El Mediterráneo. 320 días de sol al año. 161 km de litoral. Arte e historia. Sorprendentes parajes naturales. Encantadores pueblos tierra adentro y atractivas poblaciones costeras. Gastronomía con sabor a mar y sierra. Gentes que saben disfrutar de la vida. Si con estas pinceladas aún te preguntas por qué la Costa del Sol es uno de los destinos más codiciados de nuestro país, te propongo siete planes para descubrir este enclave del sur de Andalucía donde nunca es invierno. Prepara tus cinco sentidos. Los vas a necesitar.
Me dejo en el tintero el desfiladero de los Gaitanes y su espectacular Caminito del Rey, Mijas, Frigiliana, Casares, los Montes de Málaga y muchas más propuestas que harían de este artículo una tentadora enciclopedia. No importa. Una vez que conozcas todo lo que la Costa del Sol tiene reservado para ti, volverás.
Málaga está de moda. Vívela, siéntela
La capital de la Costa del Sol está de moda. Más de un millón de viajeros al año lo confirman. Un interés que responde en buena medida a su decidida apuesta cultural que refuerza su innegable valor como destino de sol y playa. Este ha sido el principal motor de cambio de una ciudad que en la actualidad cuenta con 36 museos. El Museo Picasso y la Fundación Casa Natal, el Centre Pompidou -el primero que se ha abierto fuera de Francia-, el Museo Carmen Thyssen Málaga o el Museo Automovilístico y de la Moda son todo un referente a los que se suman interesantes iniciativas como Soho Málaga, el barrio de las artes y de la cultura underground donde conviven galerías, teatros y tiendas alternativas.
Todo ello sin dejar de lado sus 3.000 años de historia que alzan la voz en el Teatro Romano, la Alcazaba, el Castillo de Gibralfaro o la Catedral, más conocida como La Manquita porque le falta una torre. Ni el color y calor de sus calles y plazas. Rincones como la plaza de la Merced -donde Picasso dio sus primeros pasos-, el pasaje de Chinitas, la bulliciosa calle Larios, la encantadora plaza del Obispo… Un centro histórico donde es un auténtico placer perderse entre cervezas y tapas, como un malagueño más que también se deja caer por la playa de La Malagueta. 2.901 horas de sol anuales tienen la culpa.
Torcal de Antequera, un imprescindible de la Costa del Sol
Viajamos al centro de la provincia de Málaga para conocer el Paraje Natural Torcal de Antequera. Un enclave único, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO, que emergió del mar de Tetis y fue modelándose por la erosión del agua, el viento y el hielo hasta conformar uno de los paisajes kársticos más espectaculares de Europa. 1.171 hectáreas de torcas, cuevas, simas y desfiladeros que componen un laberíntico lienzo de piedra que, sencillamente, hipnotiza. Más aún cuando el sol se pone sobre las rocas calizas dejando entrever su caprichosa fisonomía. Un seductor juego de luces y sombras en un entorno poblado desde la Prehistoria y que el cine ha plasmado en películas como Furia de Titanes.
Si quieres conocer la génesis del Torcal y su potencial natural y etnográfico, acude al centro de visitantes y recorre su área expositiva. Además, es el punto de partida de los tres senderos de uso público que nos permiten acercarnos hasta el Monumento Natural del Tornillo, ver figuras como la Mano, el Camello o la Esfinge, o divisar la línea de costa desde el Mirador de las Ventanillas. Otra opción es reservar alguna de las visitas guiadas que organizan: la ruta de los Ammonites, la de las cuevas, la senda de las sepulturas o El Torcal bajo la luna llena, una caminata nocturna que desvela sus secretos y misterios que estoy deseando realizar.
Déjate seducir por Ronda
«Avistamos Ronda. Estaba enriscada en la sierra, como una prolongación natural del paisaje y, a la luz del sol, me pareció la ciudad más hermosa del mundo». Con estas palabras describió el novelista Juan Goytisolo la fascinación que sintió al descubrir la riqueza y singularidad de este mágico rincón de la Costa del Sol. No fue el único. Este capricho andaluz también recibió en su día los requiebros de Hemingway, Orson Welles, Alberti o García Lorca. Halagos que suele copar su famoso Tajo, una profunda garganta excavada por el río Guadalevín en la que se alza el Puente Nuevo. Es el emblema de esta ciudad serrana, sí, pero sería un error quedarse solo con esta romántica postal.
A esta ciudad que parece colgada del cielo, no le van las prisas y demanda un par de días para hacerte partícipe de su esencia. Para reconocer su importa morisca en los baños árabes mejor conservados de España, en el alminar de San Sebastián o en sus murallas y puertas islámicas. Para perderte entre callejones adoquinados salpicados de casas blancas, palacetes, antiguos mesones e historias de bandoleros y cantaoras. Para encontrarte con bonitas iglesias como Santa María La Mayor y monumentos civiles como el Palacio de Mondragón o la Plaza de Toros, erigida en 1785 por la Real Maestranza de Caballería de Ronda y orgullo de los rondeños por su hermosa factura.
Reservatauro, entre toros y caballos
Si en algo coinciden tanto los aficionados a la tauromaquia como sus detractores, es en reconocer la belleza del toro de lidia. Para conocer como se cría y el día a día de una ganadería puedes pasar una agradable jornada en Reservatauro, el parque del toro bravo y el caballo pura raza español. Muy cerca de Ronda, en un espacio declarado Reserva de la Biosfera que nos sumerge en el mundo de la dehesa mediterránea, el ecosistema más característico del sur de España.
Visitando sus instalaciones y recorriendo la finca en todoterreno descubrirás de primera mano no solo el mundo del toro, también la flora y fauna silvestre de la serranía y mi debilidad, la fuerza y elegancia del caballo andaluz, una de las razas equinas más antiguas del mundo, que igual que el toro es mimado, respetado y venerado. Te aseguro que verlos cabalgar entre centenarias encinas y alcornocales es toda una experiencia (Carretera Ronda-Campillos km 34, Ronda).
Ruta Verano Azul en kayak, descubre Nerja de una forma diferente
Por mucho que corra el tiempo, la imagen de Nerja siempre estará ligada a la melodía silbada por un puñado de chavales que hicieron de su Verano Azul el verano de todos en la década de los 80. Y es que el éxito de esta mítica serie sigue muy presente en el encantador pueblo costero de la comarca de la Axarquía donde se rodó. El barco ‘La Dorada’, la calle Antonio Ferrandis, el Balcón de Europa, el bar El Molino o el paseo marítimo Antonio Mercero dan fe de ello. Una huella que también sigue viva en su litoral, en playas como la de Burrriana o en la famosa Calachica, que podemos descubrir navegando en kayak con Miguel Joven, un enamorado de la localidad que le vio crecer y saltar a la fama en la piel de “Tito”.
Remar a lo largo del Paraje Natural Acantilados de Maro-Cerro Gordo, entre verticales roquedos, cuevas, inesperadas cataratas y pequeñas calas casi vírgenes, nos permite contemplar Nerja desde una nueva perspectiva al tiempo que conocemos una franja marina de gran valor ecológico.
Disfruta de la gastronomía de la Costa del Sol
Cocina mediterránea en la costa y platos con solera en los pueblos del interior. Esta es la base de la gastronomía de la Costa del Sol que reúne en su recetario lo mejor de la tierra y el mar. El gran embajador del litoral, cómo no, es el pescaíto frito que comparte mantel con los tradicionales espetos de sardinas, una delicia que nunca falta en los chiringuitos de playa. También encontrarás opciones más contundentes como los guisos, las migas, el ajoblanco o la porra antequerana, uno de los platos más típicos de la provincia malagueña. Súmale la calidad del aceite de oliva, sus vinos y el buen hacer de los maestros pasteleros y comprobarás la riqueza y variedad de sabores de esta tierra.
Sabores que podrás catar tapeando, de ruta por las bodegas o en restaurantes de cocina de autor. ¿Algunas recomendaciones?
Chiringuito Ayo: Más de treinta años de experiencia cocinando espetos y paellas a pie de playa. Abre todo el año (Playa de Burriana, s/n. Nerja).
Eboka Restaurante: En este nuevo espacio gastronómico, situado en el centro de Málaga, Antonio Fernández enmarca su “cocina de herencia” con seductoras propuestas como el foie micuit casero, la carrillada de buey estofada o sus pescados del día. Sabores tradicionales que imperan en innovadoras presentaciones en un local decorado con un gusto exquisito (C/ Pedro de Toledo, 4. Málaga).
Restaurante Plaza de Toros: Situado bajo los tendidos de la Plaza de Toros, su carta recoge la tradición culinaria de Antequera con buena nota y servicio impecable. Durante los meses de verano puedes cenar en el mismo albero (Paseo de Maria Cristina s/n, Antequera).
El Pimpi: Una de las bodegas clásicas de Málaga donde se dan cita famosos, malagueños y visitantes. Suele estar hasta la bandera pero merece la pena. Buena oferta gastronómica, vinos de la tierra, decoración centenaria y ambiente asegurado a cualquier hora. (C/ Granada, 62. Málaga)
¿Un momento de relax en la Costa del Sol? Hammam Al Ándalus Málaga
En la antigua medina, a unos pasos de los restos de la muralla árabe, se encuentra el Hammam Al Ándalus Málaga, un espacio prefecto para recuperar fuerzas y dejarte mimar tras una intensa jornada recorriendo la Costa del Sol. Su cuidada rehabilitación, que sigue las pautas de la tradición nazarí, hará que tu mente retroceda siglos atrás entre bellos artesonados, mosaicos y celosías. Tu cuerpo, por su parte, se relajará gracias a sus tratamientos de purificación y belleza.
Mi consejo es que optes por el baño y ritual Al Ándalus. Es su propuesta más completa e incluye el recorrido por las termas de agua a distintas temperaturas, un kessa tradicional realizado sobre piedra caliente con jabón de uvas rojas, y un masaje con el aceite esencial que escojas: rosa, lavanda, ámbar rojo o biznaga. Entre el baño y el masaje puedes seguir tu momento de desconexión relajándote en la sala de reposo mientras saboreas un té verde con menta. Informado quedas. El encanto y los beneficios de los antiguos baños árabes te esperan en el centro de la capital malagueña (Plaza de los Mártires,5. Málaga).
¿Te has preguntado alguna vez cómo deber ser dormir en un hotel de hielo? ¿Qué se siente al descansar entre efímeras paredes de nieve helada? Yo hallé la respuesta por encima del Círculo Polar Ártico, en la Laponia noruega, una generosa región dispuesta a darte lo mejor de sí misma. Regalos envueltos en un inmaculado papel blanco, el de sus paisajes gobernados por la naturaleza, que custodian en su interior experiencias inolvidables. Regalos que lucen un lazo verde, como la esperanza de que una aurora boreal se cruce en tu camino permitiéndote sentir el roce de la felicidad.
Mi experiencia en un hotel de hielo
Aquel domingo de mediados de marzo saludé al nuevo día más nerviosa de lo habitual. La travesía en trineo tirado por huskies, la ruta nocturna en moto de nieve, el ancestral respeto por la naturaleza que profesan los samis… A la dulce resaca emocional de tantos grandes momentos vividos en la salvaje y sobrecogedora Laponia noruega iba a sumarse el mejor broche níveo: dormir en un hotel del hielo al tiempo que invocaba a Odín, a Ull y a cuantas deidades nórdicas conocía para poder presenciar el mayor espectáculo del firmamento.
¿Pasaré frío?¿Lograré dormir? ¿Vendrá por fin a mi encuentro esa dama esquiva y caprichosa de nombre aurora y apellido boreal? Estas preguntas asaltaban mi mente mientras me rendía una vez más a la belleza del invierno noruego realizando un trekking con raquetas de nieve. Bajo un sol radiante y un virginal cielo azul, paladeando el silencio y poniéndome en la piel del mismísimo Amundsen porque yo también estaba explorando el gran vacío blanco.
Tras saborear un reconfortante bidos, el tradicional guiso de reno del pueblo sami, pusimos rumbo al Kirkenes Snowhotel que se construye cada año a finales de diciembre muy cerca de la población que le da nombre. A tan solo 15 kilómetros de la frontera con Rusia.
Recuerdo, como si fuera ahora, que mientras nos explicaban las características de este singular alojamiento, agasajándonos con una típica salchicha, la emoción crecía y crecía. Consciente de que iba a vivir una experiencia que solo han probado unas 50.000 personas, volví a ser la niña pequeña que fui en la víspera de reyes. Sabía que algo grande estaba por llegar y quería abrir cuanto antes mi regalo.
Crónica de la noche más fría y cálida de mi vida
El Ice bar fue mi primera toma de contacto con este capricho arquitectónico en cuya construcción se emplean más de 15 toneladas de hielo. ¿Era como lo había imaginado? No. Las fotos, por buenas que sean, no pueden transmitir la fascinación que supone verte inmerso en un cuento de agua sólida. En una sorprendente fábula decorada por los mejores escultores chinos que cada año embellecen con sus creaciones las paredes del Kirkenes Snowhotel.
La barra central, los sillones cubiertos de pieles, las esculturas… Aunque todo podría asombrar al más apático de los mortales, mi mirada no podía apartarse de aquel triángulo horadado en la nieve que nacía tras un puñado de escalones. Impaciencia, más preguntas y mariposas en el estómago bailando al son de un licor de bienvenida.
Aquel largo pasillo, iluminado por colores suaves que aportaban calidez al gélido espacio, daba acceso a las 20 habitaciones del hotel. Descorrer cada una de las cortinas que a modo de puerta las flaqueaban era ir de sorpresa en sorpresa. Personajes de la película Frozen, tallas de Charlot o Marilyn Monroe, escenas de animales o, como en mi caso, un precioso palacio oriental que velaría mi sueño a una temperatura constante de 4 grados bajo cero.
La cama, un saco térmico, unos almohadones y un trabajado cabecero. Nada más. Solo lo esencial para enmarcar la noche más fría y cálida de mi vida.
Del hotel de hielo al calor de la madera, del sueño a la realidad
Al final del túnel, el hielo da paso a la madera, omnipresente en las instalaciones fijas del hotel. En la sala común en la que dejas tus pertenencias, en la zona de duchas y aseos o en el restaurante Høyloftet donde me sirvieron una reconfortante cena de sabores locales tras enseñarme cómo ponerme correctamente dentro del saco de dormir.
Un nuevo vistazo a la app de Norway Lights en la acogedora sala de descanso. La pantalla sigue diciendo go, probabilidad máxima de ver auroras boreales dentro de una hora. No estoy en la mejor de las ubicaciones por la contaminación lumínica pero no importa. Es esta noche. Tiene que serlo. El reloj parece haberse congelado para llevarle la contraria a un corazón que galopa a toda máquina. No puedo estar quieta. Salgo al exterior y me entretengo inmortalizando la estampa nocturna del edificio principal y las cabañas de madera que acogen a los viajeros que quieren disfrutar el invierno ártico de otro modo.
Mis ojos van del visor al cielo. Del cielo al móvil. Sigue allí esa anhelada palabra que me anima a no desfallecer pese a las bajas temperaturas. Me alejo cuanto puedo del hotel. Mis pies se hunden en la nieve una y otra vez hasta que hallo una zona sólida en la que plantar el trípode. Hace frío, no sé cuánto durarán las baterías y los minutos se eternizan. La gran dama del norte se hace esperar. Hasta que aparece vistiendo con sus haces de luz la oscuridad, danzando para mí, una minúscula espectadora que la observa como quien ve un espejismo. Tiritando, enfoco al infinito y me sorprendo al ver cómo la cámara capta mucho más de lo que veo. Verdes, naranjas, destellos rojizos… 10 fotos, 20, 30. Ya basta. Ni periodista, ni aprendiz de fotógrafa, ni bloguera de viajes. Ahora solo soy Alícia. Apago el equipo y miro al firmamento directamente. El escalofrío que me atraviesa es ajeno al termómetro. Es el reflejo de algo muy cercano a la felicidad.
Tras conquistar las luces del norte, regresé al hotel. Reinaba el silencio. Probablemente era la única huésped que seguía en pie. Era tarde y debía dormir, sí, pero necesitaba unos minutos para relajarme.
Decidí aprovechar el tiempo recargando también todo mi equipo, sentada en el suelo de la sala que daba acceso a aquel pasillo helado. Fue entonces cuando fui plenamente consciente del momento que estaba viviendo. “Algo bueno he debido hacer en otra vida si en esta acabo de ver una aurora boreal y voy a dormir en un hotel de hielo”, pensé mientras me cambiaba y vestía mi cuerpo con unas finas mallas, una camiseta y unos calcetines de lana.
Al llegar a mi congelado refugio encontré a mis compañeras durmiendo plácidamente. Mi habitual torpeza hizo que me costará un poco enfundarme en el saco. La sábana higiénica iba por un lado, mis piernas por otro… Salvado el puzle, me tumbé con la mirada fija en el techo. Estaba cómoda, no tenía frío y aún así me resistía a cerrar los ojos. A pesar del cansancio por tanto vivido, quería hacer más mío aún ese momento. Además, iba a ser incapaz de pegar ojo con aquel pasamontañas que más que un alivio era un incordio. Quitármelo fue lo último que recuerdo antes de que el sonido de una campanilla anunciara el nuevo día. Me desperté envuelta en una cálida sensación de paz, relajada y con una sonrisa dibujada en el rostro. La misma que mantuve desayunando, frente a un ventanal panorámico que enmarcaba unas impresionantes vistas del fiordo.
La vida física de un snowhotel es efímera, de hecho, mi habitación, como el resto de infraestructuras de hielo, desaparecería con la llegada de la primavera. No así en mi memoria porque la experiencia de pasar la noche en un hotel de hielo es, sencillamente, imborrable.
Para dormir en un hotel de hielo necesitas saber que…
Por muy friolero que seas, no vas a pasar frío. Los sacos de dormir resisten temperaturas de hasta -30 grados. Haz caso a las recomendaciones y no te abrigues en exceso o acabarás pasando calor.
Aunque a simple vista lo parezca, la cama no es de hielo. Tiene un colchón al uso con una capa de aislamiento térmico adicional.
Las luces de la habitación, como las del resto del complejo, permanecen encendidas toda la noche. Tenlo en cuenta porque tal vez necesites un antifaz para dormir.
Si no puedes vivir sin el móvil, puedes meterlo dentro del saco sin miedo a que se estropee. El resto de tus pertenencias, a no ser que quieras que se congelen, en consigna.
¿Necesitas ir al baño? Sé valiente, sal de saco y trata de llegar cuanto antes al edificio principal.
En el hipotético caso de que no puedas conciliar el sueño, puedes optar por pasar la noche recostado cómodamente en los sofás de las zonas comunes.
Si viajas con niños, debes saber que en el caso del Kirkenes Snowhotel la edad mínima es de 7 años.
El precio medio de una habitación doble aquí ronda los 280€ por persona (2.500 coronas noruegas).
Este hotel permanece abierto del 20 de diciembre al 20 de abril.
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Si sigues mi trayectoria a través de los artículos que voy publicando en esta ventana abierta al mundo, habrás notado mi creciente interés por el enoturismo. Una fórmula viajera cuyo éxito radica en aunar alrededor de la cultura del vino un variado abanico de experiencias que nos permiten conocer un destino desde dentro, acercándonos a la forma de vida de sus gentes, a su cultura, a su gastronomía y a los encantadores espacios rurales que pueblan nuestra geografía.
Sin duda, el otoño es la mejor época del año para una escapada enológica y por ello quiero que conozcas Vivanco, un espacio dedicado al vino y su cultura que recibe más de 100.000 visitantes al año ubicado en Briones, un precioso y monumental pueblo de La Rioja Alta. Tierra con nombre de vino en la que el enoturismo ya se ha consolidado como uno de sus principales atractivos.
¿Qué hacer en Vivanco?
¿Qué nos propone Vivanco? Un universo de experiencias sensoriales que podemos oler, tocar y paladear en las que el vino es el gran protagonista. Te hablo de visitar el que según la Organización Mundial del Turismo es el “Mejor Museo de Vino del Mundo”. De conocer los secretos de su espectacular bodega, una de las cien mejores según la lista «Wine&Spirits Top 100 Wineries of the Year for 2015». De ponerte en la piel de estas cuatro generaciones de viticultores vendimiando con tus propias manos las uvas de sus viñedos para conocer sobre el terreno cómo se realiza esta labor. De despertar nuestros sentidos realizando una cata de uvas o de acercarte a la gastronomía local degustando su menú de vendimia con productos de la tierra.
En definitiva, disfrutar de una completa oferta cultural y de ocio que se hilvana en un fascinante viaje que nos conduce del mosto al vino, de la viña a la copa, de la uva al plato y del desconocimiento a la capacidad de distinguir, guiados por un enólogo y un sumiller profesional, entre un Tempranillo, un Graciano o un Garnacha. ¿El objetivo? Descubrir la esencia del vino en una relajante escapada en contacto con la naturaleza.
Museo Vivanco de la Cultura del Vino
4.000 m² que ponen de manifiesto la relación que ha tenido el hombre y el vino durante 8.000 años de historia. Así es este museo que representa el mayor referente de la labor de la Fundación Vivanco. Un funcional y moderno espacio que acoge la colección de esta familia bodeguera riojana en el que no faltan antiguas vasijas, prensas y obras de arte diferentes épocas y vanguardias creadas por genios como Picasso, Durero, Miró, Sorolla o Dalí. Grandes artistas que también se enamoraron del vino y quisieron plasmarlo en su trabajo.
Todo ello presentado de forma visual, creativa e innovadora. Como innovador es enriquecer su legado con su particular homenaje al viñedo, el Jardín de Baco, donde podemos encontrar más de 220 variedades de uva, o su Centro de Documentación que aglutina incunables, postales, fotografías, minutas de restaurantes y tratados de doctorados con la huella del vino como referente indiscutible.
Vivanco, un destino para toda la familia
Conscientes de que el enoturismo es una práctica abierta a todo tipo de visitantes, independientemente de la edad y de los conocimientos previos que se tengan, Vivanco realiza a lo largo de todo el año una serie de actividades diseñadas para disfrutar en familia que, de forma lúdica y amena, acercan la cultura del vino a los más pequeños.
Son los Vivanco Kids, talleres infantiles que despiertan la curiosidad, la creatividad y las ganas de aprender de los niños a través de experiencias singulares que van desde hacer gominolas con uvas al placer de jugar en el espacio de una bodega. ¿Un ejemplo? La huella del viñedo, una actividad que se realiza todos los sábados y domingos de octubre de 11:00 a 15:00h. que les permite vivir la época de la vendimia de una forma muy especial: acariciando las hojas, probando los primeros racimos de la temporada, distinguiendo diferentes texturas y colores…
Informado quedas. Si buscas una escapada otoñal en la que ni las prisas ni el estrés tienen cabida, pon rumbo a La Rioja y anímate a compartir la cultura del vino en Vivanco. Como expuso Plinio el Viejo: “In vino veritas” (en el vino está la verdad).
Ubicación: Carretera Nacional 232. Briones. La Rioja. Información gratuita: 900 823 536
No hay nadie que no sueñe con verlas y encontrarse frente a frente con estas damas esquivas, caprichosas y exigentes que el hombre bautizó como auroras boreales. Un fenómeno natural producido por la interacción de las partículas solares con los gases de la atmósfera terrestre que llena de magia las noches despejadas y oscuras de la Laponia noruega, uno de los mejores lugares del mundo para observarlas. En el lejano norte, por encima del Círculo Polar Ártico, pintando de verdes, rojos y azules sus eternos paisajes cubiertos de nieve y decorando con su mística danza rincones como las Islas Lofoten, Tromsø o Svalbard.
Auroras boreales en la Laponia noruega
En está ocasión no voy a contarte los misterios y leyendas que rodean su origen. Tampoco encontrarás consejos para cazarlas ni las mejores técnicas para fotografiarlas. Ya habrá tiempo para eso más adelante. Te voy a hablar de emociones, de sentimientos, de lo que supone asistir por primera vez al grandioso espectáculo de las luces del norte. Dando voz a otros privilegiados que también tuvieron la suerte de presenciar el mayor espectáculo del firmamento y en primera persona. Sueña con sus descripciones y recuerda que si deseas algo con mucha fuerza acabará sucediendo.
Joan Vendrell, fotógrafo freelance cofundador de Naturpixel
Cuenta la leyenda que en los territorios del norte vivía una manada de lobos fascinada por la aurora boreal. Después de un intenso debate sobre su origen, uno de los lobos jóvenes decidió aventurarse hasta que encontrara su origen. Aún esperan su regreso y por eso, cuando hay luna llena, aúllan para que sepa dónde está el resto de la manada.
Tener la posibilidad de observar la aurora boreal te hace sentir grande e insignificante a la vez. Es una experiencia única y fantástica. Fotografiarla te hace sentir aún más privilegiado.
Dani Keral, soñador en Un Viaje Creativo
«Un orgasmo boreal que encendió el cielo y la tierra de un verde extraterrestre…» escribí en mi cuaderno aquella noche. Ya la había visto tres días antes, perdido en mitad de la nada junto a un suizo que me recogió en su todoterreno a 20 kilómetros de Tromsø. Aquella fue la primera, tímida pero bella.
La siguiente fue en Svalbard, el lugar poblado más al norte del planeta, y se quedó grabada en mis pupilas. De improviso, sin trípode, paseando distraído por las calles de Longyearbyen, apareció la cosa más bestial que habían visto mis ojos. No dio tiempo casi a reaccionar: se desnudó y apareció tremenda, reluciente… La abducción fue inmediata. Ni las temperaturas de -15 grados impidieron que ambos nos dedicáramos infinitas miradas. Aurora llegó… y conquistó hasta la última de mis células.
Oliver Vegas, fotógrafo freelance
Ver y no creer. Creer y no poder parar de mirar. La sensación que te produce la primera aurora boreal es alucinante, sobre todo, cuando las expectativas son grandes y nunca sabes si el tiempo va a acompañar para poder verlas. Sucedió muy cerca de Kirkenes, en un campamento aislado libre de contaminación lumínica. Esperé varias horas, mirando el reloj, y me desesperé al ver que las nubes no dejan ver un cielo estrellado. Se acercaba la hora en que debía aparecer… Y poco a poco se despeja, miras el cielo y sigues sin ver nada. Como estás tan emocionado, cualquier luz te parece una aurora.
De repente, ¿qué es esa especie de nube alargada que está creciendo y se mueve? Lo primero que haces es ir corriendo a coger el trípode, nunca sabes lo que va a durar. Lentamente aparecen luces que se mueven por el cielo. No sé, no puedes describirlo, entre emoción, ganas de disparar, ahora desde aquí, ahora desde este otro ángulo. Y sin querer, disparas una y otra vez mientras te pierdes en un mundo de emociones frente a una aurora, una forma de espejismo que se hace realidad.
Silvia Fenoy, Depto. Producto y Ventas Tourist Forum
Tenía que vivirlo. Al menos una vez en la vida. No podía ser de otra manera. Era nuestra última oportunidad en la Laponia noruega. Se acercaba la noche y las posibilidades aumentaban, así lo indicaba la aplicación móvil que todos nos habíamos descargado y que no dejábamos de comprobar. Entre las 00.00h y las 03.00h probabilidad máxima. Y puntual como un reloj, a las 00.00h, apareció la primera. El cielo estaba totalmente despejado, y de golpe un baile de luces, tímidas al principio, dos segundos y fuera. ¿Es eso? Primero dudas. Luego más luces, cada vez más intensas. Por fin, ante mis ojos, se presentaban las misteriosas auroras boreales. Espectacular. Imposible expresarlo con palabras. Allí estábamos, el cielo y yo. Nadie más. Nada más. Silencio. Paz. Llegas a sentirte tan pequeño ante su baile que una vez desaparecen, no puedes más que estar agradecido a la vida y a la naturaleza por esos escasos minutos vividos. ¡Una experiencia inolvidable!
Elisabet García y Mar González, La gran escapada
Aún nos emocionamos al recordarlo. Nos encontrábamos en las afueras de la ciudad noruega de Tromsø junto a otras decenas de personas que, como nosotras, llevaban casi dos horas mirando el cielo a la caza de una aurora boreal. De repente, un haz de luz tenue se asomó en el horizonte, nos quedamos con la mirada fija; al principio sólo era una débil luz blanquecina que apenas se distinguía de las nubes.
Entonces empezó a moverse, a cambiar, se volvió verdosa y apareció otra más a su lado de mayor intensidad, escalando el cielo por detrás de las montañas. Fue una experiencia mágica que jamás olvidaremos.
Mª Victoria Marin, responsable departamento Escandinavia, Báltico y Rusia. Panavisión Tours
Mi primera aurora… Era el objetivo primordial de ese viaje. Todos los inviernos viendo pasar fotos y vídeos impresionantes…Llegamos a Tromsø y después de la cena estaba agotada, el madrugón, los vuelos…Pero tenía que intentarlo. Me dirigí al puerto, y aunque me parecía que habría demasiada luz, después de hacer unas cuantas fotos nocturnas esperé y comenzaron a aparecer las luces que bailaban en el horizonte. Al principio parecía un foco desde la montaña, pero comenzaron a cruzar el cielo haciendo formas redondeadas. Aún no había mirado como fotografiarlas y me pilló totalmente desprevenida.
Las sensaciones que te invaden cuando las ves… ¿Te acuerdas cuando abrías un regalo que llevabas esperando un año cuando eras pequeña? ¿Esa emoción y expectación por saber cómo será y esa felicidad al conseguirlo? Así es. Un regalo de la naturaleza que se queda grabado en tus retinas. Y lo mejor, cada vez es un regalo nuevo.
José Miguel Redondo “Sele”, El rincón de Sele
Mis primeras auroras boreales fueron en la Laponia Noruega. Llevaba años intentando cazar auroras boreales en Islandia, Finlandia y la propia Noruega, pero no había tenido suerte alguna. El día que había actividad geomagnética el cielo estaba nublado por completo. Y el día que no la había se despejaba totalmente. Hasta este último año en que viajé a Tromsø y las islas Lofoten en la Laponia Noruega con el objetivo firme de cumplir ese sueño que tanto se me llevaba resistiendo. Y no tardó en suceder. Apareció la primera noche y llegando a nuestras cabañas de madera una cinta de luz atravesaba el cielo como si fuese un puente. Los ojos, en cuanto se hicieron a la oscuridad, fueron captando el verdor de aquellas formaciones que se contoneaban como bailarinas.
No podía dar crédito. En ese momento saqué la cámara corriendo y el frío, que era bastante notable a esas alturas de la noche, pareció desaparecer. Estaba tan nervioso y tan entusiasmado que siendo friolero por naturaleza se me olvidó que fuera andábamos a unos diez grados bajo cero. Sólo me importaban aquellas columnas verdes que jugaron con nosotros hasta desaparecer de aquel horizonte superado por los vientos árticos. Apreté el puño y grité: ¡Por fin! Otro sueño cumplido y la sensación imperiosa de ir a por más. A la noche siguiente, cerca de las islas Vesterålen, el show de auroras fue mucho más grande y duradero. Y ya más tranquilo, me dediqué simplemente a disfrutar y asimilar lo que el cielo nos estaba mostrando en ese momento.
Mi aurora boreal, mi sueño, mi momento estelar en la Laponia Noruega
Como comenté en mi artículo 10 razones para viajar a la Laponia noruega y desear volver, tuve ocasión de ver tres auroras boreales: casi un espejismo con mi nariz pegada a la ventanilla del avión, difusa y etérea en el puerto de Tromsø y en todo su esplendor en Kirkenes. ¿Recuerdas cuando mencioné aquello de desear algo con toda tu alma? Pues eso hice cada una de las noches que pasé en la Laponia noruega. No podía fallarme, ella no. Acudiría a mi encuentro.
Y así fue. Divina, coqueta y sintiéndose cómplice de la magia de Noruega, apuró hasta el último momento para regalarme su abrumadora presencia. Para iniciar su delicada y hechizante coreografía tiñendo la oscuridad con su zigzagueante y embrujador ballet de haces de luz. Para hacerme sentir la partícula más pequeña del universo. Para regalarme unos instantes de felicidad absoluta que hubiera deseado se tornaran eternos. ¿Un privilegio? Sin duda.
Pese a estas sugerentes y descriptivas experiencias debo sucumbir ante la evidencia. Si en algún momento es lícito aplicar el tópico de que una imagen vale más que mil palabras, es al hablar de este fenómeno que ejemplifica la belleza de la naturaleza. Los términos utilizados, aunque cercanos a la realidad, no hacen justicia a la gran dama del norte. Los adjetivos empleados, tampoco. No hay ni una sola palabra capaz de expresar letra a letra el torbellino de sensaciones y el carrusel de sentimientos que a la velocidad del rayo deslumbran tu cerebro y acarician tu alma. Y es que la aurora boreal no nació para ser descrita, nació para ser contemplada, admirada, disfrutada y recordada hasta el fin de tus días.
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“Ofrecer un servicio impecable no es un propósito, es nuestra filosofía”. No puedo estar más de acuerdo con la tarjeta de presentación del Hotel Las Arenas Balneario Resort, un capricho para los sentidos ubicado frente al mar en la Playa de Las Arenas, a pocos minutos del centro de Valencia.
El hecho de pertenecer al selecto club Leading Hotels of The World -en España solo hay 20 establecimientos que hayan logrado esta distinción- ya nos indica su elevado estándar de excelencia. Una tónica que se repite en cada uno de los hoteles que la cadena Santos, fundada en 1970, tiene repartidos en ciudades como Madrid, Barcelona, Mallorca, Granada o Santander, de donde es originaria esta familia de emprendedores que siempre ha apostado por un turismo basado en la calidad, el servicio y la distinción. Una compañía innovadora, sensibilizada por el medio ambiente y todo un referente en la hostelería de lujo cuyo objetivo es hacer que sus huéspedes vivan una experiencia memorable.
Desmontando el Hotel Las Arenas Balneario Resort
Lo primero que llama la atención de este hotel es que conserva la belleza histórica del espacio en que se emplaza. Nada menos que el Balneario las Arenas que desde finales del siglo XIX vio desfilar por sus instalaciones la flor y nata de la sociedad valenciana atraída por sus baños medicinales, sus piscinas y sus encantadoras veladas veraniegas.
Para no perder ni un ápice del glamour de aquellos días, la reconstrucción de este mítico espacio se hizo con sumo cuidado. Empezando por sus columnarios donde se ubica el centro de convenciones cuyos salones posibilitan la celebración de todo tipo de eventos. Lo mismo sucede con la piscina exterior que recupera el proyecto inicial fechado en 1933 conservando el famoso trampolín que decora sus amplias dimensiones.
El resultado, un complejo dotado de 8.000 m² de jardines flanqueado por el hotel propiamente dicho, un edificio de 4 plantas de estilo clásico construido con los mejores materiales. Como el soberbio mármol italiano que cubre el suelo de las zonas comunes y que desde el propio hall te envuelve en un ambiente elegante y refinado. La misma sensación que percibes cuando te acercas a la zona de recepción y eres recibido por un staff tan profesional como amable y cercano. Aquí radica, en mi opinión, una de las grandes bazas de este extraordinario hotel, la política que rige su personal da sentido al término gran lujo. Un solo ejemplo. La fría, metálica y programada wake-up call que he recibido en hoteles de similar categoría, se transformó en una cordial voz que llamándome por mi nombre me deseaba un dulce despertar y el mejor de los días. Y es que en Las Arenas el cliente es mucho más que un número o una tarjeta de crédito y todo está pensado para que cada huésped se sienta una estrella más.
Las habitaciones del Hotel Las Arenas Balneario Resort, mucho más que un espacio pensado para el descanso
Más de 40 m², cama Queen, amplio escritorio, un precioso baño con bañera y ducha independientes, amenities de la prestigiosa firma Hermés y, lo mejor sin duda, una amplia terraza con vistas a la playa y a un Mediterráneo que me daba los buenos días al amanecer y templaba con su murmullo los instantes previos a mi descanso. Así es la habitación Deluxe en la que tuve el privilegio de alojarme. Un espacio acogedor y funcional dotado de todas las comodidades que uno espera encontrar en un hotel de estas características: acceso wifi gratuito, selecto minibar, carta de almohadas, televisión interactiva y vía satélite, vídeo a la carta, cálidos albornoces…
Una meditada combinación de refinamiento y confort que brinda un servicio de gran calidad. Como yo, que alcé mi copa de cava, frente al mar, brindando por la vida y por los regalos que, en ocasiones como esta, tiene a bien ofrecerme.
Los sabores del Hotel Las Arenas Balneario Resort
Sublime, adopte el formato que adopte. Es el mejor adjetivo para definir la oferta gastronómica que nos propone el chef José María Baldo y su equipo. Desde el desayuno, un irresistible abanico de propuestas saladas y dulces que en temporada se pueden disfrutar en el jardín, a los sabores frescos y ligeros de la carta del pool bar, pasando por los cócteles que con maestría elaboran en el lobby bar.
Capítulo aparte merece la Brasserie Sorolla, fiel reflejo de la cocina tradicional valenciana y, probablemente, una de las apuestas culinarias más recomendables de la capital del Turia. La audaz y cuidada presentación de cada uno de sus platos es la antesala a un festín de placeres para el paladar. Sepietas salteadas con ajos tiernos, presa ibérica, rodaballo a la brasa, fideuá marinera… Y, cómo no, tratándose de Valencia, paellas y arroces a cual más delicioso. Yo probé un exquisito arroz del senyoret y el mejor arroz negro con calamarcitos, ajetes y almejas que he catado en mi vida. Sencillamente, excelente.
¿Una sugerencia para los más golosos? 100% chocolate (sorbete de cacao, bizcocho de choco Tropilia 70, espuma de choco Macae 64 y flan de chocolate blanco).
Las piscinas y el spa Las Arenas, un oasis de salud y relax
Aunque cualquier momento del día es perfecto para disfrutar de un baño ya sea en la piscina climatizada con vistas a los jardines o en la ya mencionada piscina exterior para adultos, diseñada por el conocido arquitecto Luis Gutiérrez, sería un error pasar por alto el magnífico spa Las Arenas.
Hoy en día, los tratamientos ya no se realizan en las bañeras macizas de mármol que decoran la entrada de este sugerente espacio dedicado a la salud y el bienestar sino en un entorno de curvas forradas de mosaico vítreo que nos recuerdan la presencia del cercano mar. Es aquí, en un espacio vanguardista y cálido, donde discurre el recorrido termal. Ducha escocesa, sauna, poza fría, baño de vapor, fuente de hielo, ducha de aromaterapia, camas de burbujas, jacuzzi interior y exterior, piscina de efectos…
Un saludable y relajante itinerario que merece la pena completar dejándote mimar por grandes profesionales que llevan a cabo exclusivos y personalizados tratamientos Sisley y rituales destinados a lograr el deseado equilibrio entre mente y cuerpo. Terapias orientales, cromoterapia, envolturas, cuidados faciales, todo tipo de masajes… Yo me rendí ante el Sublime de Argán, un masaje hidratante, nutritivo y anti-edad realizado con acierte puro y 100% orgánico de Argán. Aún recuerdo la sensación de tocar el cielo a través de las manos de mi masajista. Una vez más, sublime.
Y hasta aquí mi reseña del Hotel Las Arenas Balneario Resort, un emblemático establecimiento que pude conocer con motivo de la celebración de su 10º aniversario, una efeméride cuyo punto culminante fue la fiesta Feelling the excellence. Una velada inolvidable que nos transportó a sus orígenes, a los lejanos años 20 con espectáculos, animaciones, recreaciones históricas y música en vivo en la que intervinieron un centenar de actores y bailarines.
Confort, innovación, magníficas instalaciones, exquisito mimo por los detalles, excelente gastronomía y una atención al cliente inmejorable y cercana que solo las empresas familiares pueden ofrecer. Estas son las señas de identidad de Las Arenas Balneario Resort, un hotel que lleva el término lujoa un nivel superior.
Habitaciones: 253 (Classic, Deluxe, Executive, Classic triple, Classic familiar, Familiar Deluxe, Suite Mare Nostrum. Suite Las Arenas y Suite Malvarrosa), equipadas con baños con cabina hidromasaje y bañera, televisión de plasma vía satélite, acceso gratuito a internet wifi y reproductor de música. La mayoría cuentan con amplias terrazas con vistas al Mediterráneo.
Servicios: Recepción 24 horas. Servicio de habitaciones. Brasserie Sorolla. Lobby bar. Blue Pool & Bar Restaurant. Restaurante Snack. Internet Center. Spa. Peluquería. Piscina climatizada. Piscina exterior para adultos y piscina infantil. Solárium. Fitness Center. Pista de pádel. Miniclub Octopus (disponible durante Semana Santa, verano y Navidades y Fin de Año). Centro de convenciones. Servicio de limusinas y coches privados. Información y reservas de campos de golf. En julio y agosto actividades como yoga, aeróbic, gimnasia, pilates y Qigong.
Nota: Esta reseña ha sido posible gracias a la invitación recibida por el Hotel Las Arenas Balneario Resort perteneciente a la cadena Hoteles Santos y que gestionó la agencia de comunicación RV Edipress.
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