Túnez: 8 días / 7 noches (Segunda Parte)

Túnez: 8 días / 7 noches (Segunda Parte)

Nuestro quinto día en este seductor país del norte de África nos tocó madrugar para hacer las maletas. ¡Por fin íbamos a empezar el circuito por Túnez! Si te soy sincera, lo que más me apetecía era cumplir uno de mis sueños: posar mis pies en el Sáhara tunecino, rodeada de dunas, en silencio, esperando el atardecer… Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos paso a paso.

Circuito por Túnez segunda parte: El Jem, Matmata, Douz, el desierto, Chott El Jerid, Tozeur, Chebika, Tamerza, Kairouan y Sousse

Anfiteatro de El Jem

El recorrido rumbo al sur empezó con uno de los platos fuertes de este circuito por Túnez: el anfiteatro de El Jem. Declarado Patrimonio de la Humanidad, fue construido en el siglo III y está muy bien conservado. Tanto que no cuesta nada imaginar en las gradas a 35.000 espectadores vitoreando a los gladiadores que se enfrentaban a las fieras. Como nos dejaron bastante tiempo libre, lo vistamos de cabo a rabo. Primero subimos hasta el último nivel para admirar sus colosal envergadura -148 metros de largo y 124 de ancho- y ya de bajada, deambulamos entre sus magníficos arcos y muros de piedra hasta llegar a la arena. Te recomiendo que antes de bajar a los fosos y mazmorras, donde esperaban su turno animales y luchadores, te sitúes justo en el centro y gires sobre ti mismo. La imagen del cuarto anfiteatro romano más grande el mundo desde la arena es impactante.

Anfiteatro de El Jem. Túnez

Recorriendo el anfiteatro de El Jem. Túnez

Matmata

La siguiente parada, vía Sfax y Gabes, la hicimos en Matmata. En esta zona pre-sahariana, árida y seca, fue donde las tribus bereberes se refugiaron tras la invasión de los árabes que los consideraban musulmanes de segunda clase. De este modo, con el fin de protegerse de los invasores, empezaron a excavar cuevas en la roca que acabaron convirtiéndose en sus viviendas. Son las famosas casas trogloditas, auténticos pozos de entre 5 y 10 metros de profundidad, alrededor de los cuales se distribuyen las diferentes estancias de la casa. Hoy en día, las pocas casas habitadas que quedan son el objetivo de las agencias de viajes que llevan a centenares de turistas a visitarlas. Aunque la experiencia de adentrarte en una de ellas merece la pena porque es realmente curioso ver este tipo de viviendas, la visita acaba siendo, cómo decirlo, un poco artificial, con los bereberes repitiendo las mismas acciones cada vez que llega un nuevo autocar. No sé, tal vez fue impresión mía, pero la cara de la mujer que nos enseñó cómo molía el trigo me dio esa sensación. Una curiosidad: el poblado de Matmata empezó a conocerse cuando George Lucas decidió rodar en este paisaje casi lunar muchas escenas de La Guerra de las Galaxias.

Bereber en Matmata. Túnez

Casa troglodita en Matmata, Túnez.

Mujer moliendo trigo en una casa troglodita de Matmata. Túnez

A la hora del almuerzo nos llevaron al Hotel Sidi Driss de Matmata para degustar, y cito según el folleto, una «comida troglodita». Imagino que lo de troglodita se refería al hotel -una antigua vivienda troglodita llena de pasillos, grutas y patios interiores- porque lo que nos dieron de comer fue espaguetis con tomate. Ni que decir tiene que el cachondeo entre nuestro grupo fue monumental. Ni siquiera un poco de cuscús o cordero. No. Espaguetis y, encima, en plan mili.

Douz, la puerta del desierto

La turistada de la comida nos importó bien poco porque por fin había llegado la etapa del circuito por Túnez que más esperábamos: Douz, la puerta del desierto, el último oasis que da paso al Gran Erg Oriental del Sáhara. Erg significa mar de dunas en árabe y eso es exactamente lo que vimos nada más bajar del autocar. La inmensidad de un desierto dorado, sin palmeras y apenas vegetación.

La fina arena del Sáhara en Túnez

Nuestro paquete incluía un paseo en dromedario o en carro por las dunas. Yo rápidamente opté por el carro porque aún recuerdo el cabezazo que me dio un camello en el Parque Nacional de Timanfaya en Lanzarote. Así, al más puro estilo Cachuli y Pantoja, pero con mucho menos glamour que ya es decir -el carro se caía a trozos-, empezamos nuestra pequeña travesía por el desierto. Nos hicieron una foto montados en el carro, sí, pero esa me la guardo por decoro. El recorrido es una maravilla. Mires donde mires solo ves arena y cada duna da paso a un nuevo horizonte más hermoso si cabe. De la puesta de sol en el desierto solo puedo decir una cosa: increíble.

Mi foto preferida en el Gran Erg Oriental del Sáhara. Túnez

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Los guías de los dromedarios en el Sáhara tunecino. Túnez

Dunas, camellos y guías en el Gran Erg Oriental del Sáhara. Túnez

Puesta de sol en el Sáhara tunecino. Túnez

Esa noche nos alojamos en el hotel El Faouar de Douz. Es bonito por fuera pero las habitaciones son bastante austeras. Tampoco nos importó porque no pasamos muchas horas allí. Queríamos ver amanecer en el desierto, así que pusimos la alarma en el móvil, nos abrigamos cuanto pudimos y salimos del hotel rumbo a las dunas. Ver aparecer la luz del día, con el sol iluminando lentamente la arena, solos y en un silencio abrumador fue una experiencia única, de esas que se quedan grabadas en la memoria para siempre.

A la mañana siguiente, de nuevo madrugar y en ruta. Tras una breve parada en el pueblo de Debebcha para ver el curioso paisaje que forman sus rocas de arenisca, atravesamos el lago salado de Chott El Jerid rumbo a Tozeur.

Figuras arenosas de Debebcha. Túnez

Chott El Jerid

Chott El Jerid es el lago salado más grande del norte de África. Debido al clima extremo de la región, en invierno, durante la temporada de lluvias, algunas zonas se llenan de agua formando pequeñas lagunas que se evaporan con la llegada del verano dejando a la vista un paisaje infinito de sal y más sal. Dicen que en días de mucho calor es fácil ver espejismos pero nosotros, en febrero, no vimos ninguno. El recorrido en autocar por la carretera que atraviesa este desierto de sal en línea recta es tremendamente bello, mágico. Solo los puestos de venta de rosas del desierto que aparecen de vez en cuando te devuelven a la realidad.

Chott El Jerid. Túnez

El lago de sal de Chott El Jerid. Circuito por Tunez segunda parte

Rosas del desierto. Túnez

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Tozeur

Después de comer, nos dirigimos a Tozeur. Capital de la comarca del Jerid, Tozeur es el oasis más importante de Túnez y cuenta con un inmenso palmeral que parece no tener fin. De hecho, es prácticamente imposible saber la cantidad de palmeras que alberga en sus más de mil hectáreas. Nosotros recorrimos una parte de este vergel en calesa. Durante la visita nos enseñaron cómo fertilizan las palmeras -es sorprendente ver la facilidad con la que trepan y, además, descalzos-, fumamos una pipa de hoja de palmera -el sabor es muy fuerte, casi infumable- y probamos la famosa variedad de dátil conocida como deglet nour. Una auténtica delicia.

Calesa. Tozeur. Circuito por Túnez segunda parte

Palmeral de Tozeur. Túnez

Oasis de montaña de Chebika y Tamerza

De allí nos desplazamos en 4×4 hasta los oasis de montaña de Chebika y Tamerza. El de Chebika, que aparece de repente, tras pasar el viejo pueblo abandonado, es un capricho de la naturaleza. Desde lo alto del cañón apenas se distingue un mancha verde que nos indica su existencia pero, a medida que vas descendiendo por el sendero, el paisaje desértico da paso a pequeñas pozas y cascadas rodeadas de palmeras. El de Tamerza, por su parte, también tiene su encanto, sobre todo, cuando llegas a la Gran Cascada, un salto de agua de unos diez metros de altura que se encuentra en una estrecha garganta perdida en medio del desierto.

Oasis de Chebika. Túnez

Paisaje del oasis de Chebika. Túnez

Cascada del oasis de Chebika. Túnez

Gran cascada del oasis de Tamerza. Túnez

Tras la excursión por los oasis nos llevaron al Caravanserail Hotel, situado a las afueras del pueblo de Nefta. Estéticamente es un lugar muy bonito a modo de castillo pero, de nuevo, el exterior luce más que sus habitaciones. Nos dio tiempo a darnos un ducha rápida y poco más. Nos esperaba un espectáculo folclórico con cena típica. La verdad es que a pesar de ser otra turistada, ésta con mayúsculas, fue divertido. La comida resultó ser la mejor de todo el circuito, en el escenario uno grupo de músicos tocaba temas populares con flautas y tambores, vimos juegos de equilibrio y malabares, alguna que otra serpiente y hasta me hice un pequeño tatuaje de henna. Lo mejor, la conga bereber que nos marcamos entre las mesas. Después de todo, era nuestra última noche en Túnez.

Tatuaje de henna. Túnez

Kairouan y Sousse

El último día de nuestro circuito, de camino a Hammamet, pudimos visitar brevemente Kairouan y Sousse. Kairouan es la cuarta ciudad santa del Islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén. La Gran Mezquita es el mayor de sus atractivos. Nosotros solo pudimos ver el exterior porque estaba cerrada. Una pena.

Gran Mezquita de Kairouan. Túnez

En Sousse tuvimos más tiempo para disfrutar de esta preciosa ciudad bañada por el Mediterráneo. Su medina, perfectamente conservada y rodeada por altas murallas, es una de las mejores del país. En su interior se encuentra la Gran Mezquita, los zocos que la atraviesan de un lado a otro, y el Ribat, una fortaleza del siglo VIII rematada por una torre de vigilancia. Te animo a que subas a esta atalaya para disfrutar de las magníficas vistas de la medina que desde allí se divisan.

Gran Mezquita de Sousse. Circuito por Tunez

Sousse desde el Ribat. Circuito por Tunez

Y hasta aquí la segunda parte de nuestro circuito por Túnez había acabado. El autocar nos dejó donde empezó todo, en hotel Vincci Taj Sultan de Yasmine Hammamet. A partir de aquí y como decía el folleto: «traslado al aeropuerto, vuelo y fin de nuestros servicios».

 

Túnez: 8 días / 7 noches (Primera Parte)

Túnez: 8 días / 7 noches (Primera Parte)

Más de una vez he contratado un paquete vacacional de esos que te lo dan todo hecho. No es el tipo de viajes que me gustan porque te llevan a golpe de pito, apenas tienes tiempo libre, los horarios son muy estrictos y ese largo etcétera de inconvenientes que todos conocemos. Pero cuando, de repente, te cae del cielo una semana con la que no contabas y no quieres complicarte la vida, la cosa cambia. Eso fue lo que nos pasó hace un par de años, así que nos fuimos a una agencia de viajes y, tras mucho mirar y comparar, decidimos que nuestro destino sería un circuito por Túnez. Un paquete de 8 días, tres de circuito y cuatro en la costa en el hotel Vincci Taj Sultan situado en Yasmine Hammamet. Perfecto. Primero veríamos lo más importante del país más pequeño del Magreb y luego a nuestro aire. Pues no. Ya en el aeropuerto, resultó que nuestra agencia había cambiado alegremente el orden del viaje y haríamos el circuito al final. A mi pareja le vino de perlas porque lo que realmente le apetecía era relajarse en la playa y poco más. Pero como yo soy un culo inquieto, me las ingenié para combinar su sed de mar con mis ganas de ver cuanto más mejor. La crónica de esos días en Túnez a continuación.

El primer día ya te lo puedes imaginar: vuelo, traslado al hotel y reunión con la representante de la agencia para darnos la bienvenida al país y ofrecernos si queríamos contratar alguna excursión adicional. Como Sidi Bou Saïd quedaba fuera de nuestro circuito y a mí me apetecía muchísimo conocerlo, nos apuntamos a una salida que incluía, además, la visita al Museo del Bardo y a Cartago.

Hotel Vincci Taj Sultan. Yasmine Hammamet. Circuito por Túnez

Circuito por Túnez: Hammamet, Nabeul, el Museo del Bardo, Cartago y Sidi Bou Saïd

El segundo día pasamos la mañana paseando por Yasmine Hammamet, un complejo vacacional lleno de hoteles como el nuestro en el que no hay mucho que hacer ni ver salvo disfrutar de sus playas de arena fina, bañadas por un Mediterráneo de color turquesa que no puedes dejar de mirar. Después de comer en el hotel, cogimos un taxi para ir a Hammamet que nos dejó justo a la entrada de las murallas de la medina. Como nos habían recomendado, fijamos el precio de antemano. Seis dinares, unos 3€, por un trayecto de cinco kilómetros.

Ya en la ciudad turística más importante de Túnez (su nombre procede de la palabra hamman que en árabe significa baño), lo primero que hicimos fue visitar el Fuerte de Hammamet. Lo mejor de esta fortaleza es, sin duda, sus murallas desde donde puedes ver toda la ciudad. En la torre más alta hay una pequeña cafetería turca.

Vista de Hammamet desde el Fuerte. Circuito por Túnez

Cafetería turca del Fuerte de Hammamet. Túnez

Hammamet desde la fortaleza. Circuito por Túnez

Cuando empezamos a recorrer la medina serían las cinco de la tarde y estaba prácticamente vacía a excepción de los vendedores de los pequeños zocos que íbamos encontrando por el camino. A pesar de no ser una medina muy grande, el paseo por sus pequeñas y estrechas calles blancas, rodeadas de altas murallas, estaba siendo muy agradable hasta que en una de esas callejuelas vi a una hermosa mujer apostada a la entrada de lo que parecía una pequeña tienda. La rana Gustavo que llevo dentro pensó «qué foto más estupenda, entramos en la tienda así me inicio en la técnica del regateo y después de comprar algo quizá sea más fácil que me deje fotografiarla». ¡Qué mala idea! La pequeña tienda resultó ser un laberinto enorme y claustrofóbico que parecía no tener fin. Estábamos solos, la mujer más que hablar parecía que gritaba y yo me iba poniendo cada vez más nerviosa. Tanto que en un momento dado, con la vendedora insistiendo en que compráramos algo y yo sin ver nada que llamará mi atención, me agobié como nunca. Yo solo quería salir de allí y respirar aire fresco así que cogí una figurita de un dromedario que olía fatal, regateamos lo mínimo y salimos pitando de la que en ese momento bauticé como «la tienda de los horrores». Sé que fue culpa mía porque la situación me sobrepasó pero salí de la medina de Hammamet pensando que en Túnez no iba a ser capaz de comprar ni un triste juego de té. A no ser, claro, que acudiera a las tiendas de precio fijo de la Oficina Nacional de Artesanía de Túnez.

Medina de Hammamet. Circuito por Túnez

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La tienda de los horrores. Medina de Hammamet. Circuito por Túnez

Al salir de la medina nos sentamos en la terraza del Café Sidi Bou Hadid, un local encantador situado al lado de las murallas del fuerte. Fue allí, con la vista perdida en el mar y esperando la puesta del sol, cuando me reconcilié con Hammamet y conmigo misma por el numerito de la tienda.

Café Sidi Bou Hdid. Hammamet. Circuito por Túnez

De regreso al hotel y después de cenar, el azar quiso que conociéramos a tres chicas simpatiquísimas con las que congeniamos enseguida. Cuando les conté mi fiasco como compradora novata en Túnez casi se mueren de la risa y con razón. Al día siguiente querían ir a Nabeul y nos invitaron a ir con ellas para que «me espabilara en el arte del regateo». Además, ya tenían el teléfono de un taxista que conducía una furgoneta de seis plazas así que podríamos ir todos juntos. Dicho y hecho. A las 12 de la mañana -ellas ya habían hecho el circuito y no tenían ganas de madrugar- nuestro taxi nos estaba esperando en la puerta del hotel.

No dejes de leer esta guía práctica de Túnez con toda la información y consejos que necesitas para preparar tu viaje: requisitos de entrada, transporte, moneda, idioma, etc.

Nabeul. Circuito por Túnez

Recuerdo ese día como el más divertido de todo el viaje. Llegamos enseguida porque Nabeul está a solo 10 km de Hammamet. Una vez allí, nos dedicamos a perdernos sin rumbo por las calles y pasajes de la medina. Nabeul está considerada la capital tunecina de la alfarería y muchas tiendas lucen en su fachada preciosos platos de cerámica de alegres colores. Cuando las vi entrar en acción me quedé impactada. Eran el ejemplo perfecto de cómo se debe encarar el regateo con un vendedor tunecino: con actitud positiva, sin prisa, teniendo muy claro cuánto se quiere pagar por el producto y, sobre todo, pensando que no deja de ser un juego, un divertido toma y daca que nos permite interactuar con la gente del país. Con la lección aprendida, por fin pude comprar mi ansiado juego de té, un bol de madera de olivo y varios frasquitos de khol, un polvo muy negro y fino que usan tanto mujeres como hombres como máscara de ojos para protegerlos del sol y las bacterias.

Callejeando por Nabeul. Túnez

Slow shopping en Nabeul. Circuito por Túnez

Después de la mañana de slow shopping, fuimos a comer a comer a un modesto restaurante. Pedimos cuscús, unos briks, tajines y cordero a la menta. Por la tarde, dimos un paseo por la playa que rematamos fumando una shisha en uno de los cafés del centro. Un día redondo, sin duda.

Preparando un shisha en Nabeul. Túnez

El cuarto día de nuestra estancia en Túnez hicimos la excursión que contratamos en el hotel para visitar el Museo del Bardo, Cartago y Sidi Bou Saïd. La pena es que el día amaneció encapotado y amenazando lluvia.

El Museo del Bardo, a unos seis kilómetros de la capital, es el más importante del país ya que contiene la mejor colección de mosaicos romanos del mundo. Recorrer cada una de las plantas y salones de este hermoso palacio es recorrer tesela a tesela la historia de Túnez: la época púnica, griega, cartaginesa, cristiana e islámica. La visita guiada merece mucho la pena aunque dura 2 horas y al final se acaba haciendo un poco larga.

Museo del Bardo. Túnez

Del Museo del Bardo nos llevaron a Cartago para visitar lo poco que queda de la antigua capital púnica. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, el enclave más  importante en su día del Mediterráneo es hoy un conjunto de ruinas diseminadas. Los restos arqueológicos que se conservan en mejor estado son las Termas de Antonino de época romana. Al lado de las termas se encuentra el Palacio Presidencial de Túnez por lo que ni se te ocurra disparar tu cámara en esa dirección porque está absolutamente prohibido.

Termas de Antonino. Cartago. Circuito por Túnez

Detalle de las Termas de Antonino. Circuito por Túnez

Cuando llegamos a Sidi Bou Saïd ocurrió lo que me temía. Estaba lloviendo a cántaros, tanto que la mayoría de nuestro grupo corrió a refugiarse en el Café des Nattes, uno de los más típicos y bonitos del lugar. Por suerte, nuestra guía, muy profesional, dijo que ella iba a hacer el recorrido que tenía previsto y que quien quisiera la siguiera.

Así, bajo un paraguas y acompañados por un intenso olor a jazmín, fue como empezamos a ascender por las calles de Sidi Bou Saïd, confirmando a cada paso que todos los piropos que recibe son más que merecidos. Sus casas blancas inmaculadas, con las puertas y ventanas pintadas de azul y resguardadas por misteriosas celosías para mirar sin ser visto, sus intrincadas y empedradas callejuelas, las vistas al Mediterráneo… Arquitectura y paisaje se dan la mano para dar forma a Sidi Bou Saïd, un pueblo encantador que, en lo alto de un acantilado, dominando el golfo de Túnez, me enamoró bajo la lluvia.

Sidi Bou Saïd. Circuito por Túnez

Tienda en Sidi Bou Saïd. Túnez

Café des Nattes. Sidi Bou Saïd. Túnez
  • Sigue leyendo la segunda parte de este circuito por Túnez aquí.
Albarracín, un sueño medieval de yeso rojizo, madera y forja

Albarracín, un sueño medieval de yeso rojizo, madera y forja

En esta ocasión, nos dirigimos al suroeste de la provincia de Teruel para conocer Albarracín, considerado por muchos el pueblo más bonito de España. Un delicioso capricho aragonés que aparece de golpe, sin avisar, detrás de una cerrada curva que discurre a orillas del río Guadalaviar. Encaramado en una colina que se levanta en un paisaje agreste y con la escalonada silueta de su cinturón de murallas dominando el horizonte.

A los pies de las murallas, se extiende una madeja de calles empedradas, la mayoría estrechas y empinadas, que conviene devanar a paso lento, captando cada pequeño detalle de esta población serrana que nos traslada al ambiente de la Edad Media rural. Así, al adentrarnos en su caserío, podremos apreciar como sus casas se apiñan unas con otras adaptándose al terreno y sin apenas dejar pasar los rayos de sol. Si a esta peculiar arquitectura popular le sumamos las encantadoras plazuelas, el Castillo, los torreones, caserones señoriales, escalinatas, pasadizos e iglesias que encontraremos a nuestro paso, enseguida nos daremos cuenta de que estamos ante una de las joyas del viejo Aragón. No en vano fue declarado Monumento Nacional en 1961 y aspira a convertirse en Patrimonio de la Humanidad.

Albarracín. Teruel

Tres elementos serán nuestros compañeros de viaje: el yeso, la forja y la madera. Y es que si hay un color que identifica a Albarracín es el tono rojizo de sus casas que se consigue gracias al yeso que se extrae de la Sierra de Albarracín. El uso de la forja es también una constante. Allá donde mires la encontrarás: en los picaportes, aldabas y clavos que decoran las puertas de las casas, en las trabajadas rejas de las ventanas… Y, cómo no, la madera, presente en los voladizos de los tejados, en los balcones y en soberbios portones.

Aldaba típica con forma de salamandra. Albarracín

Qué ver en Albarracín

El recorrido que te propongo para conocer Albarracín empieza en su animada e irregular Plaza Mayor, un rincón perfecto para darse un respiro entre tanta cuesta y recuperar fuerzas. Aquí se encuentra ubicado el Ayuntamiento que destaca, a diferencia de otras casas consistoriales aragonesas, por su forma de U casi regular. Un balcón corrido recorre toda su fachada con una bella barandilla de forja.

Plaza Mayor. Albarracín

El tiempo parece haberse detenido en Albarracín

Desde la Plaza Mayor parte la calle de la Catedral, una de las vías más importantes de Albarracín que nos conduce hasta el Palacio Episcopal y la Catedral. En el Palacio Episcopal, con su soberbia portada barroca, se encuentra situado el Museo Diocesano. Este palacio es, además, la sede de la Fundación de Santa María, una entidad sin ánimo de lucro que realiza una importante labor de restauración del patrimonio de Albarracín. Muy cerca está La Catedral. En su interior destacan la Capilla del Pilar, el retablo del altar mayor y el de la capilla de San Pedro. Eso sí, si quieres verla por dentro, tendrás que contratar un visita guiada con la Fundación Santa María. A los pies de este templo, hay un amplio mirador que nos ofrece unas magníficas vistas de la villa y del enclave natural que la rodea.

Albarracín con la Catedral al fondo

De vuelta a Plaza Mayor, podemos adentrarnos en las calles Santiago y Portal de Molina que discurren de forma paralela. En la primera se encuentra la iglesia de Santiago, finalizada en siglo XVIII, y el encantador rincón de la Panadería. El Portal de Molina, por su parte, es otra típica calle en la que los  aleros de las casas casi llegan a tocarse. Al final de esta calle nos espera una agradable sorpresa: la Casa de la Julianeta. Ubicada en una esquina, esta casa, la más fotografiada de Albarracín, desafía la ley de la gravedad sin apenas una línea vertical en su estructura y se adapta a las caprichosas pendientes del terreno creando una estampa casi mágica.

Iglesia de Santiago. Albarracín

Casa de la Julianeta. Albarracín

Pasear por la calle del Chorro y la calle Azagra es otra de las cosas que sí o sí debes hacer en tu visita. Precisamente esta última rinde homenaje a la familia cristiana de los Azagra que se hicieron con el control de Albarracín tras casi un siglo de dominación musulmana en el que esta localidad fue una taifa gobernada por el clan bereber de los Banu Razin. Con los Azagra, Albarracín pasó a ser un Señorío Independiente de Castilla y Aragón hasta 1285, fecha en que fue conquistado por Pedro III de Aragón.

Un ejemplo de las estrechas y serpenteantes calles de Albarracín

Después esta breve reseña histórica, toca hablar de las murallas que rodean esta población. No puedes abandonar Albarracín sin recorrer al menos alguno de sus tramos. La calle del Chorro, la Subida a las Torres y el Portal de Molina te marcarán el camino a seguir para coronarlas. El esfuerzo, importante si no estás en buena forma física o tienes vértigo, realmente merece la pena porque desde allí se divisan unas inmejorables panorámicas de toda la vega del Guadalaviar y de la compleja fisonomía de Albarracín. Sus  torreones más importantes son la Torre del Andador y la Torre de Doña Blanca.

Albarracín y sus murallas

Vista de Albarracín y el río Guadalaviar

Tras tal despliegue de energía, nada mejor que parar a comer en alguno de los restaurantes de Albarracín y degustar platos típicos como el ternasco al horno, el cordero a la pastora, la conserva de cerdo, la trucha o las migas con uvas. De postre, prueba las famosas almohábanas de Ben Razín. Están deliciosas.

Para bajar la comida, te sugiero que des un tranquilo paseo junto al río. A su paso por Albarracín, la cuenca del Guadalaviar cuenta con zonas recreativas y hermosos jardines que invitan al descanso. Ya que estás en esta zona, no dejes de entrar en el Café-Galería El Molino del Gato. Solo te diré que tiene una preciosa terraza junto al río. El resto, prefiero que lo descubras tú (calle San Antonio nº 4).

El Guadalaviar es uno de los mejores ríos trucheros de España

Para finalizar, un último consejo: quédate a dormir en Albarracín o, por lo menos, espera a que caiga la noche. La imagen de este pueblo, bajo las luces amarillentas que desprenden sus farolas, sin gente y en silencio, te aseguro que se instalará para siempre en tu retina.

Más información sobre Albarracín:

¿Dónde aparcar?

En la parte baja de Albarracín hay dos zonas de aparcamiento gratuitos. La primera está en la entrada y muy cerca de la Oficina de Turismo (calle San Antonio, 1.) La segunda está un poco más adelante, en las inmediaciones del Parque Municipal.

¿Dónde comer y dormir en Albarracín?

Albarracín cuenta con una amplia oferta de hoteles, casas rurales y bares y restaurantes que puedes consultar en la web del Ayuntamiento.

Visitas guiadas en Albarracín

Aunque resulta muy fácil recorrer Albarracín a tu aire con el mapa que te facilitarán en la Oficina de Turismo, si quieres hacer una visita guiada tienes dos opciones. La empresa El Andador organiza recorridos de hora y media por tan solo 3.50€ por persona e incluye además la visita a la casa noble de los Pérez Toyuela y una degustación de productos típicos de la Sierra de Albarracín. Por su parte, la Fundación Santa María realiza dos tipos de visitas guiadas. La normal, que incluye un recorrido por el casco histórico y la entrada a la Catedral (3.50€), y la visita más itinerario de museos que engloba el Museo de Albarracín, el Museo Diocesano, la Catedral, el Castillo y la Torre Blanca. Su precio: 9,00 €.

Restaurante Gordo y Flaco. Madrid

Restaurante Gordo y Flaco. Madrid

Hoy quiero compartir contigo mi último descubrimiento gastronómico en Madrid: el restaurante Gordo y Flaco. Su ubicación no puede ser mejor ya que está situado en uno de los barrios más castizos de toda la ciudad, Chamberí. En concreto, en la zona de Ponzano, famosa por  la gran cantidad de bares para tapear y restaurantes que aquí se concentran.

Aunque este bar restaurante abrió sus puertas hace dos años, no fue hasta hace un par de meses que nos dejamos caer por allí para celebrar mi cumpleaños. Gran acierto. Nos trataron estupendamente y comimos de fábula.

Respecto al local, no es muy grande pero está muy bien aprovechado. Sin grandes excesos, han creado un ambiente acogedor, sencillo pero moderno. Y es que aquí lo que prima son los platos que salen de la cocina. Eso sí, conviene reservar mesa antes de ir.

Detalle del comedor

Al frente de los fogones del Gordo y Flaco están Marco Pinheiro y Nacho Gil, dos amigos de toda la vida que en plena crisis decidieron montar su propio negocio, tras trabajar durante años al lado de chefs de la talla de Juan Pablo de Felipe o Andrea Tumbarello.

Como ellos mismos explican en su web, la premisa en la que se basa la carta de su restaurante es «reivindicar la buena cocina casera de toda la vida, la que aprendimos de nuestras abuelas y madres, la de las cocciones lentas, pero sin privarnos de lo que el mercado ofrece en cada estación, y aportando un toque de modernidad en lo salado pero también en los postres». Y vaya si lo han conseguido.

La carta del restaurante

Como entrantes para compartir nos decantamos por probar sus perlas ibéricas -así llaman a sus deliciosas croquetas-, un falso ceviche de pulpo y langostino -lo de falso es porque cuecen el pulpo ligeramente- y una ensalada con ventresca. Como segundos, pedimos cuatro platos diferentes que acabamos probando todos: lubina a la plancha con puré de patatas, entrecot de la sierra de Extremadura con patatas y pimientos de padrón, secreto con mojo verde y carrilleras de ibérico con parmentier de patata. ¿Suena bien, verdad? Pues si a este menú degustación que improvisamos sobre la marcha, le añades la exquisita panacotta de hierbaluisa y la tarta fina de manzana con helado de vainilla recién hecha que tomamos como postre, te puedo asegurar que nuestra experiencia gastronómica fue sobresaliente. Todo estaba buenísimo, cocinado con cariño y servido por unas camareras realmente simpáticas. ¿La guinda del pastel? Nacho se acercó a nuestra mesa para saludarnos y para preguntarnos qué tal habíamos comido. Detalles que marcan la diferencia.

Perlas ibéricas

Ensalada con ventresca

Falso ceviche de pulpo y langostino

Carrilleras de ibérico con parmentier de patata

Panacotta de hierbaluisa

Como he dicho antes, todo un descubrimiento. Espero haber despertado tu curiosidad y las ganas de probarlo.

Dónde: Bretón de los Herreros, 13. Madrid. Reservas: 914415852

Horario: De 13:00 a 17:00h y de 20:00 a 24:00h. Cerrado: Lunes y domingo por las tardes

Cómo llegar: Metro Ríos Rosas (línea 1) y Alonso Cano (línea 7)

 

Mercado de La Boquería: historia, aromas y sabores

Mercado de La Boquería: historia, aromas y sabores

Como ya apunté en mi anterior entrada sobre La Rambla, el Mercado de La Boquería es una visita obligada para todo aquel que recala en la Ciudad Condal. Por muchas razones. Porque su historia va ligada íntimamente a la propia historia de la ciudad, porque está considerado uno de los mejores mercados del mundo y, sobre todo, porque perderse entre sus pasillos es una de las mejores formas de tomarle el pulso a una ciudad como Barcelona.

Mercado de La Boquería. Barcelona

Y es que aunque la excelente calidad y variedad de productos que aquí se pueden encontrar es la baza más importante de este mercado, La Boquería no sería un lugar tan especial sin las gentes que lo pueblan. Tenderos de tercera y cuarta generación con años de experiencia a sus espaldas, reputados chefs en busca de productos únicos -como dice el dicho popular, lo que no se encuentra en La Boquería, no existe-, gourmets a la caza de exquisiteces solo aptas para algunos bolsillos, turistas que disparan sus cámaras de forma compulsiva, vecinos del barrio que van a hacer la compra de la semana y barceloneses que no resisten la tentación de entrar a echar un vistazo y que siempre acaban comprando algo por el puro placer de decir al llegar a casa «esto lo he comprado en La Boquería».

Paradas de La Boquería. Barcelona

La presentación de las paradas atrae todas las miradas

La historia del primero de los mercados municipales que tuvo Barcelona se pierde en la noche de los tiempos ya que desde 1217 está documentada la presencia de vendedores de carne en las puertas amuralladas de la antigua Barcelona. Tras muchas idas y venidas, el mercado, tal y como lo conocemos hoy en día, fue inaugurado en 1840 en el solar que ocupaba el antiguo convento de Sant Josep de los carmelitas descalzos. De ahí que a este mercado también se le conozca como Mercado de Sant Josep. En un principio iba a ser una gran plaza con soportales a imagen y semejanza de la Plaça Reial pero finalmente el arquitecto Josep Mas i Vila decidió edificar un mercado cubierto por una estructura de hierro. Desde entonces, el mercado ha pasado por varias ampliaciones y remodelaciones entre las que destaca el precioso arco de marcado estilo modernista que preside la entrada principal del mercado desde 1913.

Vista lateral de La Boquería. Barcelona

En cuanto la rebases, todos tus sentidos se dispararán de inmediato ante el despliegue de aromas, colores y sabores que desprenden los más de 300 puestos que lo conforman. Un laberinto gastronómico que te recomiendo recorrer sin prisas para no perderte ningún detalle. Fíjate en la magnífica estructura de hierro que lo cubre, en la exquisita presentación de sus paradas, en el río de vida que transcurre a tu alrededor. No cometas el error de quedarte solo al principio en los puestos que venden bandejas de fruta listas para tomar a un euro o zumos de mil sabores. Intérnate en sus entrañas para disfrutar del bullicio que reina en la pescaderías que ocupan la zona central del mercado y recorre sin rumbo fijo sus once pasillos. A tu paso encontrarás carnicerías, fruterías, paradas de salazones, de olivas y conservas, legumbres, huevos, dulces y, según la época del año en el que lo visites, la más extensa variedad de setas que puedas imaginar. Incluso hay una tienda de souvenirs por si quieres llevarte un recuerdo de tu paso por La Boquería.

Una de las muchas pescaderías de La Boquería

Charcutería de La Boquería. BarcelonaBandejas de fruta y zumos listos para tomar. La Boquería

Chocolates y frutos secos. La Boquería

Piruletas. La Boquería

Souvenirs La Boqueria. Barcelona

Otra de mis recomendaciones es que te quedes a comer en el mercado. Además del clásico Bar Pinotxo del que ya hablé en mi anterior entrada, tienes muchas más opciones para hacer un alto en el camino y reponer fuerzas como el Quim de la Boqueria, el Bar Central o el Quiosc Modern. Sentado en cualquiera de sus taburetes podrás llevarte a la boca un trocito de este templo de la gastronomía y tu experiencia en La Boquería tendrá el broche de oro que se merece.

Bar Quiosc Modern. La Boqueria.

Aviso para navegantes: si quieres conocer a fondo la historia y los secretos de La Boquería, debes saber que todos los sábados de 10:00 a 11:30 se realizan visitas guiadas por el mercado que finalizan con una degustación de productos típicos. Su precio: 10€ por persona

Dirección: La Rambla, 89 bis – Plaça de la Boqueria

Cómo llegar: Metro L3, parada Liceu. Bus 14, 59 y 91.

Web: www.boqueria.info

Horario: De lunes a sábado, de 8 a 20.30h.