Plantearse qué ver y hacer en Dublín es una pregunta fácil de extensa respuesta. Dublín es sinónimo de pintas en el Temple Bar, de irish breakfast, de Joyce, U2 y Molly Malone, de cielos plomizos, lluvia e inesperados rayos de sol, de paseos por el Liffey, de instituciones culturales… Es el feudo del craic y de las buenas vibraciones que revolotean sobre un mestizaje de razas y credos que la historia convirtió en la capital de la República de Irlanda.
Ha’penny Bridge y el río Liffey
Dublín y sus icónicas casas georgianas
No hay excusa para no lanzarse a conocer a esta señorita alegre, cultureta y musical que reina con su atractiva personalidad en la isla Esmeralda. Los vuelos low cost la hacen accesible, su manejable tamaño no roba más de un fin de semana y quien la visita repite. ¿Tendrá algo que ver el afable carácter de los dublineses? Suena a tópico, lo sé. Siéntate con ellos alrededor de una Guinness y a la vuelta me cuentas.
Mientras tanto, acompáñame en este recorrido en el que te muestro qué ver y hacer en Dublín.
Dublin Pass y Dublin Bus Tour: dos tips para planificar tu visita
Para no perderte lo mejor de Dublín, una buena opción es adquirir la tarjeta turística Dublin Pass con la que podrás entrar en sus principales puntos de interés. Con ella no solo ahorrarás dinero, también tiempo evitando las colas en lugares como la Guinness Storehouse, la cárcel Kilmainham o Dublinia.
Estatua de Moly Mallone
A pesar de ser una ciudad muy cómoda para recorrerla a pie, si te gusta que te lo den todo hecho, el Dublin Bus Tour es tu mejor opción. Esta compañía de autobuses verdes cuenta con dos líneas que te dejarán en la puerta de las principales atracciones de la ciudad. Muy recomendable si quieres visitar enclaves más alejados del centro como la cárcel de Kilmainham, el Phoenix Park o la zona de los Docklands.
Dublin Bus Tour
¿Qué ropa debo llevar en la maleta?
Llénala de «por si». Por si llueve, por si luce el sol, por si hace frío… En Dublín es normal pasar por las cuatro estaciones del año en un solo día así que lo mejor es vestirse en plan cebolla e ir quitándote capas en función de la cambiante climatología local. Sobre todo, no dejes que los cielos grises y la lluvia minen tu moral. Es su estado natural y forma parte de su encanto. O como dicen los dublineses: si no te gusta el tiempo, espera diez minutos.
Ahora sí. Empezamos con las visitas imprescindibles y los mejores planes que he seleccionado para fotografiarte esta vibrante ciudad palmo a palmo.
Qué ver y hacer en Dublín: The Temple Bar
No podrás decir que has estado en Dublín si no te dejas caer por las adoquinadas calles del Temple Bar, el barrio más animado y divertido de la ciudad. El sanctasanctórum de los devotos de la cerveza y de la música tradicional. Un enjambre de pubs que discurre entre el río Liffey y Dame Street encerrando en su seno el alma de Dublín cada noche. Lucharás por hacerte un hueco frente al escenario del propio Temple Bar, parada más que obligada desde 1840, huyendo de las hordas de turistas que solo entran a hacerse la foto. Tú sabes más que ellos así que lograrás encontrar tu espacio para disfrutar de una actuación en directo. Otra opción: tómate un tradicional estofado irlandés (irish stew) en del Oliver St. John Gogarty, al lado del busto del poeta que le brinda su nombre.
Callejeando por el Temple Bar. Dublin
The Temple Bar, un qué ver en Dublín en toda regla
Según Leopold Bloom, el protagonista del Ulises de Joyce, cruzar Dublín sin pasar frente a una barra sería un buen rompecabezas.. Por si te sirve de ayuda, teniendo en cuenta que hay más de 1000 a ambos lados del río, en su día elaboré una ruta de pubs con mis 10 recomendaciones.
Músicos en The Temple Bar
Pero el Temple Bar no es solo el olimpo de los noctámbulos y de los músicos callejeros que se adueñan de cualquier rincón. La zona vieja de Dublín, el lugar en el que los vikingos se establecieron en el 795 d. C., cuenta con una potente oferta cultural en la que no faltan galerías de arte, teatros, salas de cine, estudios… ¿Tres propuestas? El Irish Film Institute, la National Photographic Archive and Gallery y sus mercadillos del sábado. Para gourmets en busca de productos ecológicos, el Food Market (Meeting House Square), libros de segunda mano y vinilos en el Book Market (Temple Bar Square), y diseños y artesanías locales en el Designer Mart (Cow’s Lane).
Un delicioso irish stew en Oliver St. John Gogarty
CONSEJO VIAJERO →¿Qué hacer en Dublín? Realizar un tour nocturno en español por el Temple Bar con cata de cervezas para descubrir los mejores pubs de Dublín y conocer sus historias y leyendas.
Qué ver en Dublín: Trinity College y el Libro de Kells
Pasear por su enorme campus, respirar el ambiente estudiantil que vivieron personajes como Oscar Wilde, Bram Stoker o Jonathan Swift, visitar su magnífica biblioteca y admirar el Libro de Kells -un valiosísimo manuscrito escrito alrededor del 800 d.C. por monjes irlandeses- son motivos más que suficientes para visitar el Trinity College. La universidad más antigua de Irlanda fundada en 1592 por la Reina Isabel I.
Trinity College
Esfera dentro de una esfera
Ni recuerdo el tiempo que pasé en la sala principal de la antigua biblioteca, la famosa Long Room, buscando qué nombres esconden los bustos de mármol que la custodian, fijándome en cada detalle de sus viejas estanterías y empapándome del olor a madera. No sé si será una de las bibliotecas más bellas del mundo pero realmente es impresionante. Sin duda, un imprescindible en este listado sobre qué ver y hacer en Dublín.
The Long Room
Detalle de la biblioteca del Trinity College
La biblioteca del Trinity College posee la mayor colección de manuscritos y libros impresos de Irlanda
CONSEJO VIAJERO → No viajes sin seguro Tu seguridad y tranquilidad es lo primero, así que, si vas a viajar a Dublín, haz como yo y contrata un seguro de viajes con Chapka. Para estancias inferiores a 90 días, te recomiendo el Cap Trip Plus por sus amplias coberturas. Además, si lo contratas a través de mi web, obtendrás un 7% de descuento usando el código OBJETIVOVIAJAR. No lo dudes, contrata aquí tu seguro de viajes y disfruta de una aventura asegurada.
Guinness Storehouse, una cita imprescindible en Dublín
Sin duda, uno de los platos fuertes de cualquier itinerario que englobe qué ver y hacer en Dublín es la Guinness Storehouse. Este templo para los amantes de la cerveza, situado en el complejo de la mítica fábrica Saint James’s Gate, es para muchos la principal atracción turística de la ciudad. Una gigante pinta de Guinness distribuida en siete plantas que recorre la historia de la cerveza negra más famosa de Irlanda y cuya visita concluye en el famosísimo Gravity Bar degustando una cremosa pinta y contemplando una espectacular panorámica de la ciudad desde sus cristaleras. 360 grados de vistas.
Guinness Storehouse, una visita imprescindible en Dublín
Gravity bar de la Guinness Storehouse
CONSEJO VIAJERO → Si tu nivel de inglés no es muy alto y no quieres perderte ni un detalle a la hora de visitar la Guinness Storehouse, te recomiendo que contrates una visita guiada en español. Te va a costar lo mismo que la entrada en taquilla, no tendrás que hacer cola e incluye también una pinta o un refresco en el Gravity Bar. Tras hacer la reserva recibirás un bono de confirmación que podrás imprimir o llevar en tu móvil.
Guinness Open Gate Brewery de Dublín: un imprescindible para los entusiastas de Guinness
Si eres un auténtico fan de la espuma, del sabor y de una buena charla entre amigos pinta en mano, incluye en tu agenda la visita a la Guinness Open Gate Brewery. En esta cervecería que ha abierto sus puertas recientemente podrás probar las últimas creaciones de la marca. Delos barriles al vaso y en primicia.
Guinness Open Gate Brewery
¿De qué tipo de cervezas estamos hablando? Pues de ediciones especiales y, por supuesto, de tres imprescindibles: la Guinness Draught -la más famosa y vendida-, la Hop House 13 -lager dorada con sabor afrutado, y la Pure Brew Lager (sin alcohol).
Lo mejor es que podrás hacer tu cata personalizada en compañía de los maestros cerveceros que las han creado y que resolverán todas tus dudas sobre el proceso de elaboración: el tipo de malta, la escala de lúpulo, los ingredientes utilizados…
Cata de cervezas en la Guinness Open Gate Brewery
No lo dudes. Reservar tu entrada online -son solo 9€-, y disfruta de una de las experiencias más auténticas que puedes vivir en Dublín. ¿Dónde? En James’s Street, justo al lado de la Guinness Storehouse. Sláinte!
Kilmainham Gaol
La visita a Kilmainham Gaol, la cárcel de Dublín, es un imprescindible con mayúsculas para conocer el pasado de Irlanda. Un recorrido guiado que no deja indiferente ya que sus muros fueron la última morada de muchos nacionalistas irlandeses que lucharon por alcanzar la libertad frente al gobierno británico.
Visita guiada a Kilmainham Gaol
Candados que encierran miles de historias
La atmósfera que se respira en el gélido testigo de los episodios más trágicos del nacimiento de Irlanda es asfixiante, los relatos, escalofriantes. Corredores, galerías, celdas selladas con infranqueables candados, patios que sirvieron de escenario a las ejecuciones y un museo que profundiza en el conflicto irlandés y nos da una visión más amplia sobre la historia política y penal de esta prisión. Pon esta visita en las primeras posiciones de qué ver y hacer en Dublín.
Old Jameson Distillery
Agua, cebada, levadura y un toque de magia. Si quieres conocer todos los entresijos del proceso artesanal de elaboración de un buen whisky irlandés, tienes una cita en Bow Street. Allí te espera The Old Jameson Distillery, fundada por John Jameson en 1780. Audiovisual introductorio, amena visita guiada por el museo y cata final. Menos masificada que la Guinness Storehouse y, en mi opinión, más auténtica. ¿Un dicho popular? Dios inventó el alcohol para que los irlandeses no dominaran el mundo.
Old Jameson Distillery
Whisky irlandés
Saint Patrick’s Cathedral
La Catedral de San Patricio, dedicada al patrono de Irlanda, es uno de los pocos edificios que quedan del Dublín medieval. Esta Catedral, la más grande del país, alberga tesoros como el coro -decorado con los estandartes de los Caballeros de San Patricio-, obras de Roubiliac, Rysbrack y Nollekens, la tumba de Jonathan Swift – autor de Los viajes de Gulliver-, y la estatua de San Patricio con las manos alzadas en señal de bienvenida. Tras contemplar su belleza gótica, siéntate en uno de los bancos del parque que está junto a ella para ser consciente de su potente factura exterior. Cuentan que fue aquí dónde San Patricio bautizaba a los paganos para convertirles al cristianismo. Precio de la entrada: 6€.
Saint Patrick’s Cathedral
La Catedral de San Patricio se construyó entre 1220 y 1260
Christ Church Cathedral
Otro emblema de la arquitectura irlandesa de la Edad Media es la Christ Church Cathedral. Muchos viajeros suelen pasarla por alto por aquello de que vista una catedral, vistas todas. Tremendo error. Es la más antigua de la ciudad y su cripta, con sus gruesas columnas de piedra, una de las más grandes de Gran Bretaña e Irlanda. Olvídate del gato y la rata que quedaron atrapados en el órgano allá por 1860 y céntrate en el resto. Precio de la entrada: 6€.
Christ Church Cathedral
The National Gallery of Ireland
Un estupendo alto en el camino de carácter cultural y además gratuito. Pinturas de los principales maestros holandeses, obras de Picasso, Monet, Goya, Murillo, destacadas muestras del barroco italiano, acuarelas, dibujos, grabados, esculturas… Más de 12.000 obras de arte se dan cita en esta galería que podrás recorrer con un servicio de audioguía. Una sugerencia muy personal: relájate unos instantes tomando algo en su Gallery Café. No encontrarás un lugar más tranquilo en todo Dublín para hacerlo.
The National Gallery
Gallery Café
Dublin Castle
Aunque su fisonomía apenas recuerde la de un castillo, ya que salvo por la torre medieval – The Record Tower- y los restos de las originales murallas, se difumina con el resto de edificios que lo abrazan, el Dublin Castlefue en su día el principal testigo de la historia de esta ciudad. Desde su construcción, en el siglo XIII, ha sido un asentamiento vikingo, fortaleza militar, prisión, tesorería… El precio de la visita guiada (50 minutos de duración) es de 8,50€
Patio interior del castillo de Dublin
The Record Tower
Chester Beatty Library
Otro magnífico bastión cultural es la Chester Beatty Library, un inagotable compendio de tesoros artísticos que recoge en forma de manuscritos, grabados, miniaturas y libros antiguos el legado de las grandes culturas y religiones del mundo. Y todo gracias a Sir Alfred Chester Beatty, un magnate americano que donó toda su colección a la ciudad de Dublín. Entrada gratuita.
Chester Beatty Library
Dublín en verde: Saint Stephen’s Green, Merrion Square y Phoenix Park
Si te gusta la naturaleza, tienes una cita en Saint Stephen’s Green, mi parque favorito. De estilo victoriano, céntrico y cargado de encanto, es el lugar al que acuden los dublineses para darse un respiro, almorzar y desconectar del ritmo trepidante que reina en las calles que lo rodean. Paseos arbolados, estanques con cisnes y patos, fuentes, esculturas…. Nueve hectáreas de manto verde en las que desearías que el reloj se detuviera.
Saint Stephen’s Green
Saint Stephen’s Green, Dublín en verde
Algo parecido ocurre con su hermano pequeño, el elegante y georgiano Merrion Square Park, que a diario ve desfilar a decenas de turistas que hacen cola para inmortalizarse junto a la escultura de Oscar Wilde, su vecino más ilustre. Fíjate en la colección de farolas que hallarás a tu paso, son las que alumbraron el Dublín del siglo XIX.
Merrion Square Park
Escultura de Oscar Wilde
He dejado para el final el Phoenix Park, el verdadero pulmón verde de Dublín. Con más de 700 hectáreas de extensión, está considerado el mayor parque urbano de Europa y alberga el Zoo así como una serie de casas señoriales entre las que destaca la residencia oficial del Presidente de Irlanda. Para recorrerlo y, con algo de suerte, ver alguna familia de ciervos, lo mejor es alquilar una bicicleta a la entrada del parque (2 horas 5€).
Qué ver en Dublín: Grafton Street y O’Connell Street
En Grafton Street, la bulliciosa calle peatonal que sirvió de escenario a la película Once, los músicos callejeros, imitadores y demás aspirantes a estrellas compiten por robar la atención a las tiendas de lujo y comercios de todo tipo que los rodean entre coloridos puestos de flores. No te olvides de saludar a uno de los que lo consiguió, Phil Lynnot, que posa apoyado en su bajo en el cruce con Harry Street. Tras presentarle tus respetos al líder de la mítica banda Thin Lizzy, sería una descortesía no hacer lo propio con Molly Malone. Encontrarás a esta vendedora de mejillones de día, chica alegre de noche, en Suffolk Street, justo delante de la Discover Ireland Tourist Office.
Estatua de Phil Lynott
Puesto de flores en Grafton Street
Músico callejero en Grafton Street
Tampoco puedes abandonar la ciudad sin saludar a James Joyce. Te espera en la otra orilla del río, en North Earl Street, a unos pasos de O’Connell Street, la avenida más importante del norte de Dublín. ¿Ves esa aguja de 120 metros de altura? Se conoce como Spire y por las noche se ilumina su punta a modo de faro sobre el cielo de Dublín.
Estatua de James Joyce
O’Connell Street y Spire
El río Liffey
Pasear a la vera del río Liffey, la espina dorsal que divide Dublín en dos, es un relajado plan que te permitirá conocer los numerosos puentes que lo salvan. Algunos ejemplos: los dedicados a James Joyce y Samuel Beckett, el Millenium Bridge, O’Connell Bridge y, por supuesto, Ha’penny Bridge. Uno de los grandes símbolos de la ciudad cuyo nombre recuerda el peaje de medio penique que debía pagar todo aquel que quisiera cruzarlo hasta 1919.
Ha’penny Bridge
O’Connell Bridge
Samuel Beckett Bridge
Recorrer el cauce de la que fue la puerta de entrada de los vikingos de día vale la pena y de noche se convierte en casi una obligación. Un perfecto punto y final a una jornada descubriendo los mejores rincones de Dublín.
Atardece sobre el Liffey
Qué ver en Dublín: Los Docklands
Otro estupendoplan: acércate a la renovada y revitalizada zona de los Docklands. Yo lo hice caminando desde Merrion Square bordeando el Grand Canal Dock. Esta zona del puerto de Dublín es la más moderna y alberga instituciones culturales como el Bord Gáis Energy Theatre o The Design Tower. Esta última es una antigua refinería de azúcar donde se dan cita los mejores artistas irlandeses, y barcos convertidos en cafeterías o galerías.
Bord Gais Energy Theatre
Grand Canal Dock
Para ser sincera, mi objetivo final era peregrinar hasta Windmill Lane, los estudios donde U2 grabaron sus tres primeros álbumes. No los busques, desgraciadamente fueron demolidos hace años y decenas de grafitis dan fe de ello. Recuerdo que, sentada en un banco frente al río, imaginé a unos jóvenes Bono, The Edge y compañía caminando sobre los adoquines rumbo al estudio…. ¿Piel de gallina? Exacto. Para qué negarlo.
Grafitis en los alrededores de Windmill Lane
Tras los pasos de U2 en Dublin
El banco de mis reflexiones
Tras estas recomendaciones, solo me queda despedirme con una frase en gaélico que encierra la magia de Dublín: ‘Beidh ceol, caint agus craic againn’. O lo que es lo mismo: tengamos música, charlemos y a pasarlo bien. Con este qué ver y hacer en Dublín espero haber despertado tu curiosidad por una de las ciudad más atractivas que conozco.
Las mejores excursiones en Dublín y alrededores en español
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Cuando surgió la posibilidad de probar la cocina que elaboran en el Restaurante Maru no lo dudé ni un momento. Había leído muy buenas críticas sobre este establecimiento y quería que mi paladar las pusiera a prueba.
Para ello me dirigí hasta el número 37 de la Calle Reina que está situada muy cerca de la Gran Vía, concretamente en Chueca, uno de mis barrios favoritos de Madrid. Que compartiera calle con el famosísimo Yakitoro del mediático chef Alberto Chicote me apreció un guiño más que acertado para un local especializado en gastronomía coreana y japonesa.
Una vez allí me encontré con un restaurante amplio y agradable cuyas paredes lejos de recoger símbolos de la cultura asiática estaban llenas de recuerdos de distintas ciudades españolas. Una original decoración que enmarca sus dos ambientes en cuyas mesas no podían faltar las tradicionales barbacoas coreanas.
Tras ojear la carta y ante la posibilidad de perderme ante tantos platos desconocidos para mí, opté por lo que hago siempre que voy a conocer un nuevo restaurante: dejarme aconsejar por el camarero. Sobre todo en este caso ya que la cocina coreana se caracteriza por ser muy picante y especiada y no sabía si mis papilas gustativas estarían a la altura de los fogones del Maru por mucho que Kim, cocinero y dueño de este local, lo haya rebajado al gusto europeo.
Entre risas y explicaciones -todo el personal es muy atento y cercano- diseñamos el menú de mi primera experiencia en el universo de los sabores coreanos.
De entrada y como aperitivo nos sirvieron los entrantes de la casa: brotes de soja, calabacín, patata rayada y kimchi, un plato típico a base de col china fermentada con salsa de guindilla que los coreanos suelen preparar en grandes cantidades ante de que llegue el invierno para poder consumirlo durante todo el año. ¿Su sabor? Entre picante y salado.
A continuación llegaron las gyozas (aquí llamadas Mandu-Gyoza), unas empanadillas caseras de carne con un toque de cebolla caramelizada que desde ya puedo asegurar son de las mejores que he probado en la capital. Crujientes y sabrosas como las que más y absolutamente recomendables. De hecho, pedir solo 4 fue un error que espero subsanar en futuras visitas.
Tras esta primera toma de contacto, llegó el momento de encender nuestra barbacoa y al más puro estilo coreano prepararnos al gusto dos de las especialidades del Maru: Bulgoki y Je Yuk Bo Kum.
El Bulgoki son tiras de aguja de ternera marinada con salsa de soja que te presentan crudas para que tú mismo las cocines a la plancha y te las sirvas como si fuera un burrito sobre hojas de lechuga con un poco de salsa. Un bocado delicioso y nada picante que devoré completamente.
Si quieres emociones más fuertes, el Je Yuk Bo Kum es tu mejor opción. Panceta de cerdo salteada con guindillas y verduras que también haces tú a la parrilla. Eso sí, es para paladares expertos porque picar, pica y mucho. Yo apenas lo probé pero en palabras de mi acompañante era un plato «delicioso y contundente».
Para acompañar nuestra cena optamos por probar la cerveza coreana Hite, la más vendida del país. Se trata de una lager de 4,5º de graduación alcohólica muy fresca que marida bastante bien con este tipo de cocina. Sin pretensiones pero de fácil trago.
Cuando llegamos al capítulo de los postres, para variar, estaba más que saciada así que cerramos nuestra experiencia con un té coreano y unas sorprendentes trufas de té verde.
Durante la sobremesa aproveché para dar una vuelta cámara en mano por el resto de mesas y fotografiar algunos platos más como el Dol sot bibim bab (bol de arroz con verduras y huevo frito con salsa de guindilla dulce) que tenía una pinta estupenda. A esas alturas de la noche, nosotros éramos los únicos clientes occidentales del local. Una inequívoca muestra de que la cocina del Maru satisface los paladares asiáticos que viven o recalan en Madrid.
Del resto de la carta japonesa nada puedo añadir porque no llegué a probarla. Una excusa más para volver a este céntrico y tranquilo restaurante cuya cocina bien merece las acertadas críticas que está recibiendo por su calidad y autenticidad.
Informado quedas. Si quieres descubrir los secretos gastronómicos de Corea del Sur, tienes una cita con tu paladar en el restaurante Maru.
Dónde: Restaurante Maru. Calle de la Reina, 37. Madrid.
Reservas: 915 23 95 31
Cómo llegar: Metro Banco de España (L2) y Gran Vía (L1 y L5).
Precio medio: Menú diario 11,95 €. Comer a la carta 25€ aprox.
Uno de los benditos culpables que hizo que volviera completamente fascinada de Jordania fue el desierto de Wadi Rum. Un área protegida que cubre algo más de 700 kilómetros cuadrados situada al sur del país y que a menudo queda injustamente relegada a un segundo plano frente a la eterna ciudad nabatea de Petra. Yo tuve el privilegio de exprimir su belleza y su dramática soledad al máximo. Hundiendo mis pies en su arena, a bordo de un todoterreno, y a vista de pájaro desde un globo aerostático, tras pasar la noche durmiendo en un campamento que me permitió conocer más a fondo la vida de los beduinos.
El embrujo de Wadi Rum es innegable
Wadi Rum, un desierto único
Cada uno de estos momentos solo me confirmó lo que ya intuía desde la primera imagen que me regaló. Wadi Rum es un desierto muy especial y totalmente diferente a los que he visto hasta el momento. Nada que ver con las dunas infinitas del Sáhara que todos tenemos en mente. Por eso decidí incluirlo en mis 11 razones para viajar a Jordania y por eso me lanzo ahora a relatarte mi experiencia. ¿Mi objetivo? El mismo de siempre; tentarte para que desees forjar tu propia aventura en el seductor Reino Hachemita de Jordania, un país moderno, estable y pacífico que recibe al viajero con los brazos abiertos y la mano tendida. Porque desiertos hay muchos pero Wadi Rum solo uno.
Hundiendo los pies en la arena rojiza de Wadi Rum
Lawrence de Arabia y los rostros del desierto
Visionar Lawrence de Arabia, una de las grandes aportaciones de David Lean a la historia del cine, es una buena forma de aproximarse al universo de sensaciones y emociones que provoca Wadi Rum. Y es que la mayor parte de esta película de corte épico se rodó en este desierto que conjuga kilómetros y kilómetros de fina arena roja y enormes montañas de arenisca y granito que llegan a alcanzar los 1.750 metros de altura.
Paisajes de Wadi Rum
Como dije en su día, el mismo Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, lo describió así “inmenso, solitario… como tocado por la mano de Dios”. A pesar de no profesar fe alguna, no puedo estar más de acuerdo. Wadi Rum es para muchos el desierto más bello del mundo y Jordania no sería lo mismo sin este hipnótico paisaje declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por sus valores naturales y culturales, entre los que se encuentran los antiguos petroglifos dibujados por los nabateos en sus paredes rocosas.
Petroglifos tallados hace cuatro mil años
Una tierra hostil y áspera, en la que establecieron su sede el rey Faisal Bin Hussein y el propio Lawrence durante la Revolución Árabe contra los otomanos en la Primera Guerra Mundial, y cuyas hazañas, además de quedar reflejadas en su libro Los siete pilares de la sabiduría, ya forman parte del folklore local.
Relieve de Lawrence de Arabia en el desierto de Wadi Rum
Un entorno difícil al que dan vida los beduinos que lo habitan y que pertenecen a diferentes grupos tribales entre los que destaca la tribu Zalabia que vive en Rum, el único pueblo que hay en el interior de esta reserva natural. Esta tribu se encarga de muchas de las rutas en jeep y camello y los beneficios que obtienen por su trabajo revierten en la población local. Algo parecido ocurre con el otro grupo predominante, los Zweideh, que se asientan en los pueblos de Disi y que combinan el turismo con la agricultura. Sweilhieen, Omran, Godman y Dbour son el resto de tribus que mantienen vivo el estilo de vida beduina tradicional a pesar de que solo unos pocos continúan siendo nómadas.
Beduino en Wadi Rum
Camellos en Wadi Rum
Los rostros del desierto
Recorrer Wadi Rum en 4×4
Hacer una ruta en 4×4 es algo más que obligado en Wadi Rum y más si es en un todoterreno tipo pick-up. Da igual cual sea su duración, cualquiera de ellas se te hará muy corta al recorrer este paisaje que parece fruto de la imaginación de Julio Verne. Cada recodo de este inmenso mar de arena guarda una sorpresa, cada parada te roba una cara de asombro. Montañas de formas imposibles que la erosión ha ido cincelando a su antojo, grandes cañones, paredes verticales, cimas… Los kilómetros se suceden mientras tomas fotos que inmortalizan lo que ven tus ojos y luchas porque el viento no se lleve tu sombrero.
La sombra de nuestro todoterreno en la arena rojiza de Wadi Rum
Gigantes de piedra moldeados por la erosión
En Wadi Rum cada recodo guarda una sorpresa
En un momento dado, nuestro guía nos invita a subirnos a una de sus cumbres para esperar la llegada del ocaso. Para contemplar cómo el sol se va poniendo en el horizonte tornando maravillosos tonos rojos y ocres.
Y allí estás tú, recogida, ocupando el mínimo espacio. Una postura que sale de forma natural, sin artificios, porque tu cuerpo expresa lo que cuece en tu alma: la sensación de sentirte más pequeña que un grano de arena. Y tratas una y otra vez de poner la mente en blanco para que el sonido de tus pensamientos no emborrone esos instantes.
En mi caso sin éxito. Soy presa fácil de los atardeceres y el que pude contemplar en este rincón del planeta nunca lo olvidaré. A miles de kilómetros de casa, en silencio y con la mirada perdida, no podía dejar de pensar que estaba al borde de la felicidad absoluta.
El desierto de Wadi Rum al atardecer
Contemplando la puesta de sol en Wadi Rum
Atardecer en Wadi Rum
Descubrir Wadi Rum en globo
La mejor forma para ser consciente de porqué se le conoce como el Valle de la Luna es verlo despertar a vista de pájaro. Nunca madrugar merecerá tanto la pena.
Acabando de montar el globo en el desierto de Wadi Rum
Para mí fue mi tercer paseo en globo y, aunque ya conocía la mecánica y los pasos a seguir, fue tan emocionante como la primera vez. De hecho, me vi reflejada en los ojos de aquellos compañeros que se estrenaban en la adictiva experiencia de dejarte merecer por el viento. Disfrutando de una maravillosa sensación de libertad, de calma, de un sosiego que solo perturba el estruendo del quemador mientras a tus pies discurre un terreno que ya conoces pero que cobra una dimensión diferente desde las alturas.
Entre fogonazos
Nuestro piloto comunicándose con el equipo de tierra
Los gigantes de piedra que pueblan este océano de arena parecen más altos, sus fisuras más profundas y los espacios que los separan más vastos. Y sí, por supuesto, vuelves a sentirte muy pequeña ante esta soberbia producción de la naturaleza.
Wadi Rum desde las alturas
Las imponentes rocas de Wadi Rum
Sobrevolando Wadi Rum en globo
Wadi Rum bajo mis pies
El desierto de Wadi Rum a vista de pájaro
Como ves hay muchas formas para exprimir los atractivos de Wadi Rum: excusiones a pie, en 4×4, en camello, pasando la noche en una tienda beduina… Mi consejo es que experimentes cada una de ellas. Porque como te dije al principio, desiertos hay muchos pero Wadi Rum solo uno y te espera en Jordania.
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La cuenta atrás ya ha comenzado. El próximo sábado me subiré a un Boeing 777-300ER de Emirates rumbo a Japón para recorrer en el país durante 17 días. Debo reconocer que este viaje, aún siendo muy deseado, no estaba en mi top de destinos a corto plazo pero vi la posibilidad de subirme a ese avión y no quise desaprovecharla.
Y es que detrás de esta aventura nipona está mi sobrina Laura que lleva años deseando pisar este rincón del planeta situado al norte de Asia, entre el Océano Pacífico y el Mar de Japón: «Desde muy pequeña me aficioné al anime y a la lectura manga y gracias a ello fui desarrollando una gran curiosidad y fascinación por el pueblo nipón y su cultura. Mi madre lleva prometiéndome un viaje a Japón desde que tenía 12 años y este verano, a mis 23, por fin cumplo un sueño.»
Antes de empezar la carrera de Medios Audiovisuales, Laura nos lanzó un «ultimátum» cargado de ilusión. Si lograba graduarse con éxito, el momento de viajar a Japón no podía dilatarse más. Y dicho y hecho. Los años pasaron volando y ahora ha llegado el momento de cumplir esa promesa. Pero no vamos solas, el resto del japan team lo conforman mi hermana y su pareja, dos grandes viajeros sin blog, que llevan ya muchos kilómetros a sus espaldas.
Entre estos cuatro perfiles, tan diferentes entre sí, hemos trazado un itinerario de viaje inicial que con toda seguridad, salvo por los alojamientos que ya tenemos contratados, variará alegremente con el transcurso de los días. ¿Qué serían los viajes sin esos cambios de última hora? ¿Sin esas decisiones que se toman sobre la marcha? ¿Sin la libertad de decidir el cuándo, el cómo y el dónde?… ¿Un blogtrip?
Itinerario previsto a falta de algún pespunte
A grosso modo, pasaremos 5 días descubriendo Kioto, la antigua capital de Japón, con excursiones a Inari y al santuario sintoísta de Fushimi Inari Taisha, Nara y Koyasan donde visitaremos el cementerio de Okunoin que está considerado uno de los lugares más sagrados de todo el país.
Desde Kioto pondremos rumbo a Kanazawa a bordo del tren bala gracias a la recientemente inaugurada línea Hokuriku Shinkansen que de forma directa y en poco más de 2 horas nos llevará hasta esta ciudad de corte feudal situada en la prefectura de Ishikawa. Allí nos esperan el antiguo distrito de samuráis de Nagamachi. el distrito de geishas de Nishi Chaya, el castillo de Kanazawa, uno de los tres jardines más bonitos de todo Japón (los jardines Kenrokuen) y la experiencia de dormir en un ryokan (alojamiento tradicional japonés).
Después llegará el turno de Takayama, en plenos Alpes Japoneses, y la visita a la aldea histórica de Shirakawago, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995.
Desde allí pondremos rumbo a Kawaguchiko para ver el monte Fuji desde uno de sus cinco lagos y acercarnos al castillo de de Matsumoto, uno de los tesoros nacionales de Japón.
Finalmente, desde Kawaguchiko cogeremos un tren rumbo a Tokio con el que iniciaremos la recta final de este viaje al País del Sol Naciente. Tendremos cinco días por delante para exprimir al máximo la descomunal capital japonesa barrio a barrio: la zona centro, Ginza, Ikebukuro, Akihabara y Suidobashi/Iidabash, Asakusa, Sumida, Odaiba, Harajuku, Shibuya y Ebisu…
¿Qué experiencias me gustaría vivir en Japón?
Disfrutar de los contrastes entre el Japón moderno y el tradicional.
Profundizar al máximo en la cultura japonesa para comprender mejor la tierra que piso y ser lo más educada y respetuosa posible en todo momento.
Entrar en todo mercado que se cruce a mi paso para comprar productos locales.
Dar un paseo en barco por el lago Kawaguchi.
Descubrir más sobre el mundo del sake, especialidad local de Takayama, visitando alguna de las fábricas de sake.
Tomar de un baño termal japonés en plena naturaleza si mis dos pequeños y discretos tatuajes me lo permiten. Sé que no es fácil pero por intentarlo que no quede.
Despertarme con la impresionante visión del monte Fuji frente a mis ojos. ¿Subir? No está confirmado ni descartado.
Asistir a la ceremonia del té.
Sacar una, o varias, bolas gashapon y esperar a ver qué regalo sorpresa guardan en su interior.
Aprender a usar correctamente los palillos (nunca es tarde).
Madrugar para ver el Tsukiji Outer Market, o lo que es lo mismo, la que dicen es la mayor lonja del mundo, y probar las gyoza de Gyoza Lou.
Convertirme en maiko o geisha por unas horas en algún estudio de henshin de Kioto.
Olvidarme del reloj en cualquier jardín o frente a cualquier templo que me hipnotice.
Comprar un ofuda para proteger mi hogar de la mala suerte.
Alquilar una bicicleta y hacer una ruta por Kioto en bici.
Convertir cada comida en una aventura probando el máximo de especialidades locales sin dejar de lado esas comidas raras que combinan ingredientes imposibles.
Recorrer con paso lento el barrio de geishas de Miyagawacho en Kioto.
Hacerme una friki-foto en el cruce de Shibuya.
Pasear con un tokiota que de forma voluntaria me enseñe algunos de sus rincones favoritos gracias al servicio de guías turísticos que ofrece Turismo de Tokio.
Subir al atardecer al edificio de la sede del Gobierno Metropolitano de Tokio y pelearme con mi cámara para conseguir un buen perfil nocturno de la ciudad. ¿Otras opciones? La Torre Mori, la Tokyo Tower o el edificio de la Fuji TV.
Tomarme un cóctel Lost in Translation en el New York Bar del Park Hyatt Hotel (cinéfila que es una).
Pasear por Harajuku para asistir al desfile de tribus urbanas que se dan cita en esta zona hasta que mi cámara eche humo: cosplayers, lolitas, cyber-fashion, sex kitten, visual kei, etc.
Chafardear las showrooms de Nikon, Sony o Canon en Ginza.
Ver la puesta de sol desde la playa artificial de Odaiba.
No agobiarme por todo lo que queda fuera de este itinerario y practicar la filosofía slow travel.
Y, sobre todo, comprobar en primera persona si Japón es tan adictivo como dicen.
¿Voy a estar conectada estos días? Sí. Gracias al Y!mobile 3G de Japan Wireless que espero me esté esperando en el Piece Hostel de Kioto. ¿Voy a usar mi conexión de forma compulsiva? Lo dudo mucho aunque sé que no podré resistir la tentación de colgar alguna que otra postal nipona en las redes sociales.
Dicho esto, solo me queda desearte un feliz verano y soltar una frase a la que le tenía muchas ganas: Oficialmente, Objetivo Viajar queda cerrado por vacaciones.
Si te preguntas qué tienes que ver y hacer en Las Hurdes, aquí van algunas pistas. Sierras de gran belleza, paisajes vírgenes, gargantas de aguas cristalinas, piscinas naturales, pueblos surgidos de la unión entre el hombre y la naturaleza donde las tradiciones conviven con el presente, una gastronomía excelente, un agradable microclima… Este es el gran potencial de Las Hurdes, una comarca, injustamente eclipsada por otras joyas de Cáceres como el Parque Nacional de Monfragüe o los valles del Jerte y del Ambroz, que demanda ser descubierta con calma y que, sobre todo, nos invita a desconectar al tiempo que comprobamos que los paraísos naturales aún existen.
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