por Alícia Bea | Ene 17, 2013 | Barcelona
La Rambla de Barcelona es una de esas novias que toda ciudad querría tener. Elegante y distinguida por momentos, con muchas historias que contar, divertida y un poco canalla. Y con cientos de pretendientes que la cortejan a diario: hordas de turistas que la convierten en una auténtica Torre de Babel, vecinos que la disfrutan y la sufren, y barceloneses que siempre encuentran un momento para ramblear. Porque eso sí, toma nota, La Rambla no se recorre, se ramblea.

Este mítico paseo barcelonés, de poco más de un kilómetro de extensión, discurre desde la Plaça de Catalunya hasta el monumento a Colón, antesala del puerto. La Rambla, también conocida como las Ramblas, está dividida en cinco tramos: Rambla de Canaletes, Rambla dels Estudis, Rambla de les Flors, Rambla dels Caputxins y Rambla de Santa Mònica. Personalmente yo tengo un sexto tramo que no responde a las barreras geográficas de los anteriores sino a mis recuerdos. Es mí Rambla. La calle que me ha visto crecer. De pequeñita, dándole de comer a las palomas en la Plaça de Catalunya o permaneciendo todo lo quieta que puede estar una niña de siete años sentada en una silla mientras le hacen un retrato a carboncillo. Con los 20, llegó el momento de exprimir las noches de mi ciudad en algunos locales de la Plaça Reial como el Karma, el Sidecar o el Glaciar. Noches golfas y despreocupadas que siempre empezaban y acababan en La Rambla. Otro vínculo que me une a esta avenida es el Gran Teatre del Liceu ya que tuve el privilegio de asistir a numerosos ensayos generales porque mi cuñado formó parte de su orquesta y cada vez que podía me conseguía unas entradas. Y así llegamos hasta mi presente, el de una barcelonesa afincada en Madrid que cada vez que regresa a casa busca un hueco para pisar de nuevo sus baldosas.

La Rambla que conocemos hoy en día era hasta el siglo XVIII una riera que discurría junto a un camino bordeado por conventos y murallas. Una vez derribadas las murallas, la riera se fue urbanizando hasta dar forma al paseo más transitado de Barcelona.
Si empezamos a ramblear desde la Plaça de Catalunya en dirección al mar, el primer tramo que nos recibe es la Rambla de Canaletes. Aquí se encuentra la famosa fuente de Canaletes, parada obligatoria para cumplir con la tradición ya que, según cuenta la leyenda, quien bebe agua de esta fuente siempre vuelve a Barcelona. Si quieres hacerte una foto, ármate de paciencia porque lo más probable es que te toque hacer cola para inmortalizarte junto a ella. Que no te extrañe, estás ante uno de los símbolos más famosos de la ciudad. ¿Por qué los culés celebramos aquí los triunfos del Barcelona? Pues porque justo delante de esta fuente estaba situada en los años 30 la redacción de La Rambla, un periódico deportivo que colgaba una pizarra en su puerta con los resultados de cada jornada. Los aficionados de aquellos años empezaron a reunirse allí para comentar los partidos y el resto ya es historia. De la misma quinta es el Boadas Cocktails, una de las coctelerías más antiguas de Barcelona que nos invita a viajar en el tiempo con una copa en la mano. La encontrarás en la esquina con la calle Tallers.

A partir de la calle del Bonsuccés entramos en la Rambla del Estudis (Rambla de los Estudios) denominada así porque aquí estaba ubicada a mediados del siglo XV una de las primeras universidades que tuvo Barcelona. Muchos barceloneses aún la llaman la Rambla dels ocells (Rambla de los pájaros) porque tradicionalmente aquí se podían comprar pájaros y otros animales domésticos. Ahora, las viejas pajarerías ya son un recuerdo del pasado y se han ido transformando en puestos de dulces y productos artesanos. Aquitectónicamente hablando, lo más interesante de esta parte de La Rambla es el antiguo edificio de la Real Academia de Ciencias y Artes -cuyo reloj marca la hora oficial de la ciudad y en cuyos bajos está el Teatro Poliorama-, la iglesia de Betlem, magnífico ejemplo del gótico catalán, y un poco más abajo, en el lado izquierdo, el señorial Palacio Moja o Palacio del Marqués de Comillas de estilo neoclásico.


Nada más pasar la calle del Carme, el intenso olor a flores frescas te indica que has entrado en uno de los tramos con más encanto de esta avenida: la Rambla de les Flors (Rambla de las flores), el único lugar de Barcelona donde se vendían flores durante el siglo XIX. Junto a las floristerías y de hecho a lo largo de toda La Rambla, verás numerosos quioscos de prensa en los que, lamentablemente, se venden más souvernirs y camisetas del Barça que periódicos y revistas. No dejes de visitar el Palau de la Virreina, una joya del barroco civil que funciona como Centro de la Imagen y que programa interesantes exposiciones. Un poco más abajo está el Mercado de Sant Josep, más conocido como La Boquería, que merece por sí solo una futura entrada. Como anticipo, te contaré que es el mercado más popular de Barcelona. Una explosión de olores, colores y sabores que tendrás que ir descubriendo sorteando la marea de turistas que fisgonea entre sus puestos. Si te apetece hacer un alto en el camino en un ambiente informal, te recomiendo el Bar Pinotxo, toda una institución en este mercado. Siempre está a tope y conseguir un taburete junto a la barra no te será fácil. Sus tapas, bocadillos, tortillas y guisos caseros son excelentes.




A continuación, siguiendo nuestro descenso hacia el mar, nos adentramos en la Rambla dels Caputxins (Rambla de los Capuchinos) que empieza en el denominado Pla de la Boquería. Es muy fácil de identificar si te fijas en el pavimento: un mosaico circular realizado por Joan Miró en 1976. A tu izquierda está uno de los edificios más singulares y hermosos de La Rambla, la Casa Bruno Cuadros. Una antigua tienda de paraguas que destaca por la originalidad de sus fachadas en las que se mezclan abanicos, sombrillas y detalles orientales.

Cierra los ojos e imagina por un momento este tramo de La Rambla en blanco y negro. Estás en el siglo XIX. Son noches de ópera, conciertos y ballet en el Gran Teatre del Liceu. La burguesía catalana luce sus mejores galas camino del teatro, no sin antes dejarse ver por el encantador Café de la Ópera, situado justo enfrente del Liceu. Tras este histórico ejercicio de imaginación, vuelve a abrir los ojos, sitúate en el presente y disfruta de la soberbia fachada de uno de los templos de la lírica más importantes del mundo.


Un poco más abajo, a tu izquierda, encontrarás la Plaça Reial. Este espacio, antaño ocupado por un convento de los capuchinos, es uno de mis rincones favoritos de Barcelona. Por su fisonomía, sus locales nocturnos, sus restaurantes -puestos a sugerirte un par me quedaría con La Crema Canela y Les Quinze nits-, y por el placer que supone ver la vida pasar tomándote algo en sus terrazas. Eso sí, tanto aquí como en toda La Rambla, ten cuidado con los carteristas. Nada de mochilas a la espalda ni bolsos descuidados.

De vuelta a la Rambla, a la altura de la Plaça del Teatre, empieza la Rambla de Santa Mònica. Aquí es donde se sitúan los pintores y caricaturistas y donde han ido a parar las estatuas humanas que hasta no hace mucho salpicaban cualquier espacio libre que quedaba en La Rambla. Cosas de las ordenanzas municipales… En sus laterales se encuentran ubicados el Centro de Arte Santa Mònica, el Museo Marítimo y el Museo de Cera. Más que visitar el Museo de Cera (realmente no vale mucho la pena), si quieres descubrir un bar-cafetería original donde los haya, te sugiero que entres en El bosc de les fades (El bosque de las hadas). Está al lado del museo y merece la pena ir aunque sólo sea por ver cómo está decorado. Suele estar muy lleno y las consumiciones pican un poco (Passatge de la Banca, 5).





El final de La Rambla, por donde danzaba La negra flor de Radio Futura, lo encontramos en el monumento a Colón, construido en 1886 y que conmemora la vuelta de su primer viaje a América. Lamentablemente, el ascensor interior que recorría los 60 metros de altura de su columna de hierro hasta llegar al mirador está cerrado por el momento y sin fecha de reapertura. Si te animas a seguir caminando, tras cruzar el paseo de Colón, una pasarela de madera sobre las aguas del puerto, conocida como la Rambla del Mar, te conducirá hasta el Moll d’ Espanya donde se encuentra el centro comercial Maremagnum. Como alternativa al shopping, siéntate en uno de sus bancos, relájate frente al mar y disfruta de las vistas.


Y hasta aquí este recorrido por mi pasado y por el presente de esta avenida única. ¿Envejece bien La Rambla? Hay opiniones para todos los gustos. Yo creo que sí porque aunque es verdad que muchos de los comercios de toda la vida están desapareciendo en favor de tiendas de souvenirs horteras y que esquivar el gentío puede resultar agotador, su esencia, la que enamoró e inspiró a personajes como Hemingway, Vázquez Montalbán, Miró o Serrat, sigue viva. Solo tienes que abrir bien los ojos para sentirla.
Cómo llegar a La Rambla:
En metro: A lo largo de La Rambla hay tres paradas de metro de la línea 3: Catalunya (al principio y por donde también pasa la línea 1), Liceu (en la mitad del paseo) y Drassanes en el extremo sur.
En autobús: Líneas 14, 59 y 91. Autobuses nocturnos: N9, N12 y N15.
por Alícia Bea | Dic 10, 2012 | Madrid
Un de los lugares por los que suelo perderme muy a menudo desde que vivo en Madrid es Malasaña. Me encanta este barrio y acudo a él cuando quiero desconectar del ritmo frenético de la capital. Si tuviera que definirlo diría que es como una enorme matrioska que tienes que ir desmontando para descubrir cada una de las piezas que la componen y que juntas dan forma a una de las zonas más atractivas y vitalistas de la capital. Un barrio que va mudando su cara en función de las horas del día y que se reinventa a sí mismo con el paso de los años.
Qué ver en Malasaña
Geográficamente hablando, este céntrico barrio, también llamado Maravillas, está situado entre las calles Carranza, Gran Vía, Fuencarral y San Bernardo. Debe su nombre a Manuela Malasaña, una joven costurera que murió asesinada por las tropas napoleónicas durante las revueltas de 1808 muy cerca de la Plaza del Dos de Mayo. Esta plaza, siempre concurrida y animada, es el corazón de Malasaña. El eje que estructura un barrio que no está en los circuitos clásicos de qué ver en Madrid en dos días pero que esconde muchos rincones y sorpresas que cualquier mente inquieta desearía conocer.

Aunque cualquier momento es bueno para callejear por Malasaña, a mi me gusta especialmente ir los sábados por la mañana, cuando los ecos de la noche anterior se diluyen entre los comercios que abren sus puertas y el barrio se llena de luz y color. Cuando lo visité por primera vez lo que más me llamó la atención fue descubrir cómo Malasaña conjuga en un puñado de calles lo mejor de su pasado con nuevas propuestas que te invitan a volver. Como el recién inaugurado bar-museo Madrid Me Mata, dedicado a la ‘movida madrileña’ (Corredera Alta de San Pablo, 31), o la Fábrica Maravillas, la primera micro fábrica de cerveza artesanal del barrio (Valverde, 29).


Junto a estos nuevos locales sobreviven establecimientos de toda la vida como la farmacia Juanse, en la confluencia de las calles San Andrés y San Vicente Ferrer, que conserva en su fachada los mismos azulejos que cuando abrió en 1892. Reclamos publicitarios de una época en la que se recomendaba utilizar el perborato de sosa para el dolor de muelas y su jarabe balsámico para combatir la bronquitis. O la Antigua Casa Crespo, una centenaria alpargatería que sigue en pie ajena a las modas en el nº 29 de la calle del Divino Pastor.


Hablando de tiendas, en los últimos tiempos Malasaña se ha convertido en la meca del vintage con originales y personalísimas boutiques por las que desfilan los amantes de lo retro en busca de piezas únicas. Pero los escaparates del barrio no acaban aquí. También hay hueco para librerías que funcionan como espacios culturales como Arrebato Libros (La Palma, 21) o Cervantes y Cía (Manuela Malasaña, 23), tiendas de cómics, estudios de tatuaje y floristerías. Y arte urbano allá donde mires. En las persianas de los comercios, en las fachadas, en los portales… Murales y grafittis que conquistan el espacio callejero creando un gran galería de arte urbano al aire libre que llena el barrio de color y vida.





Otro de los puntos fuertes de Malasaña es su oferta gastronómica. Hay opciones para todos los gustos y bolsillos. Una pequeña selección: de lo más tradicional Casa Julio (Madera, 37) o Casa Fidel (Escorial, 6), para tomar un brunch Nina Madrid (Manuela Malasaña, 10), para el aperitivo, además de las terrazas de la Plaza del Dos de Mayo, dos clásicos que siempre están llenos hasta la bandera Casa Camacho (San Andrés, 4) y La Ardosa (Colón, 13), para desayunar o tomar un café en cualquier momento del día el encantador Lolina Vintage Café (Del Espíritu Santo, 9) y para los más golosos la pastelería y tienda americana Happy Day Bakery con deliciosos cupcakes, bagels y muffins (Del Espíritu Santo, 11). La lista sería interminable…


Cuando el día llega a su fin, Malasaña cambia de cara y se convierte en uno de los barrios más canallas y rebeldes de Madrid con pequeños locales en los que se exprime la noche a ritmo de rock, pop, indie y punk. Aunque ha llovido mucho desde entonces, aún es posible seguirle la pista a la época que centró en este barrio todas las miradas: los 80. Y es que el que fuera el cuartel general de ‘la movida‘ aún conserva locales míticos que nos transportan a aquellos años como La Vía Láctea (Velarde, 18) o el Penta (La Palma, 4), el que fuera el bar favorito de Antonio Vega y al que le dedicó una de las estrofas de La chica de ayer.

por Alícia Bea | Nov 30, 2012 | América, Argentina
Hoy quiero compartir contigo uno de los momentos que más me han impactado en mi humilde currículum viajero: el día que pude posar mis ojos frente al Glaciar Perito Moreno. Fue hace ya algunos años, en un viaje de prensa que me permitió conocer una pequeña parte de ese fantástico país que es Argentina. Apenas fueron un puñado de pinceladas, cierto, pero suficientes como para querer regresar algún día.
De entrada nos ofrecieron la mejor de las bienvenidas: un recorrido por Buenos Aires para conocer algunos de sus barrios más emblemáticos como La Boca, San Telmo, Monserrat… Aún recuerdo el exquisito sabor del bife de chorizo del asador criollo La Estancia y la magia del los tangos que puede presenciar en La esquina de Carlos Gardel. Tras esta breve pero muy intensa toma de contacto con la capital porteña, volamos hasta Ushuaia para visitar el Parque Nacional Tierra del Fuego. Nuestro viaje por tierras argentinas finalizó en El Calafate, la población más cercana al Parque Nacional Los Glaciares.

Dada su ubicación, El Calafate, también conocido como la Capital Nacional de los Glaciares, es uno de los enclaves turísticos más importantes de la provincia de Santa Cruz. Nada más poner los pies en esta ciudad te das cuenta de que todo gira en torno al Parque Nacional y al más impresionante de sus glaciares: el Perito Moreno. Solo hay que ver la cantidad de agencias de viaje que hay por metro cuadrado que ofrecen todo tipo de excursiones al gigante de hielo.
Recorrer los 80 kilómetros que separan El Calafate del Perito Moreno en autocar no hace sino aumentar la expectación de lo que está por llegar. Los primeros 40 km discurren por la estepa patagónica, un paisaje árido de grandes llanuras que cambia de forma radical cuando te aproximas al Parque Nacional Los Glaciares y la estepa da paso al bosque andino patagónico. En un momento dado, nuestro guía nos advierte por megafonía: llegamos a la famosa Curva de los Suspiros. El autocar se detiene y vemos por primera vez a lo lejos la sobrecogedora estampa del Perito Moreno abriéndose paso entre las montañas hasta llegar al Lago Argentino. Da igual las veces que lo hayas visto por la tele o en fotos, da igual la cantidad de artículos que hayas leído sobre este glaciar. Nada es comparable a tenerlo frente a ti. No sabes si el frío que recorre tu cuerpo es por la emoción o porque realmente ya lo tienes muy cerca.

Recuerdo que los seis kilómetros que faltaban para llegar a la zona de las pasarelas que están frente al glaciar se me hicieron eternos. Parecía que nunca íbamos a llegar y yo me moría por bajar del autocar y empezar a contemplarlo desde todos los ángulos posibles.

El descenso por la red de pasarelas de madera es sencillamente increíble. A cada paso tienes una nueva panorámica que supera la anterior y que te deja sin aliento. Pero es cuando llegas al balcón inferior y lo tienes casi al alcance de la mano cuando realmente puedes tomarle el pulso a esta maravilla de la naturaleza. No solo te das cuenta de sus dimensiones -su frente es de 5 km de ancho y sobrepasa los 60 metros de altura en su punto más alto-, además puedes sentir que está vivo, que respira. Y cuando menos te lo esperas, la pared de hielo azul sucumbe a la presión y te regala un pequeño desprendimiento que cae al lago. Es un momento mágico, hipnótico, único, imposible de describir. Hay que estar allí para vivirlo. Apoyada en la barandilla como yo, en silencio, y sintiéndote pequeña, muy pequeña.




Tras contemplarlo desde tierra firme, embarcamos en un catamarán para navegar por el Lago Argentino hasta llegar al extremo sur del Canal de los Témpanos. La perspectiva es totalmente diferente y de nuevo impactante. La embarcación se acerca bastante a las paredes del glaciar y puedes ver sus grietas, sus caprichosas aristas, los tonos blancos y azules del hielo… Y otra vez vuelves a sentirte pequeña, muy pequeña, ante tanta belleza.


por Alícia Bea | Nov 21, 2012 | Toma nota
Si tienes pensado esquiar en Cataluña este invierno, te interesará saber que las estaciones gestionadas por el Grupo FGC (Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya) han lanzado dos nuevos forfaits de temporada que triplican la cantidad de kilómetros esquiables sin tener que pagar más. Con la compra de estos forfaits tendrás acceso, además, a numerosos descuentos y promociones en alojamientos, restaurantes, museos, tiendas, clases de esquí, etc.
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ATOTANEU 6.0 Este nuevo abono permite esquiar en las estaciones de La Molina, Vall de Núria, Espot, Port Ainé, Vallter 2000 y Tavascan a un precio único. El precio de este forfait de temporada para adultos es de 530 o 610 euros, dependiendo de si se compra antes o después del 25 de noviembre. Para los niños es de 405 o 465.
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ATOTANEU 5.0 Una opción más económica que engloba las estaciones de Vall de Núria, Espot, Port Ainé, Vallter 2000 y Tavascan. Igual que ocurre con el Atotaneu 6.0, su precio varía si se compra antes o después del 25 de este mes. Adultos: 360 o 450 euros. Este abono incluye un descuento del 50% en el forfait de día de La Molina.

por Alícia Bea | Nov 16, 2012 | París
París con niños, París para románticos, el París más bohemio, cafés de París… La blogosfera está llena de tantas entradas sobre la ciudad de la luz que se diría que ya está todo contado. Yo te propongo un nuevo enfoque. Cómo preparar un viaje a París cuando viajas con personas mayores. O lo que es lo mismo, cómo diseñé nuestra estancia en la capital francesa para que la delicada salud de mi madre no nos impidiera cumplir el sueño de mi padre: conocer París.

Vuelo a París
El vuelo no suponía ningún problema. Volamos con Air Europa y, salvo un pequeño retraso en la ida, todo perfecto. Aterrizamos en el aeropuerto de Orly y desde allí cogimos un taxi hasta el que fue nuestro barrio por unos días: Saint-Germain-des-Près. Precio del trayecto 42€ (no era hora punta y el tráfico iba bastante bien). La cara de felicidad de mis padres al ver la Torre Eiffel a lo lejos por las ventanillas: no tiene precio.
Alojamiento en París
Desde el primer momento tuve muy claro que debía buscar un aparthotel. Quería un sitio agradable en el que pudiéramos descansar y tener la posibilidad de comer o cenar allí cuando no nos apeteciera salir. Tras rastrear la Red a fondo, di con los Citadines Apart’hotels, una cadena internacional que solo en París tiene 16 residencias. Al final me decanté por el Citadines Prestige Saint-Germain-des-Prés porque, a pesar de no ser la opción más económica, reunía todo lo que andaba buscando: una ubicación inmejorable a orillas del Sena y muy cerquita de la Île de la Cité, bien comunicado y en un barrio cómodo para pasear y lleno de atractivos.
Nuestro apartamento, moderno y funcional, estuvo a la altura de nuestras expectativas y del precio que pagamos por él. Un total de 1,610€ por 5 noches, tasa de estancia incluida. Dormitorio con cama de matrimonio, sofá cama en el salón, cocina bien equipada, conexión a Internet gratis vía cable y wifi, plancha, servicio de limpieza diario… Otra de las cosas que me gustaron de este aparthotel, además del trato recibido, es que en el lobby tienen varios ordenadores de uso gratuito y una máquina de café a disposición de los clientes. Pequeños detalles que marcan la diferencia.


Transporte en París
Movernos por París era lo que más me preocupaba. Utilizar la red de metro e ir localizando las estaciones con ascensor para evitar que mi madre tuviera que subir escaleras se me antojaba una tarea no imposible pero sí agotadora. Encontré la solución con Paris L’Opentour, una de las muchas compañías de autobuses turísticos que operan en la ciudad. Escogí esta y no otra porque a pocos metros de nuestro aparthotel teníamos tres paradas de las rutas Paris Grand Tour, Montparnasse-Saint Germain y Bastille-Bercy. Más cómodo, imposible. Para conectar con la cuarta ruta (Montmartre-Grands Boulevards) cambiábamos de autobús en la Place de la Madeleine.
Además, buceando por la web de la tienda online de Atout France descubrí que hay un pase combinado que engloba el bus turístico y las 8 escalas que el Batobus realiza por el Sena (Paris à la carte: Bono Opentour 3 días + Batobus 46€ por persona). Perfecto para nosotros. Yo los compré en las oficinas de Atout France de Madrid de la calle Serrano, 16. Si los compras online, debes saber que este tipo de entrada se envía por correo electrónico sin ningún cargo de expedición.


Torre Montparnasse
Desde Montmartre, desde la Torre Eiffel, subiendo al Arco del Triunfo, desde la última planta de las Galerías Lafayette… Todo el que ha estado en París sabe que hay muchísimas opciones para disfrutar de su espectacular skyline.
De todas ellas, la que más ilusión nos hacía era subir a la Torre Eiffel pero pronto descartamos esta idea por las colas, las aglomeraciones y, sobre todo, por el vértigo que sufre mi madre. Nuestra alternativa para contemplar París a vista de pájaro fue la Torre Montparnasse, la segunda torre más al alta de la ciudad. Gran elección. Una de las paradas de L’Opentour nos dejó muy cerca y no hicimos nada de cola para subir al ascensor que en 38 segundos -dicen que es el más rápido de Europa- nos llevó hasta la planta 56. Una vez allí las vistas son impresionantes. A 196 metros de altura, París se transforma en una inmensa maqueta que puedes ir descubriendo a través de sus grandes cristaleras. La Torre Eiffel, los Inválidos, el Louvre, el Sacré-Coeur, el cementerio de Montparnasse, Notre-Dame…


Aquí puedes comprar las entradas para la Torre Montparnasse donde os esperan unas vistas impresionantes vistas de la ciudad a 200 metros de altitud. Esta torre es accesible para personas con movilidad reducida hasta el piso 56. Desde este piso, solamente se puede subir al piso 59 por las escaleras (3 pisos andando).
Crucero por el Sena
El paseo en barco por el Sena a bordo del Batobús fue uno de los momentos más mágicos de nuestro viaje. Hicimos el recorrido completo de un tirón porque para llegar a la mayoría de las paradas hay que bajar largos tramos de escaleras. Al contrario que en el bus turístico no hay servicio de auriculares y los asientos no son muy cómodos que digamos, pero estos pequeños inconvenientes se diluyen en cuanto zarpas y empiezas a ver París desde la perspectiva del río. Si tuviera que quedarme con una imagen, elegiría sin duda la llegada al Puente Alejandro III. Si ya me fascinó en tierra con sus farolas, ninfas y querubines, su imponente estampa desde el Sena acabó de enamorarme.



Paris la Nuit
Como despedida, la última noche hicimos un circuito nocturno en autobús por las calles de la ciudad. Para ser sincera, como no sabía cómo iba a responder mi madre con tanto ajetreo, no lo reservé con antelación por lo que me tocó rastrear por Internet todas las compañías que ofrecían este servicio. Imposible. No había plazas. Ya estábamos totalmente resignados cuando al salir a dar una vuelta por el barrio nos percatamos de que teníamos al lado una agencia de excursiones. Entré aguantando la respiración hasta que la chica del mostrador, en un español más que aceptable, me dijo que sí había plazas y que nos abrigáramos bien porque se esperaba una noche bastante fría y el autobús era descubierto. Tendrías que haberme visto cuando salí de la agencia con los billetes en la mano: parecía que me había tocado la lotería. ¿Qué te puedo contar del recorrido? Pues que si Paris de día es precioso, de noche, con los juegos de luces iluminando sus principales monumentos, es sencillamente espectacular y te deja sin palabras.


El día a día en París
Con lo que ya te he contado hasta ahora podrás imaginar cómo fue nuestro día a día en París. Por la mañana desayunábamos en el aparthotel tranquilamente, si tocaba nos acercábamos a comprar al Carrefour que teníamos a un par de calles, y directos al bus turístico. Nunca he explotado tanto un servicio como éste. Hicimos las cuatro rutas completas e incluso repetimos para bajar en paradas imprescindibles como Trocadéro, la Torre Eiffel, la Place des Vosges o el Louvre.
Por las tardes, paseábamos por Saint-Germain-des-Près, nos tomábamos un café en el barrio Latino o nos sentábamos en un banco a contemplar la puesta de sol sobre Notre-Dame. Una de esas tardes, mi madre decidió quedarse en el apartohel porque se encontraba bastante cansada y nos animó a ir por libre. Yo tenía claro dónde quería ir: a Montmartre. Con ella hubiera sido imposible por lo empinado de las calles pero con mi padre, mucho más en forma que la que escribe, quien acabó literalmente agotada fui yo. Fuimos hasta la parada de Pigalle en metro y desde allí a la Place des Abbesses, al Sacré-Coeur, a la Place du Tertre, al Moulin de la Galette… Mi padre se compró una camiseta con el cartel del Chat Noir de Steinlen y yo, lo confieso, unas tazas para el desayuno.

Y hasta aquí las claves de cómo planifiqué este viaje a París con mis padres. Ellos quedaron encantados con la experiencia pero no tanto como yo. El dvd con el montaje de las fotos que les hice tras el viaje está en un lugar preferente de su comedor. Dicen que lo han puesto allí para no perderlo…