pasar una velada romántica contemplando a través de sus grandes ventanales la cúpula de Santa Sofía, los minaretes de la Mezquita Azul o el Mar de Mármara. Nosotros no llegamos a utilizar su servicio de restauración pero pregunté a otros huéspedes que sí lo hicieron y me comentaron que les gustó mucho su combinación de platos internacionales y cocina al más puro estilo otomano -en especial, sus cazuelitas turcas.


Lo que sí hicimos fue desayunar cada mañana con la ciudad a nuestros pies. Embutidos, dulces, cereales, tortillas y crepes al gusto recién hechas… Luego llegaba mi gran momento. Degustar los últimos sorbos del café, cigarro en mano, en su espectacular terraza al tiempo que la ciudad empezaba a despertarse. No sé el tiempo que pasé recorriendo con la mirada cada detalle de Santa Sofía ni las veces que gire sobre mí misma para sellar en mi retina una de las panorámicas más hermosas que he visto en mi vida.



Tanto de día como de noche. Y es que por muy agotados que llegásemos tras las jornadas maratonianas recorriendo la ciudad, resultaba imposible ir a descansar sin volver a sentir de nuevo la magia de este impresionante mirador que nos permitía jugar a descifrar el skyline de Estambul desde la mejor de las perspectivas. La Torre Gálata, el Palacio Topkapi, el Puente del Bósforo iluminado… Si a pie de calle la que fue capital de tres imperios no defrauda, imagínate desde las alturas.


Y hasta aquí esta reseña del hotel Adamar, un alojamiento que te recomiendo por su ubicación, su amable personal -algunos hablan español- y, sobre todo, por su espectacular terraza. Si puedes permitirte un pequeño lujo, no lo dudes. Merece la pena y más en una ciudad como Estambul.
Ficha del Hotel Adamar
Dirección: Hotel Adamar. Yerebatan Cad. No. 37. Sultanahmet. Estambul. Web: www.adamarhotel.com
Teléfono: +90 212 511 19 37
Categoría: 4 estrellas.
Nº de habitaciones: 25. Tipos de habitación: individual, doble, triple, doble Deluxe (1 o 2 camas) y familiar.

Servicios: Ascensor. Restaurante panorámico. Bar-cafetería. Staff multilingüe. Servicio de habitaciones 24 horas. Lavandería y tintorería. Cambio de moneda. Consigna de maletas. Alquiler de coches. Información turística. Servicio de traslado desde y al aeropuerto. Contratación de excursiones dentro y fuera de Estambul. Conexión Wi-Fi gratuita en todas las instalaciones del hotel.
Precio de la habitación en marzo: 135€ por noche (desayuno e IVA incluido). Check-in 13h., check-out 12h.
A tener en cuenta:
Si la reserva se realiza a través de su web para estancias de 3 o más noches, te recogen de forma gratuita en el aeropuerto de Ataturk con coche privado. A partir de 6 noches está incluida la ida y vuelta. También proporcionan un servicio de traslado privado al aeropuerto de Sabina Gorken por 60€, aunque encontrarás tarifas mucho más asequibles en otros hoteles que ofrecen coches compartidos a un precio de 12€ por persona.
Las habitaciones que terminan en 1 son las más pequeñas y las que acaban en 2 las mejores puesto que ocupan el chaflán del edificio y además son muy luminosas. Tenlo presente a la hora de reservar.
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por Alícia Bea | Abr 16, 2014 | Bélgica
Tras mostrarte hace unos meses todos los atractivos que hacen de Lovaina un destino imprescindible en la región de Flandes, hoy quiero hacer hincapié en una de sus principales señas de identidad: su arraigada cultura cervecera. Y es que su pasión por la cerveza define tanto a esta ciudad como puede hacerlo su carácter universitario, su rico patrimonio histórico-artístico y el ambiente estudiantil que se respira en sus calles. Para ello he diseñado una pequeña ruta cervecera que espero te anime a visitar esta pequeña joya flamenca, situada a tan solo 20 minutos en tren desde Bruselas.

Pero antes pongámonos en situación y recordemos que estamos en Bélgica, un país que gracias a sus más de seiscientas variedades de cerveza se ha convertido en un cita más que obligada para los amantes del zumo de cebada. Sabor, carácter y variedad son las grandes bazas de la cerveza belga que toma forma en infinitas presentaciones: cerveza trapense, cerveza Lambic, Gueuze, negra, blanca, de chocolate, de frambuesa… Pintjes de todo tipo, graduaciones, colores y texturas que nunca defraudan a quien las prueba.
Lovaina, capital de la cerveza
Que uno de los eslóganes de Lovaina sea Leuven, the place to be(er) ya nos pone sobre la pista de que los lovanienses se toman su cerveza realmente en serio. No es de extrañar tendiendo en cuenta que su encantadora y vitalista ciudad ostenta el título de capital de la cerveza y que pocos lugares pueden presumir de tener una tradición tan centenaria como Lovaina. ¿Un ejemplo? Durante la Edad Media su elaboración casera ya era un oficio organizado.
En el siglo XX, más de treinta fábricas permanecían activas y aunque hoy en día la mayoría han desaparecido, esta refrescante bebida sigue siendo en Lovaina un próspero negocio que sacia la sed de los locales y atrae viajeros a partes iguales. Iniciamos la ruta.

La fábrica de Stella Artois
Nada más bajar de la estación de tren, es posible que te sorprenda un agradable aroma a malta. Proviene de la cercana fábrica de AB InBev -la mayor cervecera del mundo- donde se elabora la cerveza más típica de Lovaina, la mítica Stella Artois.
La historia de Stella Artois está íntimamente ligada al devenir de Lovaina. Como nos recuerda su logotipo, esta cervecería se fundó en 1366. Fue bajo el nombre de Den Hoorn y en 1537 ya se había convertido en la empresa más importante de toda la ciudad. Más tarde, en 1708, Sebastian Artois se convirtió en su maestro cervecero y poco después pudo comprar la cervecería y ponerle su apellido. Finalmente, en 1928 se creó una versión especial para Navidad que incluyó el nombre de Stella en su denominación. Su éxito fue tal que a partir de ese momento decidieron comercializarla durante todo el año.
En la actualidad, la visita a esta factoría (Vuurkruisenlaan, 4) es una apetecible peregrinación para los devotos de la más popular de las bebidas belgas. Aunque hay diferentes tipos de recorridos, el más habitual es el denominado classic tour. Tiene una duración aproximada de una hora y finaliza, como no podría ser de otra manera, degustando una Stella Artois. Su precio: 8,5€.
Cervecería Domus
En pleno centro histórico, muy cerca del magnífico Ayuntamiento, encontrarás la fábrica de cerveza artesanal Domus. Toda ruta cervecera que se precie tiene que hacer aquí un alto en el camino aquí para probar la Nostra Domus, una deliciosa cerveza ambarina, y la Con Domus, una lager sin filtrar. Durante el invierno, coincidiendo con las fiestas de Navidad, Domus fabrica la Nen Engel, una cerveza negra de sabor agridulce.


Aparte de sus famosas cervezas, lo que convierte a Domus en una cervecería única es que la cerveza fluye directamente de la fábrica al surtidor de la taberna adyacente a través de una tubería. ¡Más fresca y natural imposible! Podrás comprobarlo si te apuntas a las visitas guiadas que realizan bajo petición para visitar sus instalaciones y conocer el proceso de fabricación paso a paso (10€).

Aunque la experiencia de tomarte una cerveza directamente de fábrica ya es motivo más que suficiente para dejarte caer por la taberna de esta cervecería, te aconsejo que si tu visita coincide con la hora de comer o cenar pruebes algunas de sus especialidades como el estofado de ternera que preparan con la Nostra Domus o su sabroso solomillo acompañado de las patatas fritas. El ambiente es muy agradable y los precios de la carta son asequibles. (Tiensestraat, 8. Lunes cerrado).

The Capital
No sé si, como afirman en su web, The Capital tiene la selección de cervezas más grande del mundo, pero lo que está claro es que las cifras que se manejan en esta cervecería situada en plena Grote Mark son impresionantes: 3000 cervezas. 2500 de origen belga. Encontrar sitio aquí es bastante complicado porque siempre está muy concurrido. Si consigues alcanzar la barra, descubrirás más de 20 grifos esperándote. El resto de cervezas, como podrás ver a través de las placas de cristal del suelo, las guardan en la bodega del piso inferior y las suben con un elevador industrial. ¿Una curiosidad? Si te apetece picar algo, debes saber que la oferta gastronómica corre a cargo de un chef español. Tapas nacionales y cervezas belgas. ¿Qué más se puede pedir? (Grote Markt, 14).



Oude Markt
Aunque hay muchos más bares y cafés en los que degustar una exquisita cerveza como De Blauwe Kater, Fiere Margriet o De Metafoor, sin olvidar los fakbars (bares que llevan las asociaciones de estudiantes), este itinerario estaría incompleto sin mencionar la Oude Markt.
Esta plaza que los locales presentan como «el bar más largo del mundo» no conoce apenas horarios ni nacionalidades. Sobre todo los jueves, el día de fiesta por excelencia de los estudiantes en Lovaina. Pero no solo los discípulos de Erasmo de Rotterdam se reúnen aquí, también es el punto de encuentro de muchos lovanienses, especialmente cuando el tiempo acompaña y resulta imposible resistirse a la tentación de saborear una cerveza en alguna de sus terrazas. Y es que, salvo por una escuela superior y dos farmacias, toda la plaza esta copada por casi 40 cafés y restaurantes.


Zythos Bier Festival, el festival de la cerveza

Aunque cualquier momento del año es bueno para visitar Lovaina y saborear sus magníficas cervezas, el último fin de semana de abril es especial ya que se celebra el Festival Zythos de la Cerveza. En este evento, que ya ha alcanzado fama internacional, se dan cita un centenar de cerveceros belgas dispuestos a calmar la sed de los asistentes con más de 500 tipos de cervezas. Nuevas, grandes clásicos y exclusivas, servidas en pequeños vasos de 15 cl. Esta gran fiesta, cuyo objetivo es dar a conocer la cerveza belga, se celebrará este año los días 26 y 27 de abril en el Brabanthal de Lovaina. La entrada es libre y hay un servicio de transporte gratuito desde la estación de Lovaina.
Informado quedas. Si eres un incondicional de la cerveza, tu próximo destino debería ser Lovaina. Yo ya te he servido en bandeja los mejores rincones donde esta bebida es la gran protagonista. Solo me resta desearte buen viaje y … ¡Salud!
Nota: Este post forma parte de mi viaje a Flandes, organizado por Turismo de Bélgica: Flandes y Bruselas en España, Visit Flanders, Turismo de Lovaina y Turismo de Brujas.
Más información:
Lovaina capital de la cerveza
Oficina de Turismo de Bélgica: Flandes y Bruselas
por Alícia Bea | Abr 9, 2014 | Estambul
Al cuarto día de mi estancia en Estambul sentí la necesidad de poner algo de distancia entre esta inmensa metrópoli y yo. Demasiados minutos contemplando absorta la belleza de sus mezquitas sentada en decenas de alfombras, demasiadas sensaciones acumuladas, demasiados kilómetros caminados. Me encontraba cansada, agotada por una ciudad que no da ni un respiro a los sentidos, y decidí acudir a la llamada del Bósforo, ese estrecho que conecta el Mar de Mármara con el Mar Negro y que geográficamente separa la parte europea y asiática de Estambul.
Así fue como me embarqué en un ferry de las líneas marítimas turcas que me llevó a navegar por una de las vías más transitadas del mundo y a descubrir el paisaje urbano de Estambul desde la mejor perspectiva posible, el mar. Tenía muchas ganas de que llegara este momento. Era uno de mi sueños antes de partir. Solo pronunciar su nombre en voz alta me producía un escalofrío. El Bósforo…

Crucero por el Bósforo en Estambul
Tal vez hayas leído que lo mejor es acudir al muelle de Eminönü con tiempo suficiente para conseguir un buen sitio en cubierta. No vale la pena, al menos en temporada baja. Sólo lograrás llevarte un puñado de empujones y enfadarte por la mala educación de aquellos que se enfrentan a una cola como si no hubiese mañana. Además, apenas empieza la travesía, la mayoría de pasajeros se levantan para intentar captar la postal más hermosa de Estambul y estalla una frenética lucha de smartphones, tablets, cámaras de video y teleobjetivos enormes que buscan el mejor encuadre. Son pocos los que, como yo, se olvidan de la tecnología por unos minutos para tratar de conservar cada instante en la mejor de las tarjetas, la memoria.
Las primeras imágenes que recibo no son nuevas para mí. El Palacio Topkapi, Santa Sofía, la Mezquita Nueva, Solimán, el Puente y la Torre Gálata, la Torre de Leandro, el Palacio de Dolmabahçe, Ortaköy… La mañana no acompaña de momento y el cielo amenaza lluvia. No importa. Si algo he descubierto en estos días es que a Estambul le sienta bien cualquier meteorología y que no desmerece en absoluto bajo un techo encapotado y gris.




A medida que avanza el crucero, las emociones cambian como el paisaje. Ya no me siento como quien se reencuentra con una viaje amiga sino como una exploradora inquieta que quiere alcanzar nuevas latitudes al ritmo que marcan las aguas del Mármara. Así veo pasar sobre mi cabeza el colosal Puente Atatürk, más conocido como Puente del Bósforo, que se abrió al tráfico en 1973 coincidiendo con el 50 aniversario de la instauración de la República de Turquía. 600.000 personas lo recorren a diario y otras tantas observan hipnotizadas su juego de luces al caer el día.

Hora y media de navegación da para mucho aunque el tiempo pase volando. Mi consejo: cruza de babor a estribor y recorre el ferry de cabo a rabo, siéntate en los bancos corridos que hay en los laterales y tómate un çay apoyado en la barandilla. Tal vez sea, como fue para mí, tu momento mágico: sentir el calor del té rojizo en tus manos mientras la brisa marina golpea tu cara y ves desfilar a tu paso los minaretes de las mezquitas, las casas palaciegas del siglo XIX que flanquean las orillas (yalis), la Fortaleza Rumeli defendiendo su estratégica posición, el Puente de Fatih Sultan Mehmet, los barrios de Istinye, Yeniköy y Tarabya… Quién sabe, quizás también des un respingo al oír a una turista gritar ¡delfines, delfines!

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Rumeli Kavaği es el último muelle de la costa europea en el que atraca el barco. Algunos viajeros se apean aquí pero el grueso del pasaje espera a que cruce hasta la orilla de enfrente. De repente, se hace el silencio. Tenemos ante nosotros la primera imagen del último tramo del Bósforo y vuelvo a sentir un escalofrío. Apenas 8 kilómetros me separan del Mar Negro, una mancha de agua que se pierde en el horizonte como lo hace un enorme buque en ese momento. Por un instante, pienso que me gustaría formar parte de la tripulación del Aal Dalian y ver qué hay más adelante. ¿Adónde se dirigirá? ¿Bulgaria, Georgia, Rumanía, Ucrania?

Durante el giro, me fijo en las ruinas de un castillo, una antigua fortaleza bizantina que, junto al Castillo de Imros de Rumeli Kavaği, controlaba el paso del estrecho y la salida del Mar Negro al Mediterráneo. Se alza en la cima de Anadolu Kavaği, una pequeña localidad en la que finaliza el trayecto de ida del crucero y que vive por y para los turistas. Solo hay que ver la cantidad de restaurantes que hay a lo largo de la costa y el fervor con el que nos saludan los camareros, agitando enérgicamente sus brazos a modo de reclamo, a medida que nos acercamos al muelle.


Mi objetivo en Anadolu Kavaği estaba definido de antemano: quería subir a la Fortaleza de Yoros para comprobar si las vistas que desde allí se divisan eran tan fantásticas como prometían. Muchos subieron por la carretera pero nosotros optamos por iniciar el ascenso por una de las calles principales del pueblo. Fue un acierto. Es una ruta mucho más bonita porque te adentras por solitarias calles, que a priori parecen deshabitadas si no fuera por la ropa tendida que cuelga en algunos balcones, y más adelante atraviesas un precioso cementerio. Eso sí, las pendientes a salvar son mayúsculas así que paciencia.

Antes de llegar al castillo, hay que subir por una interminable hilera de escaleras que pasan por varios restaurantes en los que algunos se detienen para hacer un alto en el camino. La recompensa final se intuye cerca.


Y es que una vez entras en la fortaleza, entre los escasos restos que quedan en pie, aparece el más soberbio de los escenarios: al sur, los últimos coletazos del estrecho del Bósforo, y hacia el norte, Karadeniz, el Mar Negro. Y de nuevo estalla la batalla tecnológica y el intercambio de cámaras entre los presentes para captar el «estuve allí». Este enclave histórico que te hacían estudiar en E.G.B. lo merece. Perder la mirada allí donde el Mar de Mármara se funde con el Mar Negro es uno de los grandes regalos de Estambul. Un hito viajero de los que dejan huella.


Me hubiera pasado allí las horas muertas pero el reloj apremiaba. La hora de regresar al muelle se acercaba y emprendimos la bajada, esta vez por la carretera que discurre a lo largo de un enorme cuartel de la marina turca que vigila con celo el estratégico paso del Bósforo. Aún así, tuvimos tiempo para comer en uno de los muchos restaurantes que copan la parte baja del pueblo bajo un sol radiante que por fin se dignó a aparecer. Nota para navegantes: si quieres acompañar la comida con cerveza, debes saber que solo te la servirán en los locales que están en primera línea de mar.




Con el segundo aviso de la sirena, tocó abandonar la mesa, apurar los últimos minutos en Anadolu Kavaği y regresar al barco. Quedaba por delante volver a recorrer los 30 km. del estrecho y descubrir nuevos rincones de esta encrucijada en la que confluyen mares, continentes y culturas. Kanlica, donde elaboran un yogur exquisito que pude catar a bordo, la Academia Militar Kuleli, la Fortaleza de Anatolia, el Palacio de Beylerbeyi… Más retazos del Bósforo. Uno de los culpables de que regresara a Madrid perdidamente enamorada de Estambul. La pareja perfecta de una ciudad que no se entiende sin él.



Datos prácticos para realizar un crucero por el Bósforo
El crucero que realicé es el Full Bosphorus Cruise operado por la compañía Şehir Hatları y cuya duración total, incluyendo la escala en Anadolu Kavaği, es de 6 horas. Esta empresa pública también realiza una travesía más corta de aproximadamente dos horas de navegación.

Muelle de salida:
Bogäz İskelesi – Bosphorus Cruises Pier. Puerto de Eminönü.
Duración del crucero:
90 minutos por trayecto.
Paradas del crucero por el Bósforo:
Eminönü, Beşiktaş, Kanlika, Sariyer, Rumeli Kavaği y Anadolu Kavaği.
Precio del crucero:
25 TL ida y vuelta (unos 8€ aprox.)
Más información y horarios:
Şehir Hatları
por Alícia Bea | Abr 2, 2014 | Estambul
Espectacular. Esta es la palabra que llevo repitiendo desde que aterricé en Madrid hace tres días. Siempre que me preguntan qué me ha parecido Estambul esa es la respuesta. Espectacular.
Antes de ponerme a escribir este artículo con mis primeras impresiones sobre Estambul, he releído mi anterior entrada. Una maleta cargada de sueños que en su mayoría se convirtieron en realidades, en momentos únicos que me acompañarán toda la vida. Este viaje ha sido el inicio de una historia de amor que, como intuía antes de partir, no ha acabado en un adiós sino en un hasta la vista. Si esto fuera una carta abierta a Estambul, después del saludo inicial vendría un profundo y sentido «acabo de volver a Madrid y ya te echo de menos».

Los cinco días completos que a priori tal vez parecían demasiados se han quedado cortos. Volaron como las gaviotas sobre el Puente Gálata. 14 horas al día a una media de casi 6 kilómetros caminando dan para mucho. Mezquitas, museos, bazares, miradores, paseos en ferry… Tiempo suficiente para ir tachando de la lista sus imprescindibles, pero escaso para vivir la ciudad más allá de los clásicos. Ese era el pensamiento que rondaba por mi cabeza cuando me ajustaba el cinturón de seguridad en el avión de vuelta. Deseo volver a Estambul sin el lastre de la primera vez, sin las prisas por verlo todo que te hacen acelerar el paso. Anhelo regresar no como periodista, bloguera, viajera o turista sino como alguien que simplemente desea retomar el diálogo con una ciudad que le ha calado muy hondo.
Durante una semana he comprobado que todos los elogios, mimos y requiebros que recibe Estambul son más que merecidos. Capital de tres imperios, encrucijada entre Europa y Asia, un lugar único en el mundo… Estambul es un deslumbrante cóctel de historia, paisajes y paisanajes que te atrapa desde el momento en que pisas sus calles. Una inmensa alfombra tejida de sonidos, colores, olores y sabores que hay que conocer dando brincos por el mapa. De Constantinopla a Bizancio, sin olvidar el rostro más moderno y europeísta del Estambul actual.


La sensación inicial que me produjo esta megalópolis turca fue de cierto desconcierto. Al principio te sientes desorientada, desamparada ante su enorme extensión que da cobijo a más de 16 millones de habitantes. Pero es solo cuestión de tiempo. Poco a poco, te vas colando por las rendijas de la ciudad, te familiarizas con su sistema de transportes y empiezas a moverte por ella como pez en las aguas del Mármara. En ese momento, cuando las piezas del puzzle empiezan a encajar, es cuando todo empieza a fluir, te relajas y activas todos tus sentidos para no desperdiciar ni uno de los regalos que Estambul te tiene preparados.
Como una niña con zapatos nuevos
Perpleja ante tanta belleza. Todavía me siento así al teclear estas letras. El aluvión de imágenes y sensaciones que revolotean en mi cabeza es abrumador. Tanto que es difícil ordenar las ideas. Es como el tráfico en Estambul. Anárquico pero funcional. El orden dentro del caos.
Aún así, con los sentidos todavía embotados, tiro de mi cuaderno de notas y me lanzo a relatarte un puñado de momentos que hicieron que me enamorara de esta ciudad.
La llamada a la oración. Puede sonar a tópico pero la primera vez que escuchas el quejumbroso canto del muecín llamando a la oración no se olvida. Más aún si te coge por sorpresa, bajo la lluvia y en la Plaza de Sultanahmet, entre Santa Sofía y la Mezquita Azul. O esperando para entrar en la Mezquita de Eyüp Sultan, entre el constante trasiego de personas que acuden a uno de los puntos de peregrinación más sagrados del mundo musulmán.


Navegar entre dos continentes. Surcar las aguas del Bósforo, el estrecho que separa Europa de Asia, hasta las puertas del Mar Negro es una experiencia fascinante. Cruzar de babor a estribor para contemplar el Palacio de Dolmabahçe o la Mezquita de Ortaköy, pasar por debajo del Puente del Bósforo, presenciar cómo todo el pasaje da un respingo al oír a una turista gritar dolphins, dolphins, ver cómo los edificios pelean por tener vistas al estrecho, desembarcar en Anadolu Kavaği y subir hasta la fortaleza de Yoros y perder la mirada allí donde el Mar de Mármara se funde con el Mar Negro…


Una de las mejores puestas de sol que he presenciado. Me esperaba en Üsküdar, en el lado asiático y llegué en vapur como una estambulita más. Busqué el café de las alfombras, pedí un çay y me hice un ovillo para tratar de esquivar el frío. Estaba nublado pero Estambul no me falló. Justo antes de atardecer, el cielo se abrió y para lo que sucedió a continuación faltan palabras. Nunca imaginé tan hermosa paleta de colores.


Disfrutar de la amabilidad de un pueblo. Tal vez sea el recuerdo más grato que me traigo de vuelta. Las gentes de Estambul son afables y encantadoras hasta decir basta. No te hablo de los captadores de turistas que consiguen que pierdas los nervios si tratas de cruzar la zona de restaurantes del Puente Gálata. Te hablo del señor que empuja un carro cargado de botellas de agua y te sonríe cuando te acercas mapa en mano. De la familia que regenta un minúsculo café cerca del muelle de Ayvansaray y con la que te entiendes con un merhaba y un par de señas. Del anciano que se sienta a tu lado en el tranvía y busca cualquier excusa para cruzar un puñado de palabras. De los vecinos de los barrios más alejados que se desviven por indicarte el camino a seguir.

La luz de Santa Sofía. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al poner los pies en la obra más colosal y sagrada de la época bizantina. Pese a los andamios, pese a las hordas de cámaras de fotos que me rodeaban. El sueño de Justiniano emociona por sus dimensiones y por la atmósfera que allí se respira. Conmueve incluso desde la distancia. Así me pasaba cada mañana cuando tras desayunar subía a la terraza de nuestro hotel o cuando disfrutaba de su imponente silueta desde el mar.


Un café con vistas. Probablemente, Pierre Loti sea el café más famoso del Cuerno de Oro. Sentada en una de sus mesas descubrí por qué este escritor francés acudía aquí en busca del favor de las musas. ¡Cómo no inspirarse con estas vistas!

Ver la vida pasar en el Puente Gálata. Más que con la torre me quedo con el puente, esa estructura de acero que sirve de nexo de unión entre el viejo y el nuevo Estambul y que hacen suya los pescadores a cualquier hora del día. El penetrante olor a mar, el ir y venir de los barcos que cruzan el Bósforo y, de nuevo, los atardeceres. Si Estambul tiene alma, creo que está aquí.

Me dejo en el tintero muchos más momentos únicos y rincones que me han maravillado como la Cisterna de Yerebatan, los increíbles mosaicos de San Salvador de Chora, la pequeña Santa Sofía, el palacio Topkapi, la Mezquita de Rüstem Paşa, los bazares, Solimán, la trepidante y bulliciosa Istiklal Caddesi, el dulzor de los baklavas… Pedacitos de una ciudad que navega entre lo occidental y lo oriental, lo antiguo y lo moderno, donde se entremezclan culturas y credos y que próximamente espero enseñarte como se merece. Perderme, encontrarme y perderme de nuevo era mi objetivo inicial. Ahora tengo uno más: volver a Estambul.
por Alícia Bea | Mar 21, 2014 | DE CERCA
Tic-tac, tic-tac… Las cuenta atrás ha comenzado. El lunes cogeré un avión que me llevará a Estambul, una ciudad que siempre he querido conocer y que por fin voy a poder incluir en mi currículum viajero. Siete días. Mil y una experiencias por vivir.
En un principio pensé extender nuestros pasos a la Capadocia para experimentar en primera persona qué se siente ante esa tierra horadada de la Anatolia Central que las erupciones volcánicas han ido modelando. Sobrevolar en globo sus chimeneas de hadas al amanecer estaba en mis planes iniciales, pero, a medida que iba investigando sobre la que fue capital de tres imperios, repasando guías, atesorando consejos de aquí y de allá, y tomando buena nota de lo publicado en la blogosfera viajera, cambié de opinión y decidí que Estambul sería la dueña y señora de mi vida durante una semana. No creo haberme equivocado. A Estambul le sobran motivos para eso y más, e intuyo que no es una ciudad a la que le sienten bien las prisas.

La opción más económica que hemos encontrado para volar a Estambul ha sido con la low cost Pegasus Airlines. En clase essentials y con asiento asignado -se paga aparte-, el total de los vuelos para dos personas ha salido por 281.47€ . El precio inicial era más pero, por un guiño del azar, formalizamos la reserva el 14 de febrero y antes de pagar nos sorprendió una casilla que rezaba Valentine’s Day Discount. ¿Resultado? Por el segundo pasajero solo nos cobraron la mitad del billete. Buen augurio. Una curiosidad más: resulta que vamos en el vuelo inaugural de la ruta Madrid-Estambul/Sabiha Gokcen. Así que… ¡fingers crossed!
Después de darle muchas vueltas al mapa de esta gran metrópoli turca, opté por centrar la búsqueda de alojamiento en la zona de Sultanahmet ya que concentra buena parte de los atractivos de la ciudad y, por lo visto, está muy bien comunicada. A muchos les puede resultar tedioso ir saltando de web en web en busca del hotel soñado pero yo reconozco que esta fase de preparación del viaje me encanta. Puedo pasarme horas y horas ubicándolos en Google Maps, fisgoneando habitaciones y comparando precios. Tras la criba, me decanté por el Hotel Adamar. Céntrico, con wi-fi gratis, a priori bonito, con un restaurante panorámico que promete unas vistas increíbles del skyline de Estambul y con buenas críticas de otros viajeros. Lo que no ha resultado tan bonito es la factura. Evidentemente, encontré otras opciones más económicas pero darse un pequeño capricho de vez en cuando siempre viene bien. Estar alojado en un hotel de estas características a 100 metros de Santa Sofía y a 150 de la Mezquita Azul tiene un precio.
Una maleta cargada de deseos
Con el paso de los años, los kilómetros recorridos y, sobre todo, por la experiencia acumulada, aprendes a viajar más ligero de equipaje. Los «por si» cada vez son menos e importan menos y el espacio inmaterial que queda libre en tu equipaje mental pasa a ser ocupado por el variopinto abanico de expectativas que tienes sobre un destino antes de poner un pie en el aeropuerto.

Por eso, antes de partir he elaborado una lista de deseos que engloban los diferentes tipos de viajera que hay en mí. La «mariprisas» que pretende verlo todo a la de ya, y la que es capaz de olvidarse del reloj frente a un monumento, una puesta de sol o viendo la vida pasar sentada en una terraza. La cultureta siempre dispuesta a conocer otras realidades. La gastroturista que quiere probarlo todo. La que trata de de pasar desaperciba mimetizándose con el entorno. La aprendiz de fotógrafa que busca siempre el mejor encuadre. La viajera social que no cambia un museo por una charla con las gentes del lugar. La que siempre trae algún souvenir a la vuelta…. Y la que traza itinerarios y listados como éste que nunca acaban como fueron diseñados.
En cualquier caso, en este primer contacto con Estambul desearía:
-
Contemplar esa luz tan especial que dicen que hay en el interior de Santa Sofía.
-
Subir a la Torre Gálata, la centinela de Estambul.
-
Deambular por los laberínticos pasillos y galerías del Gran Bazar para comprobar el estado de salud de mi técnica de regateo y tachar a golpe de liras los encargos que inevitablemente han ido cayendo desde que dije que iba a Estambul.
-
Acercarme a la suntuosa forma de vida de los sultanes del Imperio Otomano visitando el Palacio de Topkapi.
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Poner rumbo al puerto de Eminönü, embarcarme en un ferri y navegar hasta Üsküdar. Callejear por uno de los barrios más antiguos de la parte asiática y contemplar la puesta de sol a orillas del Bósforo.
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Detener el tiempo escuchando la llamada del muecín.
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Dedicar una mañana a recorrer Beyoğlu y la Istiklal Caddesi, o lo que es lo mismo, el epicentro del Estambul moderno. Localizar el Balik Pazari y comer en un meyhane (taberna típica turca).
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Embriagarme con los colores, olores y sabores del Bazar de las Especias.
- Jugar con la hora azul de Estambul.
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Hacer un crucero por el Bósforo, bajar en Anadolou Kavaği y subir al castillo para contemplar la unión entre el Mar de Mármara y el Mar Negro.

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Conocer el mercado popular de Eminönü y observar a los pescadores del Puente de Gálata.
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Subir en el teleférico y llegar hasta el mirador del café Pierre Loti para descubrir por qué este escritor francés se quedó prendado de Estambul.
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Pasear por Eyüp y Ortaköy.
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Entrar a toda mezquita que se cruce en mi camino: Sultanahmed Camii, la pequeña Santa Sofía, Süleymaniye Camii, Yeni Camii, Eyüp Sultan, Faith, Beyazit Camii, Rüstem Paşa Camii…
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Dejar que todo fluya. Perderme, encontrarme y volverme a perder.
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Acercarme hasta la iglesia de San Salvador de Chora y ver sus mosaicos de época bizantina.
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Usar el puñado de palabras y expresiones de cortesía que he aprendido en turco.
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Desgastar literalmente los 3 mapas de la ciudad que llevo en la maleta.
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Beber té, fumar en narguile, comer mazorcas de maíz en un puesto callejero, probar las patatas rellenas, los kebabs, los bocadillos de pescado, los baklavas…
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¿Ir a un hamam? Aunque muchos opinan que estar en Estambul y no ir a un hamam es como ir a París y no subir a la Torre Eiffel, creo que esa opción no es para mí. No lo descarto totalmente pero, como suelo tener la tensión por los suelos, un baño turco puede provocarme una lipotimia memorable.
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¿Ver danzar a los derviches? Si se tercia, ¿por qué no?
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Y, sobre todo, volver cada noche al hotel rematadamente agotada, con los pies echando humo y la retina llena de imágenes que me recuerden, como diría Terenci Moix salvando las distancias, que no fue un sueño.
Estos son algunos de los hilos con los que pretendo tejer mi diálogo con Estambul. Espero que las vivencias y sentimientos que me regale esta ciudad se traduzcan en una conversación íntima que no acabe en un adiós sino en un hasta la vista. Se aceptan sugerencias.
Nota: Durante este viaje, voy a tratar de liberarme de la dictadura de las redes sociales e incluso olvidar que existe un aparatejo llamado móvil. Si el cuerpo aguanta, tal vez al volver al hotel vaya mandando alguna postal virtual pero no prometo nada. Es Estambul y es mi momento. Ya habrá tiempo cuando regrese para contarte todo lo vivido.
¡Nos vemos a la vuelta!